Capitulo Cuatragésimo. De las gentes de color. Viajes por la America Meridional de Don Félix de Azara. Tomo II.

Felix de Azara. Viajes por la America Meridional.

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CAPÍTULO XIV. DE LAS GENTES DE COLOR.

Conviene saber que al tiempo de la conquista toda la región que describo, y aun una mayor extensión de país, no formaba más que un solo gobierno y un solo obispado, cuya capital era Asunción, en el Paraguay. Pero como se separaron las provincias de Chiquitos, de Moros y de Santa Cruz, y los portugueses se apoderaron injustamente de la isla de Santa Catalina y de las provincias de San Pablo, de Vera y de Guayrá, se dividió en 1620 el resto del país en dos gobiernos, cada uno con un obispo, uno con el título de Buenos Aires y el otro con el de Paraguay. Éste perdió mucha parte de su extensión por las usurpaciones de los portugueses en las llanuras de Xerez, de Matogroso y de Cayabá, y en cuanto a los límites de los dos gobiernos, permanecieron mucho tiempo sin fijarse porque estaban separados por las misiones o los pueblos de los jesuitas, que en el fondo eran independientes.

Hoy estos límites son aún los mismos, tanto para lo espiritual como para lo temporal, y yo lo he marcado en mi carta, excepto los del Chaco, porque a pesar de una gran proximidad, los habitantes del Paraguay no tienen en él ninguna posesión. Es verdad que para lo temporal los dos gobiernos se disputan una pequeña parte que está poblada y situada hacia el norte del río Paraná, en su confluencia con el Paraguay. Cada gobierno tiene su obispo y su gobernador; pero el de Buenos Aires está unido a la plaza de virrey y el del Paraguay depende del otro gobernador. En calidad de virrey, el de Buenos Aires posee en su distrito los diez y siete pueblos jesuíticos más meridionales, y el de Paraguay los otros. Hablo aquí de los límites de estos dos gobiernos porque en adelante los distinguiré alguna vez.

Todo el mundo sabe que la población actual de América está compuesta de tres razas de origen diferente, a saber: indios o americanos, blancos o europeos y negros o africanos. Estas tres razas se mezclan con facilidad las unas a las otras, y de esta mezcla resultan individuos mixtos, que se llaman en general gentes de color (pardos); de éstos voy a tratar en este capítulo.

Es verdad que en el país se comprende también a los negros bajo la misma denominación general; pero yo no hablaré de éstos más que en relación a su estado civil y no diré nada de sus cualidades físicas y originales. Si el hombre de color proviene de la mezcla de una india con blanco se llama mestizo, y se da el mismo nombre a toda su descendencia, supuesto que no tenga mezcla alguna de sangre negra o descendiente de negro y que la unión haya sido entre blanco e india o sus mestizos. Pero si el africano se une con el blanco o el indio el hijo se llama mulato. Lo mismo sucede siempre que hay mezcla de sangre negra, sea en el grado que sea; de manera que las denominaciones de mestizos y mulatos no hacen alusión de color, como podría creerse, sino solo a la naturaleza de las razas mezcladas.

Diré algo de los mestizos y de los mulatos, siguiendo la acepción general que se da a estos nombres, como acabo de explicar, porque me sería imposible seguirlos en todas sus subdivisiones. En efecto, ¿quién pudiera comprobar todas las diferentes combinaciones de que cada mulato o mestizo es resultado? (1) (En el Museo Nacional de Antropología se conserva una interesantísima y completa colección de cuadros, pintados por orden del Gobierno español en el siglo XVIII, representando todos los casos que se conocían de mestizajes en nuestras posesiones de América, con sus nombres.-F. B.-). No hablaré, pues, de estos detalles al tratar a las gentes de color.

En consecuencia, no diré nada de sus cabellos, más o menos largos o crespos, ni de su color, más o menos blanco o más o menos negro, porque los hay que son tan blancos, tan sonrosaos y también tan rubios como en Europa y con los cabellos tanto o más largos. Tampoco especificaré la calidad del sexo que ha intervenido en las mezclas; por ejemplo, yo no diré si el hombre de color viene de un blanco y una negra o, por el contrario, de un negro y una blanca. En cuanto a lo demás, deseo que no se considere como una cosa positiva y demostrada mi opinión sobre tan difícil materia. En efecto, mi único objeto, si me atrevo a decirlo, es excitar a otras personas a hacer observaciones más numerosas y más detalladas sobre una parte tan interesante de la historia del hombre y aun de la de los animales.

Hemos visto en el capítulo XII que uno de los medios empleados por los conquistadores de América para reducir y sojuzgar a los indios fue hacerlos españoles casándose con indias, porque sus hijos o mestizos fueron declarados españoles. Estos mestizos se unieron en general los unos con los otros porque iban a América muy pocas mujeres europeas, y son los descendientes de estos mestizos los que componen hoy en el Paraguay la mayor parte de los que se llaman españoles. Me parece que tienen sobre los españoles de Europa alguna superioridad, por su talla, la elegancia de sus formas y aun por la blancura de su piel. Estos hechos me hicieron sospechar no solo que la mezcla de razas las mejora, sino que la raza europea mejora a la larga unida a la americana, o al menos el sexo masculino sobre el femenino.

Creo también que estos habitantes del Paraguay tienen mas finura, sagacidad y luces que los criollos, es decir que los hijos nacidos en el país de padre y madre españoles, y también los creo de más actividad. Como han venido siempre de Europa a Buenos Aires muchos españoles de los dos sexos, que se han aliado a los mestizos primitivos, las razas de éstos no se ha conservado tan pura y no ha adquirido las mismas ventajas que en el Paraguay; esto es lo que hace que los españoles de este último país sobrepujen a los de Buenos Aires en talla y proporciones y también es actividad y talento.

Los indios sometidos o convertidos no ponen para sus alianzas ninguna atención en el color, ni en el estado del pretendiente, ni en su libertad o su esclavitud. Aunque los negros, los mestizos y los mulatos se encuentran casi en el mismo caso, se observa, no obstante, que recíprocamente se dan alguna preferencia y que de la raza india es de la que hacen menos caso, salvo cuando se trata de esclavos, que prefieren las indias, porque así sus hijos son libres, como lo son todos los procedentes de madre libre. Observo que los mulatos que proceden de estas mezclas toman un color medio, pero muy amarillo, y que tienen sobre sus padres y madres la misma ventaja que los mestizos sobre los suyos.

Hay otros mulatos procedentes de la unión de las razas europea y africanas. En algunos parajes de América se les llama cuarterón, salto atrás, etc., según la mezcla de sangre africana que tenga. Por ejemplo, de la unión de un europeo y una negra resulta un mulato; de la unión de éste con una europea procede un hijo que es cuarterón, porque no tiene más que un cuarto de sangre negra; pero si esta unión se verifica con un negro, el resultado se llama salto atrás, porque en vez de ganar en blancura el individuo retrocede, por así decirlo, pues tiene tres cuartos de negro. Pero no se conocen estas denominaciones en el país que describo, y en él se llama simplemente mulato a todo el que tiene mezcla de sangre negra, por poco considerable que sea y aunque fuera enteramente blanco o rubio.

Hallo que estos mulatos procedentes de la unión de negros y blancos tienen ventaja en lo físico y en lo moral sobre los que resultan de la unión de los indios y los negros; los encuentro también más activos, más ágiles, más vigorosos, más vivos, más espirituales y más finos que los mismos a quienes deben la vida. Pero pienso que estas cualidades no van aumentando mas que hasta un cierto grado y que cuando un mulato ya blanco se alía a una europea el resultado no obtiene mas que poca o ninguna ventaja. Estos mulatos sobrepujan a todos los otros por la frescura y dulzura de su piel, y no es ésta la única ventaja que hace que los inteligentes prefieran las mulatas a las mujeres españolas, pues además pretenden que con dichas mulatas experimentan placeres especiales que las otras no les proporcionan. Además estas mulatas no son modelos de castidad ni resistencia, y es raro que conserven su virginidad hasta la edad de nueve o diez años. Son espirituales, finas y tienen aptitud para todo; saben escoger; son limpias, generosas y hasta magníficas cuando pueden. Los mulatos tienen las mismas cualidades morales y la misma finura. Sus vicios más comunes son el juego de cartas, la borrachera y la trampa; pero los hay muy honrados.

Según el último catastro o censo de población del Paraguay, hay en el país cinco españoles para cada mulato, y aunque no se haya pensado en hacer un semejante censo en el gobierno de Buenos Aires, se puede estar seguro de que la relación es la misma aproximadamente o que quizá los españoles son más numerosos que los mulatos en proporción aún mayor.

En el Paraguay se dividen en libres y esclavos y su relación es de 174 a 100; es decir, que por cien negros o mulatos esclavos hay 174 libres.

Si se compara esta colonia española las que otras naciones tienen en América se encontrará una diferencia enorme en la proporción de los blancos a las gentes de color, porque en las colonias no españolas los blancos son, a lo sumo, a los negros y aun a los mulatos como 1 es a 25, y en cuanto al estado de libertad, la proporción es quizá aún menos favorable a las gentes de color. Esta escasez de esclavos debe necesariamente hacer más caro el precio de los jornales y de las manufacturas en esta colonia española, porque todo es obra de gentes libres que se hacen pagar bastante.

No se puede dejar de admirar aquí la generosidad de los españoles del Paraguay, que han dado libertad a ciento setenta y cuatro de sus negros y mulatos por cada ciento, aunque nadie lo necesita tanto como ellos. No se conocen esas leyes y esos castigos atroces que se quieren disculpar como necesarios para retener a los esclavos en el trabajo.

La suerte de estos desgraciados no tiene nada de la de los blancos de la clase pobre y es hasta mejor.

Muchos son jefes de parques o de pastos de ganados y tienen a sus órdenes jornaleros españoles. La mayoría muere sin haber recibido un solo latigazo, se los trata con bondad, no se los atormenta jamás en el trabajo, no se les pone marca, y no se les abandona en la vejez. Las mujeres de sus amos los cuidan en sus enfermedades; nadie les prohíbe casarse, y aun con indias o mujeres libres, para procurar esta ventaja a sus hijos; se les viste tan bien o mejor que a los blancos pobres y se les da un buen alimento. En fin, para creer la manera de tratar a los esclavos de este país es necesario haberlo visto, porque no se parece nada al trato que sufren en otras colonias americanas. Así, nunca habrá derecho a quejarse de los esclavos. Yo he visto a varios esclavos rehusar la libertad que se les ofrecía y no querer aceptarla mas que a la muerte de sus dueños; y entre otros, alguno de los míos solo lo quiso aceptar por fuerza. Los españoles de este país tratan con la misma dulzura y humanidad a los indios de sus encomiendas, y nada es más opuesto a su carácter que la rudeza y la crueldad que algunos autores les han atribuido. Que se compare el número de indios que han conservado en sus colonias con el que se ve en algunas otras naciones que tachan de crueles a los españoles. Yo puedo demostrar, por la comparación de los catastros originales, que hay más indios en el país actualmente que los que existían en el tiempo de la conquista.

Hace próximamente diez y ocho a veinte años que una esclava inglesa se escapó con sus hijas y vino a refugiarse a una isla española en las Antillas. Su dueño la reclamó, y la esclava, que por su habilidad había reunido algún dinero, ofreció en pesos fuertes el precio de su libertad; pero su dueño no quiso recibirlo.

El gobierno español, indignado por la injusticia del inglés, rehusó devolverla, aunque la restitución había sido ordenada por el tratado de paz, y dio cuenta del asunto al Consejo de Indias. Este Cuerpo dirigió una representación al rey y se decidió en principio que no se devolvería ningún esclavo; que la libertad era un derecho natural sobre el que las convenciones humanas no podían tener fuerza, y que la huida era un medio lícito y honrado de obtenerla. Esta decisión, que honra a España, llegó al Paraguay cuando yo estaba allí; pero como el gobernador de este país acababa de recibir presentes considerables de los portugueses, para complacerlos, despreciando la orden del rey, les devolvió un infeliz esclavo fugitivo. Es más: hizo representaciones en la Corte por medio del virrey de Buenos Aires, que apoyó sus ideas, y a fuerza de repetir sus solicitudes han logrado hacer revocar una medida tan justa como útil por el ministro que quería agradar a la Corte de Lisboa. Se tomó por pretexto que las granjas españolas solo estaban explotadas por esclavos y que se arruinarían si desertaban. Pero todo esto es falso, pues hemos visto que los esclavos aquí son en pequeño número y que no tenemos que temer su deserción. Si se realizara podría a lo sumo causar un ligero perjuicio a uno o dos particulares, y el Estado ganaría infinitamente por la emigración de una multitud innumerables de desertores del Brasil, donde los esclavos son tratados con rigor y aun crueldad (1). (Léase DARWIN -C. R.-, Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo.) Yo creo que tan injusta medida como la que se había tomado era el único medio de hacer floreciente este país y aun de conservarlo.

En cuanto a los mulatos libres, su clase está considerada como la última, pues las leyes prefieren antes que ellos no solo a los blancos, sino a los indios, los mestizos y aun los negros. Pero no sucede lo mismo en la opinión pública, porque se desprecia a los indios y se considera a los mulatos y negros como iguales. Es verdad que los mulatos libres, cuyo color es claro o casi blanco, se marchan frecuentemente a pueblos donde no se les conoce y pasan por españoles. En el gobierno de Buenos Aires las gentes de color no pagan ningún tributo y gozan de plena libertad del fruto de su trabajo. La sola diferencia entre ellos y los españoles es que no pueden ocupar empleos públicos por ser de una clase considerada inferior.

Pero además de esta humillación sufren una vejación conocida con el nombre de amparo. Consiste esto en que D. Francisco de Alfaro, aquel visitador de que ya hablamos, ordenó a cada hombre de color, libre, de diez y ocho a cincuenta años de edad, pagara tres pesos de tributo anual, y como entonces no había en el país ni moneda ni comercio y muchas gentes de color no podían pagar ese tributo, se ordenó entregarlos a los eclesiásticos y a los españoles de posición como si fueran sus esclavos, pero a condición de pagar ellos el citado tributo. Esta manera de entregar a un español un hombre de color es lo que se llama amparo. Los gobernadores no tardaron en abusar de esta institución y la extendieron a todo sexo y edad, tanto si pagaban como si no pagaban el tributo, estos desgraciados eran entregados a los amigos y a las favoritas de aquellos, en perjuicio de la Hacienda, a la que no pagaban nada. En este estado se encuentran hoy las cosas, si bien muchas de estas gentes de color, quizá la mayor parte, viven en plena libertad, sin pagar contribución ni tributo, ya sea porque tengan protectores, ya porque se ignore donde viven, allá en la lejanía de los campos, o ya porque vayan a establecerse a otros gobiernos. También hay algunos que pagan el tributo, si bien los gobernadores no quieren que lo paguen al Tesoro real, sino a otra caja, que llaman departamento de la guerra, porque es un dinero de que pueden disponer arbitrariamente.

Un gobernador que se vio apretado de cerca por los indios mbayás tomó en 1740 una parte de gentes de color que estaban en amparo, los declaró libres de tributo y formó con ellos un pueblo llamado de la Emboscada, y los obligó al servicio militar, de que habían estado libres hasta entonces. Esto fue lo que dio ocasión a que los gobernadores que vinieron luego obligaran a todo hombre de color al servicio militar, así como a cualquier otro. Es verdad que la mayor parte se substraen, así como al amparo, por los mismos medios.



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Autor: Francisco Javier Mendivil Navarro Fecha: 6 de abril de 2026 última revisión

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