Capitulo Primero: del clima y de los vientos. Viajes por la America Meridional de Don Félix de Azara.

Felix de Azara. Viajes por la America Meridional.

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CAPÍTULO PRIMERO. DEL CLIMA Y DE LOS VIENTOS.

Tomemos por límite austral el estrecho de Magallanes o el paralelo de 52 ó 53º; por frontera norte, el paralelo de 16º, y al Oeste, las cimas irregulares más orientales de la Cordillera o cadena de los Andes, que se encuentran comprendidas en los mismos límites. Tomemos a Oriente la costa de los Patagones hasta el Río de la Plata, siguiendo después de la línea de demarcación entre las posesiones españolas y el Brasil hasta el paralelo de 22º. Continuemos después, marchando directamente hacia el Norte, hasta alcanzar el punto de 16º de que hemos hablado. Estos límites contienen una superficie muy irregular, pero cuya extensión geográfica sola alcanza más de 720 leguas de largo. Su anchura varía mucho, pero se puede tomar por término medio el de 200 leguas. En verdad, yo no lo he recorrido por entero; pero los datos que me he procurado son suficientes para ponerme en estado de dar una idea, excepción hecha de la provincia de Chiquitos, de la que no he de hablar.

En tan vasta extensión, comparable quizá a Europa entera, hay, como puede comprenderse, variedad de climas; pero como esta variedad sigue una gradación exacta y dependiente de la latitud, para formarse una idea del clima y vientos que dominan me bastará consignar lo que he observado en dos ciudades muy alejadas una de otra.

En la Asunción, capital del Paraguay, situada a 25º16´40´´ (1). (Así expresaré siempre los grados, minutos y segundos. Todas las latitudes serán australes y las longitudes occidentales, a contar del meridiano de París. Yo he observado por mi mismo unas y otras.) de latitud, observé que el mercurio del termómetro de Fahrenheit (2). (La correspondencia entre los grados de la escala centígrada, seguida por nosotros, y la de Fahrenheit, que aquí sigue Azara, es la siguiente: Escala Fahrenheit [100º 85º 45º]; Escala centígrada [37º,7 29º,4 7º,2] -Nota D.-) subía en mi habitación a 85º durante el verano, los días ordinarios, y hasta 100 los más calurosos, y que en los de invierno que se consideraban fríos bajaba a 45º. Pero en los años extraordinarios de 1786 y 1789 algunas plantas y el agua misma se helaron en el patio de mi casa, lo que equivale a 30º; y como hay una gran diferencia entre este punto y el de calor máximo, esto hace sensible la diversidad de estaciones y motiva el que muchos árboles cambien la hoja.

Se dice ordinariamente en el país, y con razón, que hace siempre frío cuando el viento sopla del Sur o Sudeste, y el calor cuando sopla del Norte. En efecto, el calor y el frío parecen depender tanto o más de los vientos que de la situación o de la declinación del sol. Los vientos más frecuentes son el Este y el Norte. Si se deja sentir el del Sur es a lo sumo en una dozava parte del año, y si se inclina hacia el Sudeste deja el cielo despejado y sereno. Apenas se conoce el viento Oeste, como si la cordillera de los Andes lo detuviera a más de 200 leguas de distancia, y si se siente algunas veces no dura más de dos horas.

En Buenos Aires yo carecía de termómetro para poder observar los puntos extremos de frío y calor, pero no hay duda de que el calor es menor, dada la latitud de 34º36´28´´. En cuanto al frío, es igualmente mayor que en la Asunción, y se considera como un invierno ordinario aquel que no cuenta más de tres o cuatro días en que el agua se hiela ligeramente, mientras que se llama riguroso si el fenómeno se verifica con más frecuencia. Aunque los vientos siguen la misma regla que en la Asunción, he observado que tienen tres veces más fuerza; que los del poniente soplan con más frecuencia; que los del Sur traen siempre la lluvia en invierno y nunca en verano; que son menos violentos en otoño y que en la primavera y verano son mas seguidos y más violentos; que levantan nubes de polvo, que a veces ocultan al sol y que nunca dejan de incomodar mucho, ensuciando las ropas, las casa y las habitaciones. Los vientos más fuertes son los del Sudoeste a Sudeste. Los huracanes son raros, pero los hay algunas veces como el de 14 de mayo de 1799, que destruyó la mitad del pueblo de Atira, en el Paraguay, mató treinta y seis personas, volcó muchas carretas y cortó la cabeza a un caballo que estaba amarrado por el cuello. El mismo año hubo otro, el 18 de septiembre, que arrojó a la costa del puerto de Montevideo ocho grandes buques y muchos pequeños.

Siempre la atmósfera está húmeda y estropea los muebles, sobre todo en Buenos Aires, donde las habitaciones expuestas al Sur tienen siempre el piso húmedo. Los muros que tienen la misma exposición están cubiertos de césped y musgo, y el lado de los techos que se encuentra en este caso se halla cubierto de hierbas frondosas, altas casi de tres pies, de manera que es necesario limpiarlos cada dos o tres años, para evitar las goteras y filtraciones. Pero nada de esto perjudica la salud.

Es raro que los vapores se condensen mucho para formar neblina; el cielo es claro y sereno, y según me han dicho, sólo ha nevado una vez en Buenos Aires, y esto muy poco. Esta nieve produjo en el ánimo de las gentes del país el mismo efecto que la lluvia en los habitantes del Lima. Cuando éstos salen por primera vez de su país quedan admirados cuando llueve, por ser un fenómeno desconocido de su tierra. El granizo es poco frecuente; sin embargo, la tormenta del 7 de octubre de 1789 hizo caer a doce leguas de Asunción granizos, algunos de los cuales alcanzaban hasta tres pulgadas de diámetro.

La señal más segura de lluvia es una barra que se advierte junto al horizonte, del lado del Oeste, en el momento de ponerse el sol. Un viento norte un poco fuerte, y que a veces causa pesadez de cabeza, anuncia la lluvia para el día siguiente. Debe esperarse el mismo efecto cuando a la caída de la tarde se advierten relámpagos hacia el Sudoeste, cuando se siente un calor sofocante y cuando se descubre desde Buenos Aires la costa de enfrente.

Creo que la cantidad anual de lluvias es en todas estas regiones más considerable que en España. En todas las estaciones, y especialmente en verano, caen frecuentemente lluvias, acompañadas de gran número de relámpagos, que se suceden con tanta rapidez que con frecuencia no están separados por intervalo ninguno entre ellos, y se diría que el cielo está encendido; todo esto, acompañado de grandes truenos. El rayo cae diez veces con más frecuencia que en España, sobre todo si la tempestad viene del Noroeste. En mi tiempo muchas personas fueron sus víctimas en el Paraguay, y en la sola tormenta del 21 de enero de 1793 cayó el rayo treinta y siete veces en el interior de la ciudad de Buenos Aires y mató a 19 personas.

Yo observé en el Paraguay que el rayo seguía siempre los trozos de madera más elevados de los edificios, aunque estuvieran embutidos en el muro; de manera que para evitar el peligro basta alejarse un poco.

No se podrían atribuir a la influencia de los bosques ni de las montañas las tempestades, la mayor cantidad de lluvia, los truenos, los relámpagos, ni sus efectos, porque no se encuentra ninguna montaña a más de cien leguas de distancia y se puede estar seguro de que no hay un solo árbol al sur del Río de la Plata, ni al norte hasta el Paraguay, como no sea al borde de los arroyos. Es, por tanto, necesario creer que es la naturaleza de la atmósfera la que ocasiona semejantes meteoros en toda la estación y con más frecuencia que en Europa. El aire, pues, debe de tener algo de particular, sea que contenga mayor cantidad de fluido eléctrico, sea que tenga alguna cualidad más propia para condensar los vapores, a precipitarlos más rápidamente, reduciéndolos a lluvia, y a producir más relámpagos y truenos.

De todo esto parece se puede concluir que el frío, la humedad de la atmósfera y la fuerza de los vientos aumentan gradualmente desde la Asunción hasta Buenos Aires en razón de la latitud, que es la única causa visible que puede ocasionar la alteración. Se puede pensar, por la misma razón que a medida que nos aproximamos al estrecho de Magallanes todos estos fenómenos deben adquirir más fuerza y los vientos deben ser allí muy violentos. Los mismos efectos no han tenido lugar, en lo relativo al trueno y al rayo, tan terribles en el Paraguay, como en Buenos Aires, y hasta casi me parecen ser menos considerables en el Río de la Plata. Todo debe ser al revés si se dirige la marcha desde el Paraguay hacia el Norte, y yo creo que la humedad y la violencia de los vientos son allí, a latitud igual, más considerables que aquí.

En cuanto al frió, nadie duda de que el hemisferio austral mas frió en la misma latitud que el del norte. Sin embargo, Buenos Aires y Cádiz están situados casi a la misma latitud y en esta última ciudad, más marítima que la otra, se hace gran uso de chimeneas y braseros, cosa desconocida de Buenos Aires, donde los braseros, si los hay, son muy raros aunque las casas están muy poco abrigadas. El frío en este país parece depender más de los vientos que del territorio y de la distancia al sol.

Por lo que se refiere a la salud, se puede asegurar que en el mundo entero no hay un país más sano que el que estoy describiendo. La vecindad misma de los lugares acuáticos y de terrenos inundados, que se encuentran frecuentemente, no altera en nada la salud de los habitantes.



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Autor: Francisco Javier Mendivil Navarro Fecha: 6 de abril de 2026 última revisión

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