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una varilla, y con ella le castigaba en la cabeza. Dice Plinio que tiene el cráneo muy duro, y que á menos que se le pegue muy fuerte cuando se le da lección, no siente los golpecitos con que se le quiere castigar. Sin embargo este de que hablamos temia al látigo, y tanto mas que un niño que lo hubiese probado muchas veces. Después de haber permanecido todo el dia posado sobre su alcándara, y acercándose la hora de ir al jardín, si por casualidad se adelantaba á ella y bajaba mas pronto de lo que debía (lo que acontecía rara vez), una amenaza y enseñarle el látigo bastaban para hacerle subir precipitadamente á su dormitorio: en este caso ya no volvía á bajar; pero manifestaba su enojo e impaciencia sacudiendo las alas y dando algunos gritos.
ii Es natural creer que el Papagayo no se oye cuando habla, sino que piensa que alguno le habla; pues muchas veces se le oía pedirse á sí mismo la pala, y nunca dejaba de responder á su propia pregunta alargándola efectivamente. Aunque le agradaba sobremanera el sonido de la voz de los niños, mostrábales mucha antipatía, perseguíales, y si podia alcanzarles, les pellizcaba en términos que les hacia sangre. Así cuando tenia objetos de aversión, así también les tenia del mayor cariño; su gusto no era á la verdad muy delicado; pero siempre fue constante en él. Amaba, y locamente, á la moza de cocina; la seguía á todas partes, la buscaba por los parajes en que podia estar, y casi nunca eran vanas sus diligencias. Cuando había ya algún tiempo que no la habia visto, trepaba con el pico y las patas hasta sobre sus hombros, la hacia mil caricias, y ya no la dejaba por mas esfuerzos que ella hiciese para desembarazarse de él, hasta que la habia acariciado bastante; pero un momento después le volvía á tener en su presencia. Esta inclinación tenia todas las señales de la amistad mas sincera. En una ooasion tuvo esta muchacha un panadizo en un dedo que la hacia dar gritos muy agudos; durante todo el tiempo que el Papagayo la sintió quejarse, manifestaba este la lástima que le causaba, quejándose también él mismo, pero tan dolorosamente como si efectivamente sufriese el mismo dolor. Su primera diligencia de cada día era ir á visitarla, y este tierno interés hacia ella lo conservó mientras duró su mal; luego que la moza se vio libre de su dolencia, recobró el papagayo su tranquilidad primera y le conservó el mismo afecto que no desmintió jamás. No obstante, la pasión excesiva que tenia á esta muchacha parece provenia de algunas circunstancias relativas a su servicio en la cocina mas bien que de su persona; pues habiendo sido esta reemplazada por otra, el afecto del loro no hizo mas que cambiar de objeto; desde los primeros dias lo manifestó en igual grado á la nueva moza de cocina, y por consiguiente antes que los cuidados y atenciones de esta para con el papagayo hubiesen podido inspirarle tan tierna amistad.
El talento de los Papagayos de esta especie no se limita á la imitación de la palabra, sino que aprenden también á remedar ciertos gestos y acciones. Escalígero vio uno que imitaba el baile de los saboyardos, entonando al mismo tiempo su canto. Gustábale oir cantar, y cuando veía bailar empezaba también á dar saltos, pero con muy poca gracia, llevando los píes hacia dentro y dejándose caer con pesadez : esta era su mayor alegría. Observábase tambien en él, cuando estaba algo bebido, una alegría loca y una diaria inagotable; porque á todos los Papagayos les gusta el vino, especialmente el de España y el moscatel; en tiempo de Plinio se había ya notado que los humos de este licor les daban accesos de alegría. Buscaba el fuego en el invierno, y su mayor placer en dicha estación era el de permanecer siempre metido en la chimenea, y luego que estaba caliente manifestaba su bienestar con muchas señales de alegría. Las lluvias del verano le causaban también igual placer; recibía el agua horas enteras, y para que esta penetrase mejor, abría sus alas y no pedia entrar sino cuando estaba mojado hasta el pellejo. Vuelto á su alcándara se entretenía pasando sucesivamente todas sus plumas por el pico. A falta de lluvia se bañaba con placer en una tinaja de agua, en la que su metía muchas veces seguidas, pero siempre con gran cuidado de no mojarse la cabeza. Tanto como le gustaba el baño en verano, otro tanto le desagradaba y le temia en invierno pues bastaba enseñarle en esta estación una vasija llena de agua, para ahuyentarle y hacerle dar gritos lastimeros.
Véiasele algunas veces bostezar, lo que casi siempre era en él señal de fastidio. Silbaba con mas fuerza y limpieza que un hombre; pero aunque daba muchos tonos a su silbido, nunca pudo aprender á silbar una tonada. Imitaba perfectamente los grítos de los animales salvajes y domésticos, particularmente el de la Corneja, el cual remedaba tan perfectamente que era muy fácil confundirlos. No hablaba casi nunca en una habitación en que hubiera gente: pero si se hallaba solo en un cuarto vecino, hablaba y gritaba a proporción del ruido que hacía la gente en el otro hasta parecía que se excitaba y que quería decir de carretilla todo cuanto habia aprendido: nunca era tan alborotador ni estaba tan dispuesto como entonces á manifestar sus habilidades. Luego que se acercaba la noche se iba él solo á su jaula; y alli, con una pata recogida entre las plumas ó agarrando con ella algún barrote de la jaula, y con la cabeza metida bajo del ala, dormía hasta que volvía á ver la luz del dia siguiente. Sin embargo, muchas veces velaba con la luz artificial; y entonces era cuando bajaba á su tabla para afilarse las uñas, haciendo el mismo movimiento que una gallina cuando escarba. Otras veces empezaba á silbar ó hablar de noche cuando veía alguna claridad ; pero cuando se hallaba á escuras se estaba quieto y callado.
La especie de sociedad que contrae el Papagayo con nosotros por medio del lenguaje, es mas estrecha y agradable que aquella a que puede aspirar el mono con la imitación caprichosa de nuestros movimientos y ademanes. Si la sociedad del Perro, del Caballo o del Elefante es mas interesante para nosotros en razón de su instinto y de la utilidad que de estos animales repulíamos, el del Ave habladora tiene en ciertas ocasiones mas atractivo por el placer que nos causa. Nos recrea, nos distrae, nos tiene entretenidos; en la soledad nos sirve de compañía, y en la conversación es un interlocutor: responde, llama, recibe á los que llegan, se rie, expresa el acentó del cariño, remeda el grave, y las cortas palabras que pronuncia á la ventura, divierten por lo disparatadas que son, ó sorprenden algunas veces por lo bien acomodadas que vienen. Este juego de un lenguaje sin ideas tiene algo de raro y de grotesco, y sin ser tan vacío como muchas de las palabras que oimos, es siempre mas divertido. Con la imitación de nuestras palabras parece adquiere el Papagayo algo de nuestras inclinaciones y costumbres; ama, aborrece, tiene aféctos, celos, preferencias y caprichos; se admira, se aplaude, cobra ánimo, se alegra y se entristece; parece se conmueve y enternece por las caricias que se le hacen; da besos afectuosos; si en alguna casa hay luto aprende á gemir, y acostumbrado á repetir el nombre querido de la persona cuya pérdida lloramos, recuerda á los corazones sensibles sus placeres y sus penas.
La aptitud que en sumo grado posee e| Papagayo para imitar los acentos de la voz articulada exige en el órgano una estructura particular y mas perfecta. La seguridad de su memoria, aunque extraña á la inteligencia, supone sin embargo, un grado de atención y una fuerza de reminiscencia mecánica de que
Índice de páginas de Zoología Aves.
Biblioteca ilustrada de Gaspar y Roig.
Los Tres Reinos de la Naturaleza.
Museo Pintoresco de Historia Natural.
Descripción completa de los animales, vejétales y minerales útiles y agradables:
su forma, instinto, costumbres, virtudes ó aplicaciones á la agricultura, la medicina y las artes en general, comprendiendo mayor número de géneros que en todas las obras publicadas hasta el día.
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Autor: Francisco Javier Mendivil Navarro Fecha: 6 de abril de 2025 última revisión
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