Capitulo Décimo. De los indios salvajes. Viajes por la America Meridional de Don Félix de Azara. Tomo II.

Felix de Azara. Viajes por la America Meridional.

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CAPÍTULO X. DE LOS INDIOS SALVAJES.

Aunque el hombre sea un ser incomprensible, y sobre todo el hombre salvaje, que no escribe, que habla poco, que se expresa en una lengua desconocida, a la que faltan una multitud de palabras y expresiones, y que no hace mas que lo que le imponen las pocas necesidades que experimenta, no obstante, como ésta es la parte principal y la más interesante en la descripción de un país, daré aquí algunas observaciones que he hecho sobre un gran número de naciones indias, libres o salvajes, y que no están ni han estado nunca sujetas al imperio español ni a ningún otro. No me he de extender mucho, para evitar el aburrimiento y para no parecerme a los que, por haber visto una media docena de indios en la costa, dan una descripción acaso más completa que la que podrían hacer de sí mismos. Añadamos a esto que no gusto de conjeturas, sino de hechos, y que no tengo tanta instrucción y talento como otros.

He vivido durante largo tiempo entre algunas de estas naciones salvajes, menos tiempo con otras. Diré también alguna cosa de las que no he visto, a fin de que se sepa con certeza las que han existido y las que existen aún en el país que describo, y para que los viajeros, los geógrafos y los historiadores no los multipliquen tan enormemente como han hecho hasta ahora. Los conquistadores y los misioneros nunca pensaron en hacer una verdadera descripción de las diferentes naciones indias, sino sólo en realizar sus proezas y exagerar sus trabajos. Desde este punto de vista han aumentado al infinito el número de indios y de naciones, y los han hecho antropófagos. Se equivocaban por completo, porque hoy ninguna de estas naciones come carne humana, y no recuerdan haberla comido, siendo, como son, tan libres ahora como a la primera llegada de los españoles.

Se ha descrito también que se servían de flechas envenenadas, lo que es otra positiva falsedad. Los eclesiásticos han añadido otra diciendo que estos pueblos tenían una religión. Persuadidos de que es imposible vivir sin tener una, buena o mala, y viendo algunas figuras dibujadas o grabadas en las pipas, los arcos, los bastones y los cacharros de los indios, se figuraron al instante que eran sus ídolos, y los quemaron. Estos pueblos emplean aún hoy las mismas figuras, pero no lo hacen más que por diversión, porque no tiene religión alguna (1), (Es posible que no tengan ídolos; pero es bien difícil creer que no estén sometidos al imperio de ciertas ideas supersticiosas, más o menos razonables o fuera de razón. A menos de conocer perfectamente las costumbres y el lenguaje de un pueblo, es muy difícil determinar con exactitud cuáles son sus idead religiosas. Tenemos un ejemplo de ello en los absurdos consignados por Tácito y los otros autores romanos sobre la religión, los dogmas y las ceremonias de los judíos, y no obstante, los judíos tenían un culto público, hablaban la lengua de los romanos, vivían en medio de ellos y formaban un pueblo civilizado y culto. Los salvajes de América no tienen nada de común ni en el lenguaje ni en las costumbres con los europeos civilizados que comunican con ellos. Aunque se entendieran perfectamente sus numerosas lenguas, no es creíble que les fuera posible definir con exactitud el pequeño número de ideas que diferentes causas les han hecho nacer, y que casi todas, o puede ser que todas, son necesariamente absurdas o incoherentes. ¡Cuántas naciones instruidas y civilizadas se encontrarían a estos respectos en situación tan embarazosa como estos salvajes! -C.A.W-).

Antes de hacer la descripción de cada nación en particular debo advertir también que llamaré nación a toda reunión de indios que se consideren ellos mismos como formando una sola y misma nación y que tienen el mismo espíritu, las mismas formas, las mismas costumbres, y la misma lengua. Poco importará que se componga de pocos o muchos individuos, por que éste no es carácter nacional. Advierto aún que cuando marque los lugares habitados por estas naciones no se deben creer que sean estables, sino sólo que el paraje designado es como el centro del país que habitan. Porque todas son errantes, unas más y otras menos, en la extensión de cierto distrito; pero es muy raro que pasen al territorio frecuentado por otra nación. Por el contrario, están casi siempre separadas por un desierto, a veces considerable.

Prevengo, por fin, que cuando diga que la lengua de una nación es diferente de la otra debe entenderse que esta diferencia es al menos tan grande como entre el inglés o el alemán y el español, de manera que no hay ni una sola palabra en que se parezca la una a la otra, en lo que yo he podido asegurarme. Los indios hablan ordinariamente mucho más bajo que nosotros; no llaman la atención con sus miradas; para pronunciar mueven un poco los labios y hablan mucho de garganta y de nariz. Es lo más frecuente que sea imposible expresar con nuestras letras sus palabras y sus sonidos. Resulta, pues, muy difícil aprender semejantes lenguas y aún saber una sola de modo que se pueda hablar. Al menos, yo no he encontrado más que un solo español que hablase el idioma mbayá, porque había pasado veinte años entre ellos, y D. Francisco Amancio González, que habiendo tenido en su casa (como tiene aún) algunos indios del Chaco, entendía un poco sus lenguas. Ambos convienen (y en ello no hay duda) en que estas lenguas son muy pobres y carecen de relación las una con las otras. Sería, pues, muy embarazoso el pretender hacer sus investigaciones sobre su origen y sus relaciones (1), (Si, como dice el autor, no hay ninguna relación entre estas lenguas, no pueden haber embarazo en las investigaciones que se hagan con este objeto, porque es inútil hacerlas. -C.A.W.-).

CHARRÚAS.- Es una nación de indios que tienen una lengua particular, diferente de todas la demás y tan gutural que nuestro alfabeto no podría dar el sonido de las sílabas. En la época de la conquista era errante y habitaba la costa septentrional del río de la Plata desde Maldonado hasta el río Uruguay, extendiéndose a lo más a treinta leguas hacia el Norte, paralelamente a esta costa. Sus fronteras del lado del Oeste tocaban en parte a las de la nación yaro, que habitaba hacia la desembocadura del río de San Salvador, y hacia el Norte estaba separada por un gran desierto de algunos poblados de indios guaraníes.

Los charrúas mataron a Juan Díaz de Solís, que fue el primer descubridor del río de la Plata. Su muerte inicia la época de una sangrienta guerra, que dura aún hoy, y que ha hecho derramar mucha sangre. Desde luego los españoles trataron de fijarse en el país de los charrúas y levantaron algunos edificios en la Colonia del Sacramento, un pequeño fuerte y luego una ciudad en la embocadura del río de San Juan y otra en la confluencia del río de San Salvador y del Uruguay. Pero los charrúas lo destruyeron todo y no dejaron a nadie establecerse en su territorio, hasta que los españoles, que fundaron en 1724 la ciudad de Montevideo, fueron rechazando insensiblemente estos salvajes hacia el Norte, alejándolos de la costa, operación que ha costado un gran número de combates sangrientos.

Por ese tiempo los charrúas habían atacado y exterminado las naciones indias llamadas yaros y bohanes; pero se aliaron y contrajeron una íntima amistad con los minuanes para sostenerse mutuamente contra los españoles. Estos, cuyo número aumentó de modo considerable en Montevideo, ganaron continuamente terreno hacia el Norte a fuerza de batallas y empezaron a establecer puestos para sus ganados. En fin, los españoles consiguieron su objeto de forzar a una parte de los charrúas y de los minuanes a incorporarse a las partes más meridionales de las misiones de los jesuitas sobre el Uruguay; otros han sido forzados a venir a habitar a Buenos Aires, y se ha reducido a algunos a vivir tranquilos sometidos en Cayastá, cerca de la ciudad de Santafé de la Vera Cruz. Pero queda aun una parte de esta nación que, aunque errante, habita ordinariamente al este del río Uruguay, hacia los 31 ó 32º de latitud. Esta continúa la guerra a sangre y fuego, con la mayor obstinación, sin consentir que se hable de paz, y ataca también a los portugueses. Cuando yo viajaba por este país, para reconocerlo, estos indios atacaron con frecuencia a mis exploradores, que eran en número de cincuenta o ciento, y mataron a varios.

Su talla media me parece pasar de una pulgada sobre la de los españoles, pero es más igual. Son ágiles, derechos y bien proporcionados, y no se encuentra uno solo que sea demasiado grueso, demasiado delgado o contrahecho. Tienen la cabeza levantada, la frente y la fisonomía abiertas, signos de su orgullo y aun de su ferocidad. Su color se aproxima más al negro que al blanco, casi sin mezcla alguna de rojo. Los trazos de su cara son muy regulares, aunque su nariz me parece un poco más estrecha y hundida entre los ojos. Estos ojos son un poco pequeños, brillantes, siempre negros, nunca azules, y jamás enteramente abiertos; pero tienen sin duda la vista doble más larga y mejor que los europeos. Tienen también el oído muy superior al nuestro. Sus dientes están bien colocados, son muy blancos hasta la edad más avanzada, y jamás se les caen naturalmente. Sus cejas son escasas; no tienen barba y escaso pelo en las axilas y en el pubis. Tienen los cabellos espesos, muy largos, gruesos, brillantes, negros y nunca rubios. Nunca se les caen, ni se llegan a poner mas que medio grises hacia la edad de ochenta años. Sus manos y sus pies son más pequeños y mejor formados que en Europa, y la garganta de sus mujeres me parece ser menos que la de otras naciones indias.

Nunca se cortan los cabellos. Las mujeres los llevan colgando; pero los hombres se los amarran y los adultos se ponen sobre el nudo que los reúne plumas blancas colocadas verticalmente. Si pueden procurarse algún peine, lo usan, pero ordinariamente se peinan con los dedos. Tienen muchos piojos, que las mujeres buscan con gusto para procurarse la satisfacción de tenerlos durante algún tiempo en la punta de la lengua, que sacan al efecto, y para crujirlos con los dientes y comerlos en seguida. Esta costumbre asquerosa existe generalmente entre todas las indias y entre las mulatas y las pobres del Paraguay. Otro tanto hacen con las pulgas. Las mujeres no tienen alhajas ni otros adornos parecidos y los hombres no se pintan el cuerpo. Pero el día de la primera menstruación de las muchachas se les pintan en la cara tres rayas azules que caen verticalmente sobre la frente, desde el nacimiento del pelo hasta el extremo de la nariz, siguiendo la línea media, y se les trazan otras dos que cruzan las mejillas. Se señalan estas rayas picando la piel, y por consecuencia son indelebles; son signo característico del sexo femenino. La menstruación de estas mujeres, así como la de todas las indias, es menos considerable que la de las españolas. El sexo masculino se distingue por el barbote. Voy a explicar lo que es. Pocos días después del nacimiento de un muchacho su madre le perfora de parte a parte el labio inferior, en la raíz de los dientes, e introduce en el agujero el barbote. En éste un pequeño pedazo de madera de cuatro o cinco pulgadas de largo y de dos líneas de diámetro. No se lo quitan en toda su vida, ni aun para dormir, a menos que se trate de reemplazarlo por otro, cuando se rompe. Para impedirle caerse, se hace de dos piezas, una ancha y plana en uno de sus extremos, a fin de que no pueda entrar en el agujero, donde se coloca de modo que la parte ancha se encuentra en la raíz de los dientes; el otro extremo de la pieza sale apenas del labio, y está perforado para sujetar el otro pedazo de madera, que es más largo y que se hace entrar a la fuerza.

Ignoro cuáles eran sus antiguas habitaciones cuando no tenían pieles de vacas ni de caballos (1). (No es inútil recordar a algunos lectores que los toros y los caballos son animales que no existían en América, y que han sido llevados por los europeos -españoles-. En 1550 se labró por primera vez la tierra en el valle del Cuzco -C.A.W.-). Las que tiene hoy no les cuesta mucho trabajo construirlas. Cortan de cualquier árbol tres o cuatro ramas verdes y las encorvan hasta clavar los dos extremos en tierra. Sobre los tres o cuatro arcos formados por estas ramas, y un poco alejados los unos de los otros, extienden una piel de vaca, y he aquí una casa suficiente para el marido, la mujer y algunos niños. Si es muy pequeña se construye otra al lado, y cada familia hace otro tanto. Se comprende bien que no puedan entrar mas que como los conejos en su agujero. Se acuestan sobre una piel y duermen siempre sobre la espalda, como todos los indios salvajes. Es inútil advertir que no tienen sillas, bancos ni mesas y que sus muebles se reducen a casi nada.

No sé nada de su antiguo traje. Hoy los hombres no llevan ni gorro ni sombrero y van enteramente desnudos; pero si pueden procurarse algún poncho sombrero, lo usan cuando hace frío. Por esta misma razón algunos de ellos se hacen con pieles suaves, y aun con la de jaguarete, una camiseta muy estrecha, sin cuello ni mangas, que les cubre apenas las partes, y esto no siempre. El poncho es un pedazo de tela de lana, muy basta, de siete palmos de ancho y doce de largo, con una hendedura en medio para pasar la cabeza. Las mujeres se cubren con un poncho o llevan una camisa de algodón, sin mangas, cuando sus padres o sus maridos han podido procurarse o robar una. Pero no lavan nunca sus vestidos, ni sus manos, ni su cara, ni su cuerpo, como no sea a veces en los grandes calores, cuando se bañan; de manera que no se puede encontrar nada mas sucio ni, por consecuencia, oler nada más apestoso. Tampoco barren jamás sus habitaciones, y no cosen ni hilan, acaso porque su país no hay algodón ni se crían carneros.

Yo creo que nunca han cultivado la tierra, al menos no lo hacen hoy, y se alimentan únicamente de la carne de vacas salvajes, que abundan en su distrito. Las mujeres guisan, pero todos sus guisos se reducen al asado sin sal. Atraviesan la carne con un palo aguzado, y clavan la punta en tierra; encienden fuego al lado y le dan vuelta a aquella una sola vez para hacerla asar por igual. Ponen a la vez varios palos con carne y cuando uno está despojado ya de ella se le sustituye por otro. A cualquier hora que sea, el que tiene hambre coge uno de estos palos, lo coloca ante sí, y sentado sobre los talones come lo que le parece, sin prevenir a nadie ni decir una palabra, hasta cuando marido, mujer e hijos comen del mismo pedazo, y no beben mas que después de haber concluido de comer.

No conocen ni juegos, ni bailes, ni canciones, ni instrumentos de música, ni sociedades o conversaciones ociosas. Su aire es tan grave que no se pueden conocer en ellos las pasiones. Su risa se reduce a entreabrir ligeramente las comisuras de los labios, sin lanzar jamás una carcajada. Nunca levantan la voz y hablan siempre muy bajo, sin gritar, ni aun para quejarse cuando se los mata. Esto llega hasta el punto de que si tienen que tratar algo con alguno que vaya diez pasos por delante no lo llaman, y prefieren andar hasta alcanzarlo. No adoran a ninguna divinidad ni tienen ninguna religión; se encuentran, por consecuencia, en un estado más atrasado que el del primer hombre descrito por algunos sabios, pues que le dan una religión. No se observa entre ellos ni acción ni palabra que tenga la menor relación con las atenciones de respeto y cortesía. No tienen, igualmente, ni leyes, ni costumbres obligatorias, ni recompensas, ni castigos, ni jefes para mandarlos. Tenían otras veces caciques, que en realidad no ejercían ninguna autoridad sobre ellos y que desempeñaban allí el mismo papel que en las otras naciones de que hablaremos. Todos son iguales; ninguno está al servicio de otro, a no ser alguna mujer vieja que, por carecer de recursos, se reúne a una familia o que se encarga de amortajar y enterrar a los muertos.

Los jefes de familia de reúnen a la entrada de la noche para convenir entre ellos cuáles deben pasarla de centinela y los puestos que deben ocupar; son tan astutos y previsores, que no olvidan nunca esta precaución. Si alguien ha formado algún proyecto de ataque o defensa, lo comunica a esta asamblea, que lo ejecuta si lo aprueba. Se colocan todos en círculo, sentados sobre los talones (1), (Hay, pues, una especia de Gobierno, mezcla de aristocracia y democracia; todo esto está enteramente conforme con lo que he dicho de la forma de gobierno de los pueblos, en el segundo período, en la página 63 de mis Essai sur L´Historie de l´espéce humaine. -C.A.W.-). Pero a pesar de esta aprobación, ninguno está obligado a concurrir a la ejecución, ni aun el mismo que ha propuesto el asunto, y no hay ninguna pena que imponer a los que faltan. Son las partes mismas las que arreglan sus diferencias particulares; si no están de acuerdo se pelean a puñetazos hasta que uno vuelve la espalda y abandona al otro, sin que se vuelva a hablar del asunto. En estos duelos jamás hacen uso de armas, y nunca he oído decir que hubiera ningún muerto. No obstante, con frecuencia se derrama sangre porque se aplastan las narices, y aun a veces se parten algún diente (1) (<< Las necesidades de que depende una sociedad cualquiera son la adquisición de la subsistencia necesaria para sostener la vida de cada uno de sus miembros, la seguridad exterior y la tranquilidad interior. Acabamos de ver cómo una autoridad legal se establece naturalmente en un pueblo, en este período, para atender a las dos primeras, y en cuanto a la última, es casi nula entre ellos. Poco celosos entre sí de la autoridad, cuya adquisición es más penosa que deseable la posesión, reunidos por un mismo interés, ignoran el tumulto de las facciones y las tormentas de las disensiones políticas. Su pequeño número, resultado necesario de su manera de vivir, contribuye aún a hacer reinar entre ellos la mayor unión y el más perfecto acuerdo. En las injurias particulares se permite al ofendido tomarse la justicia por su mano. Hay pocos altercados que interesen a la sociedad entera; y si los hay que merezcan su atención, se los juzga en la asamblea, ya consagrada por el uso como autoridad soberana. >> -Essai sur L´Histoire de l´espèce humaine, par C. A. Walckenaer; in 8º, 1798; pág. 69.-)

Tienen caballos y yeguadas. La mayoría poseen bridas guarnecidas de hierro, que los portugueses, cuando están en paz con ellos, les dan en cambio de los caballos que reciben. Los hombres montan generalmente en pelo, y las mujeres en una especie de gualdrapa muy sencilla. Si alguno de ellos pierde sus caballos en la guerra, no debe esperar que sus compañeros le presten otros. Si sólo queda uno, monta el marido, mientras su mujer y su familia lo siguen a pie cargados con el resto del equipaje. La mayoría no tienen por toda arma mas que una lanza de once pies, armada de hierro muy largo, que les facilitan los portugueses, y los que no las tienen se sirven de flechas muy cortas, que llevan en un carcaj suspendido del hombro.

Cuando han resuelto hacer una expedición militar ocultan sus familias en un bosque y envían a la descubierta, cuando menos seis leguas por delante, exploradores bien montados. Éstos avanzan con las mayores precauciones, tendidos todo a lo largo sobre los caballos.

Van lentamente y se detienen de tiempo en tiempo para dejarlos pacer. A causa de esto no les ponen brida, y se contentan con amarrarles a la mandíbula inferior una pequeña correa, a la cual unen otras dos que les sirven de riendas. Añadid a estas precauciones la ventaja de ver antes de ser vistos en estas inmensas llanuras, porque su vista es muy superior a la nuestra. Cuando están muy cerca, es decir, a distancia de una o dos leguas, se detienen. A la puesta del Sol traban sus caballos y se aproximan a pie, encorvándose y ocultándose en las hierbas, hasta haber reconocido bien la situación del campo enemigo o de la casa que quieren atacar, así como de sus puestos avanzados, de sus centinelas y de su caballería. Aun cuando no tengan intención de atacar, sus exploradores siguen siempre a las tropas españolas que atraviesan el país; de modo que aunque no se vea un solo indio, el comandante debe suponer que se siguen todos los pasos y que será infaliblemente atacado si no toma todas las precauciones necesarias. Por tanto, debe constantemente estar acampado durante el día y no emprender las marchas mas que por la noche.

Los exploradores, después de tomar los datos necesarios, parten a galope para avisar a los suyos; pero si han sido vistos, huyen en la dirección contraria a la de su tropa y no hay que pensar siquiera en alcanzarlos, porque sus caballos son mucho más ligeros que los nuestros. Cuando, por el contrario, esperan tener ventaja, después de recibir las noticias se distribuyen en los puntos escogidos para el ataque y marchan lentamente. Tan pronto como están cerca profieren grandes gritos, se dan sobre la boca golpes redoblados, se precipitan contra el enemigo como el rayo y matan a todo el que encuentran, no conservando más que las mujeres y los niños menores de doce años. Estos prisioneros los llevan consigo y los dejan en libertad entre ellos. La mayoría se casan y se acostumbran a su género de vida, siendo raro que quieran dejarlo para volver entre sus compatriotas. Estas expediciones las hacen siempre antes del amanecer, pero atacan también en pleno día si notan que el jefe enemigo tiene miedo o que hay desorden en su tropa. Además saben amagar falsos ataques, hacer fugas simuladas y preparar emboscadas; siendo cosa segura que ninguno de los que salen huyendo se les escapa, a causa de la superioridad de sus caballos y de la destreza con que los manejan. Felizmente, se contentan con una sola victoria, como el jaguarete, y no se les ocurre aprovecharse de sus ventajas; sin esto acaso los españoles no hubieran podido extender su población por las llanuras de Montevideo. Cada uno se aprovecha del botín que hace personalmente, porque no efectúan reparto.

Cuando se piensa que los charrúas han dado más que trabajar a los españoles y les han hecho derramar más sangre que los ejércitos de los Incas y de Moctezuma, se creerá sin duda que estos salvajes formen una nación muy numerosa. Debe saberse, sin embargo, que los que existen actualmente, y que nos hacen tan cruel guerra, no forman hoy, seguramente, más que un cuerpo de unos cuatrocientos guerreros. Para someterlos se han enviado con frecuencia contra ellos más de mil veteranos, ya en diferentes cuerpos, para envolverlos, y se les han dado golpes terribles; pero, en fin, el caso es que ellos subsisten y nos han matado mucha gente. Se ha observado que cuado atacan conviene echar pie a tierra y esperarlos formados en fila, contentándose con hacer algunos disparos unos después que otros; ésta es la única manera de hacer que las armas de fuego les infundan respeto. Entonces se van, luego de haber caracoleado con sus caballos y sin acercarse mucho. Si se les hace una sola descarga general todo está perdido.

Jamás permanecen en el celibato, y se casan en cuanto sienten necesidad de esta unión. Nunca he visto ni oído que se casen entre hermanos. Les he preguntado la razón, y no me la han sabido dar; pero como no tienen ninguna ley que lo prohíba, se debe presumir que si tales alianzas no se verifican es porque cuando la hermana es mayor no espera que su hermano llegue a la edad necesaria, y se casa con el primero que se presenta, y en el caso contrario el hermano hace otro tanto. Como son naturalmente taciturnos y serios no conocen ni el lujo, no diferencias jerárquicas, ni adornos, ni juegos, etc., cosas que son el principal fundamento de la galantería, el casamiento, este asunto tan grave y que se impone de un modo tan intenso por la Naturaleza, se concierta entre estos salvajes con tanta sangre fría como nosotros cuando se trata de un espectáculo cualquiera. Todo se reduce a pedir la hija a los padres y llevársela, si éstos lo permiten. La mujer no se niega nunca y se casa con el primero que llega, aunque sea viejo y feo.

Desde que el hombre se casa forma una familia aparte y trabaja para alimentarla, porque hasta entonces ha vivido a expensas de sus padres, sin hacer nada, sin ir a la guerra y sin asistir a las asambleas. La poligamia es permitida, pero una sola mujer nunca tiene dos maridos (1), (<< Puesto que en este período el hombre retiene a su mujer bajo su dependencia inmediata, sin que ella tenga la libertad de substraerse, el casamiento tendrá más estabilidad y será por parte de este sexo un contrato obligatorio. Se verá con frecuencia a un hombre poseer muchas mujeres, pero nunca una mujer tener muchos maridos, a menos que las causas que he indicado lo dispongan de otra manera. >> - Essai sur l´Histoire de l´espèce humaine, pág. 83- Se verá en la continuación de este capítulo una de las causas a que yo hago aquí alusión, comprobada con el ejemplo de los ganas, cuyas mujeres pueden poseer varios maridos, aunque estén en el mismo período de civilización que los otros indígenas de estas regiones. -C.A.W.-); y aun más: cuando un hombre tiene muchas mujeres, éstas lo abandonan en cuanto encuentran otro del que puedan ser únicas esposas. El divorcio es igualmente libre para los dos sexos; pero es raro que se separen cuando tienen hijos. El adulterio no tiene otra consecuencia que algunos puñetazos que la parte ofendida administra a los dos cómplices, y esto solamente si los coge in fraganti. No enseñan ni prohíben nada a sus hijos, y éstos no tienen respeto alguno a sus padres; siguiendo en esto su principio universal de hacer cada uno lo que le parece, sin estar limitado por ningún miramiento ni ninguna autoridad. Si los niños quedan huérfanos se encarga de ellos algún pariente.

Los jefes de familia, pero no sus mujeres ni sus hijos, se emborrachan lo más frecuentemente que pueden con aguardiente, y a falta de este licor, con chicha, que preparan diluyendo en agua miel salvaje y dejándola que fermente (1), (<< El hombre es naturalmente inclinado a la ociosidad y a la pereza; tiene, si así puede decirse, una fuerza de inercia que le hace permanecer en reposo, a menos que una fuerza poderosa lo estimule a moverse. Estas causas deben ser en pequeño número y poco frecuentes en los pueblos del primer período, a los que la ambición, el amor y la avaricia son absolutamente extraños. También una de las notas más salientes de su carácter nacional es la indolencia; pero ésta lleva consigo la languidez y el aburrimiento. Para substraerse a estas plagas debieron ser adoptadas con entusiasmo en la infancia de las sociedades las bebidas que imprimen a todos nuestros órganos un movimiento rápido, que excitan una alegría ruidosa, que exaltan la imaginación y que parecen sacarnos de nuestra propia existencia y hacer de nosotros otro ser nuevo. La fermentación espirituosa es uno de los fenómenos más frecuentes en la Naturaleza en la descomposición de los vegetales y uno de los que la industria humana imita con más facilidad. >> -Essai sur L´Historie de l´espèce humaine, pág. 50.-C.A.W.-). Yo no he advertido que estuvieran sujetos al mal venéreo ni a ninguna otra enfermedad particular, y su vida me parece más larga que la nuestra. Pero, no obstante, como a veces se ponen malos, tienen sus médicos. Estos no conocen mas que un remedio universal para todos los males, que se reduce a chupar con mucha fuerza el estómago del paciente para extraer el mal; tal cosa han sabido hacer creer estos médicos para procurarse gratificaciones.

Tan pronto como muere un indio transportan el cadáver a un sitio determinado, que es hoy una pequeña montaña, y lo entierran con sus armas, sus trajes y todas sus alhajas y objetos. Algunos disponen que se mate sobre su tumba el caballo que más querían, cosa que se ejecuta por algún amigo o pariente. La familia y los parientes lloran mucho al muerto y su duelo es muy singular y muy cruel. Cuando el muerto es un padre, un marido o un hermano adulto, las hijas y las hermanas ya mujeres se cortan, así como la esposa, una de las articulaciones de los dedos por cada muerto, empezando esta operación por el dedo meñique. Además se clavan varias veces el cuchillo o la lanza del difunto, de parte a parte, en los brazos, el seno y los costados, de la cintura para arriba. Yo lo he visto. Añadid a esto que pasan dos lunas metidas en sus chozas, donde no hacen más que llorar y sólo toman poquísimo alimento. Yo no he visto una sola mujer adulta que tuviese los dedos completos y que no llevara cicatrices de heridas de lanza. (1), (Según RODOLFO R. SCHULLER, que ha prologado y anotado el libro de AZARA -F. DE- Geografía física y esférica de las provincias del Paraguay y misiones guaraníes, Montevideo, 1904, la voz charrúa quiere decir en legua guaraní los que se mutilan a sí mismos o los mutilados. -Nota D-).

El marido no hace duelo por la muerte de su mujer ni el padre por la de sus hijos; pero cuando éstos son adultos, a la muerte de su padre se ocultan dos día, completamente desnudos, en su choza, sin tomar casi alimento, y éste solamente puede consistir en carne o huevos de perdiz. Después, por la noche, se dirigen a otro indio para que les haga la siguiente operación: coge al paciente un gran pellizco en la carne del brazo y la atraviesa por distintas partes con pedazos de caña de un palmo de largo, de manera que los extremos salen por los dos lados. El primer pedazo se clava en el puño, y los otros, sucesivamente, de pulgada en pulgada, sobre toda la parte exterior del brazo, hasta el hombro y aun sobre él. No se crea que estos pedazos de caña son del grueso de un alfiler, sino que son astillas cortantes de dos o cuatro líneas de ancho y cuyo grueso es igual por todas partes. Con este triste y espantoso aparato sale el salvaje que está de duelo, y se va solo y desnudo a un bosque o a cualquier altura, sin temer al jaguarete ni a los otros animales feroces porque están persuadidos de que huirán viéndolos ataviados de tal modo. Lleva en la mano un palo armado de una punta de hierro, y se sirve de él para cavar, con ayuda de sus manos, un hoyo donde se mete hasta el pecho y donde pasa la noche en pie. Por la mañana sale para ir a una cabaña, semejante a las ya descritas y que está siempre preparada para los que están de duelo. Allí se quita las cañas, se acuesta para descansar y pasa dos días sin comer ni beber. Por la mañana y los días siguientes los niños de la tribu le llevan agua y algunas perdices, o sus huevos, en muy pequeña cantidad; los dejan a su alcance y se retiran corriendo, sin decir una palabra. Esto dura diez o doce días, al cabo de los cuales el doliente va a buscar a lo otros. Nadie está obligado a estas bárbaras ceremonias; pero, no obstante, es muy raro que dejen de realizarse, porque el que no se conforma exactamente a ellas es considerado como débil; este concepto es único castigo; y aun no le daña en la sociedad a que pertenece.

Los que creen que el hombre no obra nunca sin motivo y que pretenden descubrir la causa de todo podrán ejercer su curiosidad en buscar el origen de un duelo tan extravagante entre esta nación de indios.

YAROS. - Estos indios habitan en tiempos de la conquista la costa oriental del río Uruguay, entre el río Negro y el de San Salvador. Del lado del Este tenían por vecinos a los charrúas y por el Norte los bohanes y los chanás. Las noticias que he podido recoger respecto a ellos se reducen a que su lengua era muy diferente de todas las otras; el número de sus guerreros no llegaba a ciento y sus armas eran arcos y flechas. Debían de ser valientes, puesto que atacaron y mataron a un número muy considerable de españoles de los que acompañaban al capitán Juan Álvarez, primer navegante del Uruguay. Por último, fueron exterminados por los charrúas.

BOHANES. - Esta nación, en la época de la conquista, habitada el borde del Uruguay, al norte del río Negro, y lindaba por el Sur con los territorios de los yaros y de los chanás. Todo lo que yo he podido encontrar respecto a ellos en los antiguos manuscritos es que su lengua era diferente de todas las otras, que esta nación era aún menos numerosa que los yaros y que fue exterminada por los charrúas.

CHANÁS. - Cuando los primeros españoles llegaron al país, esta nación vivía en las islas del Uruguay al frente del río Negro. De allí pasaron a orilla oriental del Uruguay, un poco al sur del río de San Salvador, cuando los españoles abandonaron la ciudad de San Salvador; después, acosados por los indios de la vecindad, volvieron a sus islas. Habitaban la que se llama hoy isla de los Vizcaínos cuando, temiendo la vecindad de los charrúas, que habían ya exterminado a los rayos y a los bohanes, buscaron la protección de los españoles de Buenos Aires, suplicándoles que los defendieran y que les formaran un poblado que estaría bajo su dependencia. El gobernador accedió a su demanda, los sacó de su isla y formó con ellos el pueblo que se llama hoy Santo Domingo Soriano. Pero como se han mezclado con los españoles, casi todos pasan hoy por tales. Existen, no obstante, aún algunos, entre ellos uno que pasa de cien años, y que dice que su padre y su abuelo vivieron todavía, mucho más tiempo. Se ve por las noticias de este viejo, confirmadas por algunos escritos antiguos, que el lenguaje de esta nación era diferente del de las otras; que tenía aproximadamente cien guerreros; que vivía principalmente de la pesca; que usaba canoas y que no cedía a los charrúas por su talla y buenas proporciones. Como los que existen hoy han nacido en el pueblo, ignoran las costumbres de sus antecesores salvajes.

MINUANES. -Es una nación que al tiempo de la conquista vivía en las llanuras septentrionales del Paraná. No se alejaba más de una treintena de leguas, y se extendía de Este a Oeste, desde la reunión de este río con el Uruguay hasta frente a la ciudad de Santa Fe. El Uruguay la separaba de las naciones de que hemos hablado. Por la parte norte estaba limitada por grandes desiertos, y tenía por vecinas al sur diferentes hordas que vivían en las islas formadas por el Paraná.

Los minuanes mataron a Juan de Garay, capitán renombrado entre los conquistadores de América, así como a la numerosa tropa que mandaba. Cuando los charrúas empezaron a pasar al lado norte se aliaron del modo más estrecho con los minuanes. Durante algún tiempo las dos naciones vivieron juntas y se reunían para atacar a los españoles de Montevideo. Estas naciones pasaban y repasaban el Uruguay, y aunque se separasen frecuentemente, como reinaba entre ellas la mayor armonía, los españoles las confundían y las confunden aún hoy, llamándolas indistintamente charrúas o minuanes. Hoy están reunidas y no se las puede distinguir con relación a su estado actual ni a la manera de hacer la guerra; por tanto, todo lo que he dicho de los charrúas debe entenderse de las dos naciones reunidas. El jesuita Francisco García comenzó a formar un poblado de minuanes llamado Jesús Maria, cerca del río de Ibicuí; pero la mayor parte de los indios volvió a su antiguo modo de vivir, y sólo quedó un pequeño número, que se reunió al poblado de guaraníes llamado San Borja.

Los minuanes son hoy menos numerosos que los charrúas, tienen un lenguaje particular muy diferente, que no guarda relación con el otro, y su talla es semejante a la de los españoles; además, me parece que sus mujeres tienen el seno más grueso. Su cuerpo es menos carnoso, su cara más triste, más sombría y menos espiritual; su carácter, menos activo, menos orgulloso y menos entero; pero se asemejan completamente en el color, las facciones, los ojos, la vista, el oído, los dientes, los cabellos, el pelo, la falta de barba, la mano, el pie, la seriedad, la taciturnidad, el tono de la voz, la costumbre de no reír nunca, la suciedad y el barbote. Como ellos, no gritan ni se quejan nunca, y se les asemejan además por la igualdad, que no admite ni clases de jerarquía; por los vestidos, los muebles, la falta de adornos, la poca menstruación; por los caballos, las armas, la manera de hacer la guerra, los casamientos, la falta de agricultura, y por la manera de alimentarse y de emborracharse. Así como los charrúas, no sirven a nadie, no se prestan nada unos a otros, no reparten el botín y tienen, igualmente, un cementerio común.

Otro tanto digo de su falta de religión, de educación, de leyes, de recompensas, de castigos, de danzas, de instrumentos de música, de juegos, de sociedades y de conversaciones ociosas; de la costumbre que tienen de reunirse a la puesta de sol, y de terminar a puñetazos sus diferencias particulares. Pero difieren en otros aspectos de la vida, porque rara vez hacen uso del divorcio y de la poligamia. Los padres y las madres no se ocupan de sus hijos mas que mientras están mamando; luego los entregan a cualquier pariente casado, sea tío, primo o hermano, y no vuelven a vivir con ellos ni a tratarlos como a hijos; tampoco ellos los consideran como padres y no hacen duelo por su muerte, sino por la del pariente que los ha criado.

Sus mujeres, en la época de su primera menstruación, se aplican las mismas pinturas que las de los charrúas, de los que han tomado esta costumbre después de su reunión; pero hay aún muchas que, según su antigua práctica, suprimen las rayas de las mejillas. Muchos hombres imitan hoy a los charrúas y no se pintan; pero otros conservan su antigua costumbre de trazarse tres rayas azules indelebles, que pasan de una mejilla a otra, atravesando la nariz a la mitad de su longitud, y otros se embadurnan sólo de blanco las mandíbulas. Curan a sus enfermos chupándoles el estómago, como los charrúas, pero no son sólo los hombres los que ejercen la medicina, habiendo también algunas mujeres de edad que se dedican a esta profesión. Consiguen a veces persuadir a hombres que carecen de mujer de que ellas tienen en sus manos la vida y la muerte (1); (¿Cómo podrá ser esto si no tienen ninguna religión ni ninguna idea supersticiosa? -C.A.W.-); inspirándoles así miedo consiguen casarse con alguno.

A la muerte del marido la mujer se corta una falange de un dedo; también se cortan el extremo de su cabellera y el resto sirve para cubrirse la cara. Se tapan el seno con cualquier trozo de tela o de piel, o aun con sus vestidos ordinarios, y permanecen durante varios días ocultan en su choza. Las doncellas adultas hacen otro tanto, no a la muerte de su padre natural, sino del que las ha criado. El duelo de los hombres adultos es tal como el que hemos descrito de los charrúas, pero dura la mitad del tiempo, y en vez de clavarse pedazos de caña en los brazos se perforan con una espina gruesa de pescado las piernas y los muslos por delante y por detrás, así como los brazos, hasta el codo, pero no el hombro. Clavan la espina por un lado y la sacan por el otro, como una aguja de coser, y esto, al menos, de pulgada en pulgada.

PAMPAS.- Así es como llaman a los españoles a una nación de indios porque vive errante entre los 36 y 39º de latitud, en las llanuras inmensas a que llaman pampas. Los primeros conquistadores los conocieron bajo el nombre de querandíes, y parece que se dan hoy a si mismo el nombre de puelches, y aun otros, porque cada división de la nación tiene el suyo. A la primera llegada de los españoles erraban estos indios por la orilla meridional del río de la Plata, frente a los charrúas, sin comunicar los unos con los otros, porque no tenían ni barcos ni canoas. Por el lado oeste lindaban con los guaraníes de Montegrande y del valle de Santiago, llamados hoy San Isidro y las Conchas, y por los otros lados no tenían ningún vecino próximo.

Esta nación disputó el terreno a los fundadores de Buenos Aires con un vigor, una constancia y un valor admirables. Los españoles, después de pérdidas considerables, abandonaron la plaza; pero volvieron por segunda vez para repetir la fundación de la ciudad; y como entonces estaban los españoles fuertes en caballería, los pampas no pudieron resistirlos y se retiraron al lugar que hoy ocupan. Vivían, como antes, de la caza del tatuejo, de la liebre, del ciervo y de los avestruces, que se encontraban en grande abundancia; pero habiéndose multiplicado mucho los caballos cimarrones o salvajes, empezaron a cogerlos para comerlos, cosa que hacen todavía hoy, pues se alimentan de la carne de estos animales y de los otros de que hemos hablado. Las vacas salvajes se multiplicaron en el país después de los caballos, y como los pampas no tenían necesidad de ella para vivir, nunca han pensado en comerlas, y no las comen aun hoy. Así, este ganado no encontró obstáculo alguno para su multiplicación y se extendió hasta el río Negro hacia el 41º de latitud, y a proporción hacia el Oeste, hasta los límites de Mendoza y hasta las cimas de la cordillera de Chile. Los indios salvajes de estos cantones, viendo llegar vacas a su país, empezaron a comerlas, y como las había en abundancia, vendían lo que les sobraba a los araucanos y otros indios, y aun a los presidentes de aquella Audiencia que hacían esta especie de comercio.

Así es como el número de estos animales disminuyó en las regiones occidentales, y lo que quedaba se corrió hacia el Este, concentrándose en el país de las pampas. De esto vino el que varias naciones de indios de la vertiente oriental de la Cordillera, y otros del lado de Patagonia, vinieron a establecerse en los cantones en que había ganado y se unieron en amistad con los pampa. Éstos tenían ya un gran cantidad de caballos de silla, de que los recién venidos se apoderaron en un gran número, así como de vacas, que iban a vender a otras naciones de la Cordillera y a los españoles de Chile. Así acabaron de destruir el resto de las vacas salvajes. A la verdad, en estos los ayudaron los habitantes de Mendoza y de Buenos Aires, que por su parte hicieron un gran estrago para alimentarse y para procurarse cueros y sebo.

Los pampas y las otras naciones coligadas, al faltarles el ganado, que era una parte de su alimento y único artículo de comercio, comenzaron, a la mitad del siglo anterior o un poco antes, a robar el ganado domesticado que los habitantes de Buenos Aires poseían en sus pastos o parques. Tal fue el origen de una guerra sangrienta, porque los indios no se limitan a robar los ganados, sino que mataban a todos los hombres adultos, no conservando mas que las mujeres y los adolescentes, que se llevaban conseguido y que trataban como he dicho que lo hacían los charrúas; es verdad que les exigían algunos servicios y los tenían como esclavos o criados hasta que se casaban, pero entonces eran tan libres como los demás.

En el curso de esta guerra quemaron muchas casas de campo y mataron millares de españoles. Con frecuencia han saqueado el país e interrumpido durante mucho tiempo las comunicaciones de Buenos Aires con Chile y el Perú, y forzado a los españoles a cubrir la frontera de Buenos Aires por once fuertes, guardados por setecientos veteranos de caballería, sin contar las milicias. Lo mismo ha sucedido, proporcionalmente, en los distritos de Córdoba y Mendoza. Es seguro que en esta guerra había varias naciones indias coligadas; pero los pampas han constituido siempre la parte principal, y es indudable que son muy valientes. El siguiente hecho puede dar una idea. En una batalla se habían hecho prisioneros cinco pampas; se los llevó a un buque de guerra de setenta y cuatro cañones y seiscientos cincuenta hombres de equipaje, para conducirlos a España. A los cinco días de navegación el capitán les permitió pasearse por el buque, y desde el mismo instante resolvieron apoderarse de él, matando a toda la tripulación. Para este efecto uno de ellos se aproximó a un cabo de mar y, aprovechando que estaba descuidado, le quitó el sable y en un instante mató a dos pilotos y catorce marineros o soldados. Los otros cuatro indios se lanzaron a apoderarse de las armas; pero como la guardia las defendió bien se arrojaron al mar se ahogaron, así como el primero, que los imitó. Los jesuitas comenzaron a formar con estos indios dos poblados: uno cerca del río Salé y el otro más al Sur, cerca de una montaña que se llama impropiamente Volcán; pero ni uno no otro subsistieron.

Hace unos trece años que los pampas concertaron la paz con los españoles. No obstante, son tan desconfiados, que cuando recorrí su territorio observaron escrupulosamente todas mis marchas, sin presentárseme nunca delante ni dejarse ver, porque yo llevaba una buena escolta. Así es que lo que he dicho procede de informes que he tomado y observaciones que he podido hacer sobre los que he visto en Buenos Aires. Tienen una gran cantidad de excelentes caballos y los montan como los charrúas. Compran sus trajes de pieles y las plumas de avestruz a otros indios que viven al sur del país, por el lado de los patagones; y en cuanto a sus mantas y sus ponchos, los adquieren de los indios de la Cordillera y de Chile. Agregan a todas estas mercancías otros pequeños objetos que son de su uso, como hebillas, lazos, riendas de caballo, sal, etc., y vienen a venderlos a Buenos Aires, de donde llevan en cambio aguardiente, hierba del Paraguay, azúcar, dulces, higos y uvas pasas, espuelas, bocados, cuchillos, etc. Con frecuencia van acompañados por indios de Patagonia y de la Cordillera de Chile, y de tiempo en tiempo los caciques hacen una visita al virrey para obtener algún presente.

Yo creo que esta nación puede tener a lo sumo cuatrocientos guerreros. Su lenguaje es diferente de todos los otros, pero no tienen ningún sonido nasal ni gutural; así es que podría escribirse con letras de nuestro alfabeto. Me parece que son menos silenciosos que las otras naciones y que su voz es más sonora y más llena. En efecto, aunque algunos hablan muy bajo en una conversación ordinaria, cuando pronuncian una arenga ante el virrey el orador refuerza su voz, y después de haber dicho tres o cuatro palabras hace una pequeña pausa, apoyado con fuerza sobre la última silaba, como un ayudante que manda el ejercicio. Su talla no parece inferior a la de los españoles, pero en general tienen los miembros más fuertes, la cabeza más redonda y más gruesa, los brazos más cortos, la cara más ancha y más severa que nosotros y que los otros indios y el color menos oscuro. Nadie entre ellos se pinta ni se corta los cabellos. Los hombres levantan todas las puntas de éstos hacia arriba y los amarran con una correa o cuerda, con la que se ciñen la cabeza, sobre la frente. Las mujeres dividen sus cabellos en dos mitades iguales, de cada una de las cuales hacen una coleta, gruesa, larga y apretada, como la de los soldados. Esta doble coleta no les cae por detrás, sino sobre las orejas, y parecen dos largos cuernos colgando sobre las orejas y a lo largo de los brazos. De todas las mujeres indias, éstas son las más limpias y las que se lavan con más frecuencia; pero las creo también las más vanas, más orgullosas y menos complacientes.

Los hombres no tienen el barbote, y no usan un traje alguno cuando van a la guerra o a la caza, ni cuando están en su casa, a no ser que haga mucho frío; pero para entrar en Buenos Aires se ponen un poncho. Ya he dicho lo que es esta prenda. Los más ricos llevan un sombrero, una chaqueta y alguna cubierta amarrada a los riñones. Los capitanes o caciques tienen un vestido, que les regala el virrey, y un cinturón de bayeta. Ninguno posee camisas ni calzones, y advierten que no se los den porque les molestan mucho. Las mujeres no se pintan la cara, y usan zarcillos, collares y alhajas de poco valor. Se envuelven el cuerpo en un poncho, que les cubre completamente el seno y no deja ver mas que la cara y las manos. Quizá entre sí estén menos cubiertas. Las casadas con indios acomodados, y sus hijas, se adornan mucho más. Se cosen al poncho una docena de placas de cobre, delgadas y redondas, de tres a seis pulgadas de diámetro, poniéndolas a igual distancia unas de otras. Además llevan botas de piel o de cuero delgado, muy guarnecidas de clavos de cobre, de cabeza cónica y seis líneas de ancho en la base. Sus bridas, como las de sus maridos, están también cargadas de placas de plata, y lo mismo sus espuelas.

Yo no he observado entre otras naciones indias esta desigualdad de riquezas en los vestidos y adornos. Hay también jefes o caciques, que, sin tener el derecho de mandar, de castigar ni de exigir nada, son muy considerados de los otros, que adoptan generalmente todo lo que proponen, porque creen que tienen más talento, perspicacia y valor. Cada jefe habita un distrito separado, con los de su horda; pero se reúnen cuando se trata de hacer la guerra o cuando lo exige algún asunto de interés común. Por lo demás, no trabajan ni cultivan la tierra; ignoran el arte de coser y de hacer telas; no conocen ni religión, ni culto, ni sumisión, ni leyes, ni recompensas, ni castigos, ni instrumentos de música, ni bailes; pero se emborrachan con frecuencia. Hay entre ellos que tienen un poco de barba porque proceden de la mezcla de su raza con las de las mujeres y muchachos que nos robaban en la guerra. Me parece que el amor conyugal es más fuerte entre ellos que entre todos los otros indios; que la poligamia y el divorcio son muy raros y que muestran mucha ternura por sus hijos, aunque no les enseñan nada. Sus tiendas o habitaciones portátiles se levantan con gran rapidez. Clavan en tierra tres palos del grueso del puño, a cuatro pies de distancia próximamente uno de otro: el de en medio, de una vara de largo; los otros, menos, y todos terminados en su extremo por una pequeña horquilla. A dos varas próximamente de estos palos clavan otro tres, en todo semejantes, y colocan horizontalmente sobre las horquillas en que todos terminan otros tres palos o cañas, sobre los que extienden pieles de caballo, y he aquí una tienda levantada para una familia. Ésta se acuesta sobre pieles y siempre sobre la espalda. Si sienten frío cubren verticalmente con otras pieles los costados de la tienda. Se casan del mismo modo que los charrúas y hasta la época del casamiento los hijos viven a costa de los padres.

No conocen ni arcos ni flechas, y creo que no los han usado nunca. En efecto, aunque las antiguas relaciones hablan de ellos, yo creo que los autores se han equivocado atribuyendo a los pampas las flechas de sus aliados los guaraníes, que hacían entonces la guerra a los españoles. Ninguna nación salvaje ha abandonado sus antiguos usos, y en esto se asemejan a los cuadrúpedos salvajes. Sobre todo, ninguna ha renunciado a sus flechas, aunque algunas, después de la llegada de los españoles, les hayan agregado el uso de otras armas. Se servían antiguamente de un dardo o bastón puntiagudo, con el que combatían de cerca, y también de lejos lanzándolos; pero lo han alargado y convertido en una lanza larga, que les es más útil a caballo, y conservan sus antiguas bolas. Las hay de dos clases: la primera, compuesta de tres piedras redondas, gruesas como el puño, recubiertas de piel de vaca o de caballo y amarradas a un centro común con cuerdas de cuero del grueso del dedo y tres pies de largo. Cogen con la mano la más pequeña de las tres, y después de haber hecho dar vueltas con violencia a las otras por encima de la cabeza, las lanzan hasta la distancia de cien pasos, y se enredan de tal modo alrededor de las piernas, el cuello o el cuerpo de un animal o de un hombre, que le es imposible escaparse.

La otra clase de bola se reduce a una sola piedra, y la llaman bola perdida. Es del mismo grueso que las otras, pero cuando la hacen de cobre o de plomo, como a veces sucede, es mucho más chica. Está recubierta de cuero y unida a una correa o cordón que cogen por el extremo para hacer dar vueltas a la bola como una honda, y cuando la sueltan da un golpe terrible a ciento cincuenta pasos o más lejos, porque la lazan cuando su caballo corre a rienda suelta. Si el objeto está cerca, dan el golpe sin soltar la bola. Los pampas manejan admirablemente estas dos clases de bolas para coger caballos salvajes y otros animales, y llevan gran número de ellas cuando van a la guerra. Con este arma fue con la que el tiempo de la conquista enlazaron y mataron, en una batalla, a D. Diego de Mendoza, hermano del fundador de Buenos Aires, otro nueve de los principales capitanes que estaban a caballo, y gran número de españoles. Amarrando manojos de paja inflamada a la correa de las bolas perdidas llegaron a incendiar varias casas de Buenos Aires y algunos buques. Su manera de hacer la guerra es exactamente la misma que la de los charrúas, que he descrito; pero como su país es más llano y no hay ni ríos ni bosques, no pueden tener tantas emboscadas, y las suplen con la sagacidad y el valor, llevados al último extremo, con la superioridad de sus caballos y su destreza en el manejo de éstos.

AUCÁS Y OTROS.-Al oeste de las pampas están los aucás (que parecen formar parte de los famosos araucanos de Chile) y otras muchas naciones indias, a que se dan diferentes nombres, en las fronteras de la ciudad de Mendoza.

Yo creo que todas estas naciones habitaban antiguamente la cordillera misma de Chile y que descendieron para habitar el país donde se halla hoy cuando los rebaños salvajes se extendieron hasta allí, como hemos visto antes. Me fundo en el hecho siguiente. Estos indios no se encontraban en la ruta de los españoles que iban en otro tiempo de Buenos Aires a Chile, pasando al lado del volcán de Villarrica, donde la Cordillera está abierta y presenta un paso plano y unido, de cerca de una milla de ancho. Hoy se ha olvidado este camino y se va a Chile por Mendoza, atravesando la Cordillera con grandes dificultades, pues las nieves cierran los pasos la mayor parte del año. Sea lo sea, yo no he visto estas naciones, y todo lo que puedo decir con probabilidad de acierto es que ignoran o conocen poco la agricultura; que son más o menos débiles y errantes; que van a veces a las pampas, y reunidas en conjunto han destruido los ganados y hecho la guerra en Buenos Aires; que en el tiempo oportuno van a hacer la recolección de manzanas silvestres en los alrededores del río Negro, a unas treinta o cuarenta leguas al oeste de su reunión con el río Diamante; que sus lenguajes son por completo diferente de los otros; que tienen caballos y carneros, con cuya lana fabrican cobertores y ponchos, que venden a los pampas a cambio de aguardiente, hierba del Paraguay, de quincalla y de otros objetos que llevan de Buenos Aires, a donde van algunas veces ellos mismos, confundidos con los pampas haciéndose pasar por tales. También que en estatura son iguales a los pampas, pero otras naciones les son superiores en talla y valor; que sus armas y habitaciones son las mismas, y que se asemejan en lo que se refiere a los jefes, la falta de religión, de ley y de costumbre obligatoria, y, en fin, que andaban vestidos como los pampas, o acaso mejor, sobre todo los capitanes y los particulares acomodados.

No he visto tampoco otras muchas naciones errantes de salvajes que habitan entre la costa de Patagonia y la cordillera de Chile desde el 41º de latitud al estrecho de Magallanes; sé, no obstante, que algunas de ellas, entre las que los españoles cuentan a los balchitá, los uhiliches y los tehuelchus, se han reunido con frecuencia con los pampas para hacer la guerra y robar los ganados de Buenos Aires. Hoy mismo, que estamos en paz con los pampas, ocurre con mucha frecuencia que estas naciones pasan al norte del río Negro, y aun del río Colorado, y que se establece durante algún tiempo al sur de las pampas. Nunca he sabido que se hagan la guerra entre sí, como las naciones que están al norte del Río de la Plata. No obstante, usan las mismas armas que los pampas y no les ceden en fuerza ni en valor; algunos, por el contrario, parecen sobrepujarlos, especialmente los patagones, que yo creo que son los tehuelchus. Dos de estos últimos fueron a Buenos Aires mezclados con los pampas, y alguno que los vio midió y dice que uno tenía seis pies y siete pulgadas y el otro dos pulgadas menos. Puede ser que hubiera con ellos otros de la misma nación y que no llamaran la atención por su estatura, porque yo no dudo de que la talla medio no sea inferior a la que acabo de señalar, y que ella no pase aún de seis pies y tres pulgadas, según puedo juzgar por comparaciones que me han hecho personas que los habían visto. Como quiera que esto sea, no se debe, a mi modo de ver, hacer ningún caso de la idea de quienes los presentan como gigantes, ni tampoco de los que les suponen una talla media un poco superior a la nuestra.
Los que han viajado por mar deben saber que en estos parajes hay muchas naciones indias de las que las más pequeñas son de nuestra talla y las otras mucho mayores. Por consecuencia, no debemos admirarnos de la diferencia de sus relaciones, sino sólo de sus exageraciones.

Todas las naciones que habitan estos parajes tienen idiomas diferentes y no conocen ni religión, ni leyes, ni juegos, ni danzas; son hoy poco numerosas y gobernadas hoy por asambleas, en las que los caciques gozan la mayor influencia. Tienen casi todas caballos, que les sirven de montura y de alimento, y ninguna cultiva la tierra. Viven de la caza que les producen tatuejos, liebres, ciervos, guanacos, hurones, jaguares, jaguaretes, guazuaras, aguarachais, avestruces y perdices. Sus tiendas o habitaciones portátiles están hechas como las de los pampas, y su vestido es el mismo cuando hace frío. Sólo que en vez de poncho usan mantas casi cuadradas y que pueden tener cuatro pies. El centro es ordinariamente del piel de aguarachay, de guanaco o de liebre, y los bordes, de piel de jaguarete. Las cubren de pinturas por el lado opuesto al pelo y se envuelven en ellas enteramente. Venden muchas a los pampas, así como plumas de avestruz, y obtienen en cambio aguardiente, hierba del Paraguay, cuchillos y otros objetos procedentes de Buenos Aires.

GUARANÍES.- Esta nación sola era la más numerosa y más extendida de todas las que he descrito y describiré, pues en la época del descubrimiento de América ocupaba todo lo que los portugueses poseen en el Brasil y la Guyana misma, según creo. Pero (para reducirme a los límites de mi descripción) diré que se extendía al norte de los charrúas, de los bohanes y minuanes, hasta el paralelo 16, sin pasar la parte occidental del río Paraguay y luego del Paraná, a excepción de los dos extremos; es decir, que ocupaba también el territorio de San Isidro y de las Conchas, cerca de Buenos Aires, y la parte meridional, hasta el 30º, y todas las islas de dicho río, sin pasar a la orilla opuesta; y hacia el otro extremo, pasaba al oeste del río Paraguay y penetraba en la provincia de Chiquitos hasta las cimas de la gran cordillera de los Andes, donde había gran número de ellos con el nombre de chiriguanas.

Pero se debe observar que entre los chiriguanas y los guaraníes de la misma nación que he dicho se encuentran en la provincia de Chiquitos había un gran espacio de terreno intermedio ocupado por muchas naciones muy diferentes. Se debe observar igualmente que en el espacio asignado a la nación guaraní había otras naciones enclavadas en medio de ella y que está rodeaba por todas partes, tales como los tupy, los guayaná, los ñuará, los nalicuega y los guasarapo, y esto solamente en el país que describo. Todas diferían mucho unas de otras, así como de los guaraníes, como veremos.

La nación guaraní ocupaba la enorme extensión de país de que he hablado, sin formar cuerpo político y sin reconocer la autoridad de ningún jefe común. Se encontraba precisamente en el mismo caso que la del Perú cuando el primer inca lo sometió tan fácilmente a su imperio. La nación guaraní estaba en todas partes agrupada en muy pequeñas divisiones u hordas, independientes unas de otras, y cada una llevaba nombre diferente, tomando el de su capitán o cacique o del paraje que habitaba. A veces se comprendían bajo un mismo nombre diferentes hordas, que vivían a lo largo de un río o en algún otro paraje o distrito. He aquí el origen de la multitud de los diferentes nombres que los conquistadores dieron a la sola nación guaraní. Por ejemplo, y sin separarnos del país que describo, dieron a los guaraníes los nombres de mbguas, caracaras, timbus, tucagues, calchaguis, quiloazas, carios, mangolas, itatines, tarcis, bombois, curupaitis, curumais, caaiguas, guaraníes, tapes, chiriguanas, y aun otros.

La suerte o el destino de la nación guaraní no ha sido la misma en todas partes. Todas las hordas que habitaban al inmenso país poseído por los portugueses fueron cogidas y vendidas como esclavos, y como se mezclaron con los negros importados de África, resulta que la raza guaraní casi se ha extinguido. Además, los portugueses de Sao-Paulo, llamados comúnmente mamelucos, no se detuvieron en lo que acabamos de decir, sino que hicieron largas incursiones en nuestro territorio, y se llevaron no sólo los guaraníes que encontraron en estado de libertad, sino también más de diez y ocho pueblos que los españoles habían ya reducido e instruido en el Paraguay.

La conducta de los españoles ha sido bien diferente: no han vendido un solo guaraní y conservan aún millares no sólo en los poblados, jesuíticos y no jesuíticos, sino en el estado de completa libertad, porque existen aún en el país que describo una multitud de hordas de guaraníes tan libres como antes de la llegada de los europeos. Hablaré a su debido tiempo de los guaraníes sometidos a los españoles y que forman aldeas cristianas; ahora sólo hablo de la nación en estado de libertad. Pero como los que existen en este estado habitan en los bosques más grandes, donde yo no he tenido ocasión de entrar, tomaré mi descripción de los datos y noticias proporcionados por antiguos manuscritos o por personas que han visto a algunos de estos indios, y de lo que yo he podido observar a veces por mi mismo; o también, en fin, de las observaciones que he hecho sobre los convertidos al cristianismo.

En general, todos los guaraníes libres vivían en los alrededores o en la linde de los bosques, o bien en los pequeños claros libres que a veces se encuentran en el interior de dichos bosques. Si en algunos parajes se han fijado en campos desnudos y de una gran extensión, ha sido cuando no había próxima ninguna otra nación. Se alimentaban de miel y de frutos silvestres; comían también monos, chibiguazús, mborebis, y capibaras, cuando podían matar alguno. Pero su principal recurso estaba en el cultivo del maíz, de las judías, de las calabazas, de los mani o mandubi (cacahuet), de las patatas, de las mandiocas (manioc y camanioc). Si tenían un río a su alcance pescaban a flechazos o con anzuelos de madera, y algunos de ellos tenían pequeñas canoas. Cuando terminaban su recolección establecían almacenes para el resto del año, porque en los bosques no encontraban tanta aves ni cuadrúpedos para su subsistencia como en las llanuras. Tampoco iban de caza ni en busca de frutos mas que cuando no estaban ocupados en los trabajos agrícolas y no se alejaban nunca mucho, para estar a mano cuando la recolección; por esta razón eran estables y no errantes, como las otras naciones de que he hablado.

Su lenguaje es muy diferente de todos los otros, pero el mismo para todas las ramas de esta nación; de manera que hablándolo se podía entonces viajar por todo el Brasil, entrar en el Paraguay, descender hasta Buenos Aires, y subir al Perú hasta el cantón de los chiriguanes. Este lenguaje pasa por ser el idioma más abundante de los salvajes de América. Carece, sin embargo, de un gran número de términos; en cuanto a los numerales, no pasa de cuatro, sin poder expresar los números cinco y seis, y la pronunciación es nasal y gutural. El padre Luís Bolaños, franciscano, tradujo a esta lengua nuestro catecismo; los jesuitas inventaron signos para recoger y expresar su pronunciación nasal y gutural; han llegado a hacer e imprimir un diccionario y una gramática de esta lengua. A pesar de todo esto, es muy difícil de aprender y hace falta más de un año para conseguirlo.

Su talla media parece ser dos pulgadas menos que la española; es, por tanto, bastante inferior a la de los pueblos que hemos descrito precedentemente. Tienen también el aire de ser, a proporción, más cuadrados, más carnosos y más feos; su color es menos oscuro y tira un poco a rojo. Las mujeres tienen mucho cuello, manos y senos pequeños y poca menstruación. Los hombres tienen a veces un poco de barba y aun de pelo sobre el cuerpo, lo que los distingue de todos los otros indios, pero no los aproxima a los europeos con esto. Un hombre que vivió largo tiempo entre los guaraníes cristianos me aseguró que había observado en los cementerios que los huesos de estos indios se convertían en tierra mucho antes que los de los españoles. Se parecen a los otros indios por los ojos, por la vista, por el oído, por los dientes y por el cabello. Tienen además una particularidad que les es común con todas las otras naciones, y es que las partes sexuales de los hombres no son nunca mas que de un tamaño mediocre, y las de las mujeres son, por el contrario, muy anchas y sus grandes labios excesivamente inflados (1) (Se recuerda que cuando los españoles llegaron a estas regiones del país se les entregaban las mujeres con verdadero furor y contribuyeron mucho a facilitar la conquista. -C.A.W.-); sus nalgas son igualmente muy gruesas. Su fecundidad es inferior a la nuestra; porque habiendo examinado una gran cantidad de lista o catastros de poblados antiguos y modernos no he encontrado mas que un solo indio padre de diez hijos, no dando el término medio mas que cuatro individuos por familia, una con otra. El número de las mujeres es siempre mayor que el de hombres, en relación de 14 a 13.

Su cara es sombría, triste y abatida; hablan poco y siembre bajo, sin gritar no quejarse; su voz no es nunca ni gruesa ni sonora; jamás ríen a carcajadas, ni se ve nunca en su cara la expresión de una pasión. Son muy sucios; no reconocen ni divinidad, ni recompensas, ni leyes, ni castigos, ni obligaciones, y nunca miran a la cara de la persona con quien hablan. En sus amores y en sus casamientos hay aún más frialdad que en los que he descrito anteriormente. La unión de los sexos no es ni precedida ni seguida de ningún preparativo. Ignoran los celos; nada lo prueba mejor que la franqueza y el placer con que entregaron sus hijas y sus mujeres a los conquistadores, y aun hoy, aunque convertidos al cristianismo, hacen lo mismo (1). (<< A fin de que cada uno conozca al hijo de que es padre no resulte cargado con el sostén y la protección de una familia que no es la suya, el hombre exigirá fidelidad a su compañera y la castigará si ella le falta. No obstante, en un pueblo donde no existe la propiedad y donde el botín es repartido en común, los hijos pueden considerarse como alimentados también en común; además, durante los primeros años el alimento es demasiado grosero para el estómago delicado de los niños. La madre los cría hasta una edad avanzada, en que ellos tienen ya fuerza para ocuparse en el trabajo. Todos los cuidados y deberes paternales se reducen a protegerlos contra una sorpresa o un ataque imprevisto y prepararlos para la caza y la pesca. Así, no cayendo sobre el hombre, sino sobre su compañera, el trabajo principal que exige la educación de los niños, el hombre será poco celoso, dará poca importancia a la fidelidad que exige de ella, y él mismo ofrecerá su mujer a sus amigos y sus huéspedes>> - Essai sur l´Histoire de l´ espèce humaine, pág. 83 – C. A. W.- ). Las mujeres se casan muy jóvenes, ordinariamente a los diez o doce años; los hombres, un poco más tarde, y desde luego forman familia aparte.

Aunque yo no haya encontrado en los antiguos manuscritos ningún indicio de música ni de danza en los guaraníes, no obstante he observado lo contrario en uno de estos indios, que formaba parte de los que son libres aún hoy. En efecto , le vi echar granos de maíz en un porongo o calabaza vacía; los movía para hacerla sonar, y danzaba de una manera muy desgarbada, como no podía menos de resultar en un hombre que no hacía sino golpear el suelo con el pie, sin levantar éste mas a dos dedos de altura, y se acompañaba cantando en voz baja y sin pronunciar distintamente una sola palabra.

Cada división o cada horda tenía, como tiene aún hoy, su capitán o cacique, cuya dignidad es por lo común hereditaria y por el cual tienen generalmente cierta consideración, sin que puedan dar la razón de ella. Pero ni en la habitación, ni en el traje, ni por decorados o distintivos tienen estos caciques diferencia de los restantes indios, y están obligados a trabajar como los demás, sin recibir de ellos ni tributos, ni servicios, ni obediencia.

En algunas tribus, como son hoy salvajes y que llaman generalmente caayguás, los hombres llevan un barbote tal como yo lo he descrito antes. Pero es de goma transparente, de cinco pulgadas de largo y cuatro líneas de grueso, y para evitar que se caiga le ajustan por el interior de la boca una pieza que lo atraviesa y que se da la forma el puño de una muleta. En la cabeza llevan una gran tonsura semejante a la de los frailes, pero no se pintan el cuerpo ni tienen otro traje que una pequeña bolsa para esconder sus partes.

Las mujeres hacen otro tanto con un pequeño trozo de tela o con una piel; no se cortan los cabellos ni hacen uso de ningún adorno, pero en la época de su primera menstruación se trazan en la piel varias líneas azules indelebles que parten del nacimiento de los cabellos hasta una línea horizontal en que termina la parte inferior de la nariz. Como sus habitantes están alejadas unas a otras, y lo estaban más aún antes de la llegada de los europeos, y no tenían relación de comercio unos con otros, ha resultado, naturalmente, alguna diferencia en sus costumbres. En efecto, he sabido que varias de estas tribus no sabían el arte de hilar ni el de hacer telas; que los conocimientos de otras se limitan a fabricar mantas de algodón, en que se envuelven, como diré de los payaguas y mbayas; que algunas no tenían cementerios determinados y enterraban sus muertos en vasos de tierra cocida, lo que puede ser acaso uso general de esta nación; que ciertas hordas no hacían uso del barbote, porque las relaciones antiguas no hablan de él; que la tribu llamada timbu se incrustaba a los lados de la nariz pequeñas estrellas de piedras blancas y azules; y que aquellas que se llamaban coronda y culchaqui llevan estas incrustaciones de piedras no en la nariz misma, sino junto a ella.

Todas las otras naciones les inspiraban un terror pánico; nunca les hacían la guerra, ni trataban con ellas, ni aun para pedir la paz. Evitan siempre su presencia, y dudo de que diez o doce guaraníes reunidos osasen hacer frente a un solo indio de las otras naciones que he descrito o de aquellas que me falta describir. Cualquier elogio que los jesuitas hayan hecho de sus cualidades guerreras no tiene a su favor más pruebas que dos o tres combates, poco vivos, con los españoles, y nosotros hemos visto a éstos sojuzgarlos y someterlos en todas partes con la mayor facilidad, lo que no han podido al presente conseguir de ninguna otra nación. En efecto, todas nuestras aldeas indias por otra parte están formadas de guaraníes, con exclusión de cualquiera otra nación. Aquellas hordas que existen aún en estado salvaje, a excepción de la que se encuentra al norte de la aldea de El Corpus, no quieren tener ni comunicación ni paz con los españoles. Si entramos en el interior de su país, procuran matar a alguno a flechazos, y para disparar se ocultan detrás de los árboles, sin mostrar el cuerpo y sin esperar a pie firme que se los ataque. Sus armas son un arco de seis pies, flechas de cuatro y medio, con punta de madera dura, y una macana o bastón de tres pies de largo y más grueso en un extremo que en otro. Van siempre a pie, porque no tienen caballo ni ningún otro animal doméstico. Las antiguas relaciones dicen que tenían y que criaban pollos y patos; pero no lo creo, porque ni los guaraníes salvajes ni ninguna otra nación los tienen hoy, y los que poseen algunos animales domésticos ni tienen sino perros y caballos y alguna vez, muy rara, ovejas.

Las pinturas y las estatuas dan una idea bastante exacta de las flechas de estas naciones y de la manera de tirarlas, pero no de sus arcos. Se reducen a un palo muy duro, poco flexible, liso y del grueso del puño en el medio, que va luego disminuyendo hasta los dos extremos, que son muy agudos, de manera que pueden servir de lanza. La curvatura de este palo es tan poco sensible que una regla aplicada a los dos extremos deja a lo más dos dedos de de intervalo entre ella y el medio del arco. Este arco está reforzado en toda su longitud por bandas de corteza de guembe (véase el cap. V) arrolladas como la cinta de la coleta de un soldado. Nunca se arma el arco mas que en el momento de usarlo, porque se limitan a amarrar sólidamente la cuerda a uno de sus extremos y arrollarla allí. Para tirar se amarra esta cuerda al otro extremo, medianamente tensa, se clava ligeramente en tierra la punta del arco, con ayuda del pie, y entonces se tiende cuanto es posible, y sabido es cómo estos salvajes apuntan y tiran. Como las flechas son muy largas, ninguna nación hace uso de carcaj, excepto los charrúas y los minuanes, cuyas flechas son cortas, así como sus arcos, para poder servirse de ellas a caballo.

Los niños que se divierten en la caza de las aves y animales pequeños emplean otro arco, de forma bien diferente, más débil, de una madera más flexible y más elástica, más encorvado y de tres pies aproximadamente de longitud. Le ponen dos cuerdas, que sostienen separadas paralelamente, al menos a una pulgada de distancia, por medio de dos palitos terminados en horquilla, por los cuales hacen pasar los extremos de cada cuerda. Hacia el medio de las dos cuerdas hay una pequeña red de guita o bramante que está amarrada a ellas, y que sirve para colocar el bodoque, que es una bola de arcilla, cocida al fuego y del grueso de una nuez. Llevan consigo una bolsa llena de bodoques; cogen cuatro o cinco con la mano izquierda mientras tienen en arco en la derecha, los colocan uno tras otro en la red y en seguida tienden el arco y lanzan todas esas bolas de una vez contra los pájaros que vuelan, hasta a la distancia de cuarenta pasos, y matan muchos; pero no hacen uso de este arco para tirar flechas ni para combatir, aunque una de estas balas pueda partir una pierna a treinta pasos. Es necesario práctica para inclinar un poco el arco, a fin de que el bodoque no coja a la mano derecha; por esto se coloca la red más allá del medio de las cuerdas. Si los niños de Europa aprendieran este ejercicio no habría tantos gorriones.

No debo omitir lo que me dijo un cura con quien viajaba: <> Al instante vi la prueba, y pensé que los guaraníes, y acaso todos los indios, tengan el cuerpo específicamente menos pesado que nosotros (1) (Esto no sería suficiente para que pudieran nadar naturalmente sin haber aprendido; para ello haría falta que fueran específicamente menos pesados que el agua. En efecto, los perros otros cuadrúpedos que son específicamente más pesados que el agua nadan naturalmente porque la posición de su cuerpo debe continuar siendo la misma en el agua que en tierra y porque para ellos el movimiento más favorable para nadar es precisamente el mismo que ejecutan andando o corriendo. No sucede lo mismo con el hombre, que es bípedo y se ahoga si no hace otros movimientos para sostenerse en el agua distintos de los que ejecuta marchando o corriendo. Resulta que es indispensable que todo hombre se ejercite y aprenda, sea por tanteos o ensayos frecuentes y repetidos, sea por una instrucción positiva, hasta llegar a hacer los movimientos necesarios para llegar a adquirir la facultad de dirigirse y sostenerse en el agua, facultad que no tiene naturalmente. Pienso, por tanto, que el guaraní del cura había más de una vez, sin que éste lo supiera, abandonado la parroquia. El levantarse y sostenerse, ya un miembro, ya el cuerpo entero, cuando se agita, se mueve o balancea en el agua, juntamente con el ejemplo de ciertos cuadrúpedos, hace creer a muchas personas que el temor solo de un elemento a que no se está acostumbrado es la única causa que impide al hombre nadar naturalmente. Éste es un prejuicio que ha costado la vida a muchas personas. No recuerdo, sin embargo, que se haya intentado combatirlo: ¡dichoso sería yo si estas pocas líneas pudieran disuadir a algunos de los que las lean! También, para añadir la autoridad de la experiencia a las demostraciones de la teoría, yo no creo inútil decir que el autor de esta nota es él mismo un experto nadador. –C. A. W. -)

No he visto mas que dos indios de la raza de los que vivían bajo el imperio del inca del Perú; pero si tuviera que compararlos con los guaraníes diría que estos me parecen ser de una talla igual o aun superior, que su color es más fuerte y más romero que el de los peruanos, cuya cara encuentro menos cuadrada, menos carnosa, más estrecha en su parte inferior y más espiritual. Comparar los peruanos con las naciones salvajes del Paraguay y del Río de la Plata sería establecer un paralelo entre el abatimiento del cuerpo y del espíritu con la elegancia, la grandeza, la fuerza, la bravura, la arrogancia y el orgullo.

TUPYS. - Esta nación de indios salvajes estaba y está aun rodeada por todas partes por los indios guaraníes y no puedo concebir como ha podido quedar así enclavada. Vive en los bosques, entre los poblados jesuitas de San Javier y Santo Ángel. Aunque ignoro hasta dónde se extiende del lado del este y del norte, yo sé que habita la orilla oriental del Uruguay desde San Javier hasta el 27º 23´ de latitud y que no se extiende al poniente de este río.

Se han mostrado con frecuencia estos indios, dando grandes gritos, desde la orilla que está frente a San Javier; y en otras ocasiones han atacado las habitaciones de los guaraníes de estos dos poblados y sus pastos, así como también a los comisionados para la demarcación de límites, matando a algunos de dichos comisionados. Estos ataques han inspirado a los guaraníes un terror pánico, y cuando yo estuve en aquel país las noticias que me dieron estaban dictadas por el miedo. Me dijeron que llevaban una vida errante y que no dormían dos días seguidos en el mismo sitio; que no hablaban y que ladraban lo mismo que los perros; que tenían el labio inferior enteramente cortado de alto abajo; que eran antropófagos, y que dos de estos salvajes, que habían cogido en dos diferentes ocasiones, se habían dejado morir sin querer ni comer ni hablar.

Los diferentes manuscritos de los jesuitas que yo he leído los llaman caribes y dicen otro tanto más. Uno de estos manuscritos expone que viven en lo alto de los árboles, en nidos o especie de jaulas, como las aves; pero no creo nada de todo esto y tengo más confianza en las noticias siguientes, que me ha comunicado D. Francisco Gonzáles, administrador del poblado de la Concepción.

En enero de 1800 un destacamento de cerca de doscientos tupys, perseguido por otra nación que me es por completo desconocida, salió de los bosques donde he dicho que habita, y pasó el Uruguay, que estaba entonces muy bajo, aprovechando un arrecife donde había muy poco agua, entre la Concepción y Santa María la Mayor. Los tupys continuaron su ruta por las alturas de los Mártires, hacia el Norte, hasta el poblado de los guaraníes, que se había comenzado a doce leguas por encima del poblado de Corpus, y llamado San Francisco de Paula; lo destruyeron, lo quemaron, mataron mucha gente y huyeron a los bosques.

Los guaraníes de los poblados vecinos se alarmaron y marcharon en persecución de los tupys, dirigidos por los españoles. En su marcha observaron que habiendo muerto un tupy adulto se le había cavado una fosa poco profunda, cuyo fondo estaba cubierto de hojas de palmera. El cadáver se hallaba cubierto igualmente y no habían echado tierra encima. Fuera de la tumba habían colocado el arco, las flechas y la maza del muerto, y habían puesto, en los cuatro ángulos, cuatro perros amarrados por las cuatro patas y sujeto a gruesas estacas. Estos perros habían muerto cuando se descubrió la tumba. Los guaraníes no osaban nunca atacar a los tupys; pero como éstos se dispersaban para buscar su alimento, cogieron algunos muchachos y varias mujeres. No se tuvo gran cuidado en la guarda de los prisioneros, y todos se escaparon a excepción de una muchacha de doce años y otra de diez y ocho, que el mismo Gonzáles se llevó consigo y que se le escaparon después para volver a los bosques.

Al principio estaban muy amables y abrazaban a todas las mujeres. Cuando entraron en la casa cogían todos los vestidos que encontraban a mano y se los ponían, sin saber casi nunca la manera de hacerlo. Se bañaban dos y aun tres veces al día, y en ocasiones bailaban solas. Se podía hablar y escribir su lenguaje sin dificultad, porque no tenía ni sonidos nasales ni guturales. He aquí lo que se ha podido comprender de lo que decían: Su nación conocía la agricultura, y sembraban maíz, calabazas, batatas, yuca o cazabe, judías, etc. Viven sedentarios, menos cuando van a la busca de miel silvestre y de frutos, esperando el tiempo de la recolección y de las siembras; hacen pan de maíz y de manioc, que llaman eme. Sus chozas están cubiertas de hojas de palmera; hacen con el caraguata (véase el capítulo V) telas que las mujeres se sirven para cubrirse la cintura; los hombres van enteramente desnudos, a excepción de algunos que llevan un tipoy, o camiseta corta, estrecha, sin cuello ni mangas y de la misma tela.

No se trazan ninguna pintura sobre el cuerpo; los hombres llevan una especie de tonsura semejante a la de los monjes, y las mujeres se cortan el cabello por detrás a la altura del hombro y por delante a la mitad de la frente; sobre los lados los cortan en escalones. Llevan al cuello muchos collares de pequeños trozos de conchas, redondos y planos; algunos de estos collares les bajan hasta el seno. Se arrancan, así como los hombres, las pestañas, las cejas y todo el pelo del cuerpo. Estos indios no están en paz con nadie; hacen constantemente la guerra y no perdonan ni sexo ni edad. Tienen arcos de seis pies y flechas de cuatro y medio, armadas de un hueso o de un guijarro, y un bastón corto más grueso en un extremo que en otro. También tienen hachas de piedra, y yo he visto una con la cual me parece imposible cortar nada. Llevan sobre el hombro un canasto de caña perfectamente fabricado, que se sujeta a la frente por medio de una cuerda; yo lo he visto, y se sirven de él para meter los frutos y todo lo que encuentran. Su color es un poco más claro que el de los guaraníes; su talla no es mucho mayor; sus rasgos son bastante más bellos; su fisonomía, manifiestamente más alegre, más abierta y más espiritual. Las dos muchachas prisioneras de que he hablado no quisieron nunca dormir solas; querían tener consigo a un guaraní; lo buscaban con gran empeño, y se mostraban furiosas contra el que pretendía ponerles algún obstáculo.

NUARA. - Ésta era una nación como las dos precedentes; estaba rodeada por los guaraníes, y los portugueses se la llevaron toda entera, para vender a sus individuos, como esclavos, en el Brasil. En tiempos de la conquista vivía en el país llamado las llanuras de Xerez y era bastante numerosa. La talla de los individuos era superior a la de los guaraníes; vivía de la agricultura; su lenguaje difería de todos los otros, y era de un carácter tranquilo, pacífico y amable. He aquí lo que encuentro en los antiguos manuscritos originales, en los que tengo más confianza que en el poema de Barco Centenera, que los llama impropiamente guaraníes y los supone una nación guerrera.

NALICUEGAS. - Debo todas las noticias que puedo dar sobre esta nación a los indios salvajes llamados mbayás, que son los únicos que la han visto. Dicen que reside hacia los 21º de latitud, a dos jornadas al este de las llanuras de Xerez; que tiene un lenguaje particular diferente de los que ellos conocen ; que se reduce a un corto número de familias; que vive bajo tierra, en cavernas; que los dos sexos andan enteramente desnudos y que no adoran ningún dios; que son excesivamente cobardes y pusilánimes; que tienen arcos y flechas, de que sirven para defenderse, sin salir de sus cavernas; que cultivan la tierra y viven de maíz, judías, batatas, calabazas y cazabe.

GUASARAPO. - Conservo a esta nación el nombre con que fue conocida por los primeros conquistadores, y lo prefiero al de guachié que le han dado los habitantes del Paraguay, a imitación de los mbayás, que los llaman así jamás ha cambiado de domicilio y habita terrenos inundados o lagunas que están en el interior de las tierras, y de donde sale el río Guasarapo o Guachié, que se reúne por el lado del este al río Paraguay a los 19º 46´30´´ de latitud. Tienen algunas canoas semejantes a las de los payaguas. Se sirven de ellas para pasar de su río al del Paraguay cuando quieren comunicar con los mbayás, sus íntimos y antiguos aliados. Navegando de este modo fue como encontraron y mataron en otro tiempo a varios españoles que navegaban por el Paraguay.

Como su domicilio es inaccesible por tierra y por agua no es posible aproximarse mas que a la tierra de gastos, trabajos y peligros, no se conoce esta nación mas que por las noticias de los mbayás, con los cuales se ve alguno de tiempo en tiempo. Dicen que su lenguaje es diferente de todos los otros. Su talla media me parece ser de cinco pies y seis pulgadas; son muy bien proporcionados y su color es semejante al de los guaraníes. Llevan la cabeza descubierta y los hombres no llevan vestido alguno, como no sea comprado a los mbayás o ganado en la guerra. Se asegura que las mujeres están en el mismo caso. Todos se cortan el cabello tan de raíz que se diría que se lo afeitan. Además carecen de barba y se arrancan las pestañas de ambos párpados, las cejas y el poco pelo que tienen, sin dejarlo renacer. Los hombres lleva barbote (véase CHARRÚAS). No tienen religión, ni leyes, ni costumbres obligatorias, ni caciques, ni jefes.

La nación entera no reúne apenas sesenta guerreros. No conocen ni animales domésticos, ni agricultura, ni caza. Viven del arroz silvestre que producen sus lagunas y del pescado, que matan a flechazos y que pescan con anzuelos de madera, y aun de hierro, cuando pueden proporcionárselo de los mbayás, que los obtienen de nosotros y de los portugueses, porque estos indios guasarapos no tienen ninguna comunicación directa con nosotros. Sus armas son flechas y bastones o macanas, especie de maza. Nunca hacen solos la guerra, a causa de su poca población; pero como son vigorosos y llenos de orgullo y valor, los mbayás los encuentran siempre dispuestos a seguirlos al menor aviso para atacar a la nación ninaquiguila y nuestros poblados de la provincia de Chiquitos.

GUATOS. - Esta nación vivía en el tiempo de la conquista, como hoy, en una laguna llamada, según creo, por los jesuitas Laguna de la Cruz. Comunicaba ésta hacia poniente con el río Paraguay bajo el paralelo 19º 12´. Nadie ha visto de cerca de estos indios y ellos jamás han comunicado con nadie. Se cree que la nación, tomada en conjunto, no pasa de treinta hombres adultos, y acaso ni doce; que tiene un lenguaje particular, y que no conocen ni divinidad, ni leyes, ni jefes. Lo que hay de indudable es que no salen jamás de su laguna y que navegan por ellas en canoas muy pequeñas, dos a dos, probablemente marido y mujer; que tan ponto como perciben a lo lejos a cualquiera huyen y se ocultan entre los juncos, de suerte que están tan unidos a su laguna como una ostra a su roca. ¿Qué ideas tendrán? Sobre eso no se pueden hacer mas que hipótesis más o menos verosímiles. Parece evidente que son poco fecundos, pues en trescientos años no han aumentado ni disminuido.

AGUITEQUEDICHAGAS. - Tal es el nombre que dan a esta nación los indios mbayás, que son los únicos que la han visto. En efecto, por mucho deseo que yo tuviera de observar por mí mismo esta tribu, y aunque habita nuestro territorio, los portugueses me lo han impedido, porque a pesar de las estipulaciones expresas de los tratados se han establecido últimamente al poniente del río Paraguay y no nos dejan navegar por su parte superior. No podré, pues, decir de esta nación mas que lo que me han contado los mbayás. Creo que es la única que resta de los antiguos cacocys, que los primeros conquistadores llamaron también orejones. Habita la mayor de las pequeñas montañas del país, llamada por los antiguos Santa Lucía y por los modernos San Fernando, entre los 18 y 19º de latitud Oeste y cerca del río Paraguay. Su número es tan pequeño que no llega acaso a cincuenta guerreros. Las chozas son en todo semejantes a las de los pampas, excepto en que no las cubren de pieles, sino de paja. Como están estacionarios en un país donde no puede haber mucha caza y se hallan alejados de los ríos, subsisten del cultivo del maíz, cazabe, batatas, calabazas y mani o mandubi (cacahuet). Su lenguaje es muy diferente del de los mbayás; y aunque su color se asemeja bastante al de los guaraníes, su talla es mayor. No hacen la guerra a nadie, pero tienen para su defensa arcos, flechas y palos. Van enteramente desnudos. Se distinguen los hombres por las piedrecitas de diferentes colores que llevan en las orejas y lados de la nariz. Las mujeres se reconocen por las orejas, que les cuelgan hasta los hombros. Para este efecto se las perforan y ensanchan sucesivamente el agujero durante toda la vida metiéndose trozos de madera redondeados y cuyo grueso aumenta gradualmente, como lo diré de los lenguas. A veces van al río Paraguay para bañarse y quizá pescar.

NINAQUIGUILAS. - Los portugueses no me han permitido tampoco ir a reconocer esta nación, así llamada por los mbayás. Nuestros indios de la provincia de Chiquitos creo que les dan el nombre de potoreras. Según los mbayás, habita el interior de un gran bosque que, comenzando hacia el 19º de latitud, a algunas leguas de distancia del río Paraguay, penetra mucho al oessudueste en el Chaco y separa por la parte sur la provincia de los Chiquitos del país ocupado por los guanás y los mbayás; está dividida en varias hordas, que nunca salen del bosque. Los mbayás tienen algunas relaciones de amistad con los más meridionales, en tanto que están en guerra con las del Norte. Se me asegura que estos indios se parecen a los otros en que no reconocen ni divinidad, ni leyes, ni jefes, y tienen un idioma diferente de todos los demás. Por la talla y el color me dicen que se asemejan a los guaraníes; que son muy numerosos; que no hacen nunca la guerra y saben defenderse mas que débilmente; que usan arcos, flechas y palos; que no se arrancan ni las cejas, ni las pestañas, ni el pelo, y no se cortan los cabellos; que las mujeres hacen con el caraguatá mantas para envolverse, y que llevan al cuello collares de judías de hermoso color; por último, que aunque los hombres vayan de ordinario desnudos por completo, algunos, no obstante, llevan una manta para envolverse, y se adornan la cabeza con coronas de plumas.

GUANÁS.- Así llaman los habitantes del Paraguay a una nación de indios; pero los lenguas, los machicuys y los enimagas les dan los nombres de apianeé, de sologua y de chané. Además reconocen en esta nación ocho hordas diferentes, llamadas layana, ethelenoé o quiniquinao, chabaraná o choroaná, o tchoaladi, caynaconoé, nigotisibué, yunaeno, tay y yamoco. Tales son los nombres que les dan los indios salvajes que viven en los alrededores, cuando se les hacen preguntas referentes a los guanás; y si se les pegunta si por que no saben lo que es una nación y creen que cada horda forma una nación distinta. En consecuencia, os indican la habitación de cada horda, y de ahí procede que da la sola nación de los guanás se haga una multitud que figura en las cartas; esto es lo que sucede con todas las naciones y esto es lo que hace que se las multiplique tanto en las relaciones, las historias y las cartas. Estas naciones y sus divisiones cambian de nombre con el tiempo, y cuando se quieren hacer informaciones con respecto a ellas se encuentran siempre nuevas, sin saberse que las antiguas hayan desaparecido; de manera que en las cartas del Chaco levantadas por los jesuitas apenas hay espacio para escribir el nombre de un número tan considerable de naciones. Estos son otros tantos errores que corregir, porque yo no tengo duda de que del río de la Plata hacia el Norte no hay otras naciones que las que voy a describir, y por tanto solo quedarán por determinar aquellas que existan al sur y al oeste de los indios pampas.

Guaná significa en su lengua hombre o macho; así, parece muy mal aplicado a una nación; pero con este nombre es conocida en el Paraguay. Al tiempo de la llegada de los primeros españoles habitaba el Chaco, entre los 20 y 22º de latitud. Allí permaneció hasta 1673, en que una gran parte de la nación fue a establecer al este del río del Paraguay, al norte del trópico, en el país que se llamaba entonces la provincia de Itati; luego se ha extendido hacia el Sur. En este tiempo los españoles la dividían en seis hordas principales. La Layana o Eguaacchigo habita hoy hacia el 24º de latitud, al norte del río Jesuy, en paraje llamado Lima, y está compuesto de cerca de mil ochocientos salvajes. La Chabaraná o Tchoaladi acaba de colocarse a los 26º11´ de latitud, en el territorio de la aldea de Caazapá, y puede tener dos millas indias. La Quiniquinao, que tiene cerca tiene cerca de 600, está dividida: una parte ocupa el Chaco hacia el 21º 56´ de latitud, a ocho leguas del río Paraguay, y el resto se ha incorporado con los mbayás. La Ethelenoé puede tener tres mil individuos; una parte vive en el Chaco, cerca de los quiniquinao, y la otra al este del río Paraguay, bajo el paralelo 21º, sobre una cadena de pequeñas montañas que llaman Echatiyá, al este de otra que se llama Nogoná. La horda llamada Niguecactemic está compuesta apenas de trescientos salvajes, con tres caciques, y habita un día de marcha a poniente del río Paraguay, hacia el 21º 32´ de latitud; está dividida en cuatro pueblos. La última es la Choroaná, que puede estar compuesta de seiscientas personas; está incorporada a los mbayás y vive con ellos, al este del río Paraguay, sobre alturas situadas hacia el 21º.

Algunas personas hacen ascender a veinte mil almas el número de los guanás; en cuanto a mí, considero como más exacto el cálculo que he hecho, y cuyo resultado no da más que ocho mil trescientos. Según este cálculo, es aún la nación más poderosa de esta región, a excepción de los guaraníes, y es también la menos salvaje. Cada horda forma con sus casas una plaza cuadrada más o menos grande, según el número de indios. El plano topográfico de cada casa se reduce a dos líneas paralelas, ramas de árboles, que encorvan, y añadiéndoles otras, que amarran fuertemente por sus extremos, constituye el conjunto una serie de arcos, a un pie de distancia unos de otros; amarran en seguida otras ramas horizontalmente, cruzando estos arcos a la misma distancia, es decir, a un pie, y recubren el total con paja larga que reúnen en los campos y que amarran fuertemente a las ramas; todo lo cual forma una bóveda cilíndrica que se extiende de una de las líneas paralelas a la otra. Cierran los extremos con ramas de manera que formen una bóveda cónica en cada uno, y que ellos reúnen a la otra, la cual, como acabamos de decir, es cilíndrica.

No tiene otro muro que esta bóveda ni más abertura que la puerta, y sin embargo estas casas sirven a doce familias, las cuales se acomodan dentro sin tabiques ni separación. Barren sus casas diariamente, y en esto difieren de los otros indios, así como por su costumbre de acostarse en camas y no en pieles tendidas en el suelo. Construyen estas camas plantando en tierra cuatro palos terminados en horquilla, sobre los cuales ponen otros cuatro, que amarran para servir de armazón de la cama; encima ponen ramas atravesadas y pieles, que cubren de paja.

Su lenguaje es diferente del de todos los demás y muy difícil, a causa de su pronunciación nasal y gutural. Su talla me parece variar más de la de las otras naciones y su media me parece ser de cinco pies y cuatro pulgadas; pero son derechos y bien proporcionados, como todos los indios, entre los cuales no he visto nunca ni un hombre contrahecho ni un jorobado. Se parecen también a los otros por su fisonomía grave, en que no se descubre la expresión de pasión ninguna, por lo flemático de su manera de obrar, por su color, la fuerza de su vista y de su oído y la blancura y duración de sus dientes; por sus cabellos negros, gruesos y largos; por la rareza del pelo y la falta de barba; por la pequeñez del pie y de la mano y lo gruesos que son el seno y las nalgas; por las pequeñas proporciones de las partes sexuales de los hombres, bien diferentes de las mujeres en este respecto, y por la escasa menstruación de estas últimas; por su tono de voz, que es siempre bajo y nunca fuerte ni sonoro, por lo cual jamás se les oyen gritos, ni llantos, ni risa a carcajadas, y no conocen juegos, danzas, ni canciones ni instrumentos de música.

Tampoco conocen recompensas, ni castigos, ni religión, ni leyes obligatorias. Pero como tratan mucho a los españoles y éstos les hablan de cristianismo, de recompensas y penas futuras, su respuesta ordinaria cuando se los interroga en este sentido es decir que hay un principio o cosa material y corporal y que está no se sabe donde, y que recompensa a los buenos y castiga a los malos, pero que recompensa siempre a los guanás porque es imposible que sean malos ni hagan el mal. Yo creo que el pequeño número de estos salvajes que se expresan así ha obtenido el fondo de estas ideas de los españoles, porque no hay un solo guaná que adore a la divinidad y que la reconozca, exterior ni interiormente. También son las partes interesadas las que resuelven entre sí sus diferencias, y las deciden a puñetazos en último extremo. Parecen también entretenerse charlando unos con otros un poco, y aunque rara vez se reúnen para hablar.

Reciben con mucha hostilidad a los viajeros, sean quienes sean, los alojan, les dan de comer y los acompañan hasta el poblado a donde desean ir. Tienen un pequeño número de caballos, de vacas y de ovejas y viven de la agricultura. Cultivan las mismas plantas que los españoles en Paraguay. Se arrancan, durante toda su vida, las cejas, la pestañas y el pelo y llevan el barbote como los charrúas. Se cortan el cabello a la mitad de la frente y se afeitan en forma en forma de media luna por encima de las orejas, dejando colgar en libertad el resto de sus cabellos. Algunos se afeitan la mitad anterior de la cabeza otros la afeitan toda entera, a excepción de un penacho que conservan en la parte superior, como los mahometanos. Sus pinturas, sus adornos y sus trajes se asemejan a los de los payaguás, de que hablaré luego. Los hombres, que pasan mucho tiempo entre los españoles, se visten ordinariamente como éstos, es decir, que llevan el sombrero, un poncho y hasta calzones blancos.

Todas las ceremonias del casamiento se reducen a un pequeño presente que el novio hace a su pretendida; pero debe previamente pedirla al padre, que lo concede sin dificultad porque no conocen la desigualdad de clases. Aparte de esto, ninguna mujer consiente en casarse sin haber hecho previamente estipulaciones muy detalladas con su pretendiente y con su padre y familia a los respectos del género de vida recíproco, que no es igual en los matrimonios. Se trata ordinariamente de saber si la mujer fabricará mantas para el marido; si le ayudará, y de qué manera, a construir la casa y cuidar la tierra; si irá a buscar leña; si preparará todos los alimentos o solo las legumbres; si el marido no tendrá mas que una mujer o si la mujer tendrá varios maridos, y cuántos; y en este último caso, cuántas noches pasarán juntos; en fin, ellas piden explicaciones aun de los menores detalles. Pero a pesar de todo esto el divorcio es libre a los dos sexos, como todos los demás, y las mujeres son muy inteligentes y consideradas.

Esto dimana de que su número es mucho menor que el de los hombres. Esta desigualdad no procede de la Naturaleza; es obra de las mismas mujeres, acostumbradas a la acción más bárbara que pueda hacerse ni aun imaginarse. Matan a la mayor parte de las niñas que dan a luz. Para este efecto, apenas sienten los dolores del parto, se van solas al campo, y realizando el alumbramiento hacen un agujero en el suelo y entierran vivo al recién nacido, volviéndose tranquilamente a su casa. Ha ocurrido con frecuencia que los españoles ofrecieran a las mujeres encinta dinero, alhajas, etc., para que les entregaran los niños, o al menos que no los mataran; pero nunca han consentido y, por el contrario, siempre han tomado el mayor número posible de precauciones necesarias para realizar su propósito lo más secretamente posible y sin obstáculo. No todas las mujeres son culpables de tan bárbara acción; pero es más frecuente en la mayoría de ellas. Aun las mismas que siguen la costumbre no matan a todos sus hijos, sino que crían a la mitad o más, pero teniendo siempre cuidado de conservar más varones que hembras. Esto dicen ellas que es para que se busque con empeño a las mujeres y hacerlas así más dichosas.

Esto es lo que sucede, porque la que tarda más en casarse lo efectúa a los nueve años, mientras que los hombres permanecen solteros hasta los veinte o más, porque hasta entonces es raro que tengan bastante habilidad para disputar la victoria a sus concurrentes. Las mujeres, por su lado, no dejan de encender las rivalidades entre los hombres con una redoblada limpieza, amabilidad y coquetería desconocida en las otras naciones. Así resulta que los hombres son menos sucios, tienen más cuidado en su adorno y a veces se raptan mutuamente las mujeres y se escapan con ellas. Sucede también, naturalmente, que las mujeres son más orgullosas, que son inclinadas al divorcio y al adulterio y que los hombres son celosos. Aunque la mujer adúltera no incurre en ninguna pena, es muy común ver al marido engañado reunir algunos amigos y parientes para que le ayuden a dar al galán una gran paliza, que muchas veces le cuesta la vida. Por lo demás, la poligamia es bastante rara en esta nación, así como en las otras.

Cada horda o división de guanás tiene varios caciques o capitanes hereditarios, y cada uno posee un cierto número de indios que dependen de él, siendo la costumbre considerar como súbditos de los hijos del cacique, y no de su padre, a todos los que nacen algunas lunas antes o después de este hijo. Entre estos caciques hay uno al que se considera más distinguido, pero ni él ni los otros difieren del último de los indios ni por sus adornos, ni por sus trajes, ni por su casa, y está obligado a trabajar para vivir porque nadie le sirve. Él no da ninguna orden, pero parece que en las asambleas nocturnas, en que se reúnen para tratar de los asuntos comunes, ejerce más influencia que los demás, y en general se le tiene alguna consideración. La plaza de cacique es hereditaria en el hijo mayor, y las mujeres suceden a falta de varones. Pero también a veces un indio cualquiera resulta cacique cuando por sus méritos lo reconocen así los demás, que entonces abandonan al antiguo, porque su libertad se extiende hasta ello y es uso corriente en todas las naciones.

En la época de la primera llegada de los españoles los guanás acudían, como hoy, a reunirse en tropas con los mbayás para obedecerlos y servirlos y cultivar sus tierras sin ningún salario. De aquí procede que los mbayás los llamen siempre sus esclavos. Es verdad que se trata de una esclavitud muy dulce, porque el guaná se somete voluntariamente y la deja cuando le apetece. Además, sus dueños les dan bien pocas órdenes, no emplean jamás tono imperioso ni obligatorio y reparten todo con los guanás, hasta los placeres carnales, porque los mbayás no son celosos. Yo he visto a un mbayá que tenía frío buscar una manta para envolverse; pero como viera que un guaná su esclavo la había cogido antes que él con el mismo objeto, no se la quitó ni le manifestó siquiera que la deseaba.

Se ve diariamente descender al Paraguay tropas de cincuenta y cien guanás para alquilarse a los españoles en calidad de agricultores, y aun de marineros, pues llegan hasta Buenos Aires. Trabajan con mucha flema, y para que no los obliguen prefieren trabajar por tareas. Cuando entran en territorio español dejan sus armas en el primer juzgado que encuentran, para recogerlas al regreso. Algunos de ellos se casan con indias o negras de las habitaciones españolas, donde se fijan para siempre y se hacen cristianos. Otros se construyen una cabaña en territorio español; allí viven de la agricultura, como todos los demás, hasta que se aburren y o se van a otra parte o se vuelven a su país. Este último partido es el que toman ordinariamente las tropas de guanás, al cabo de uno o dos años, llevando lo que ha ganado, es decir, ropas y utensilios de hierro. Un cacique viene a veces para comprometerlos a regresar o les envía alguno para hacerles la proposición en su nombre. En estos viajes no llevan casi nunca a las mujeres, porque son raras entre ellos y no quieren viajar si no es a caballo y con otras comodidades que pocos indios pueden procurarles. Tampoco llevan a los niños consigo, porque no habría casi ninguno que pudiera seguirlos en tan largo viaje, donde casi siempre van a pie, sin otra provisión que las piezas que les proporciona la caza.

Aunque no ejercen autoridad alguna sobre sus hijos, que no hacen ninguna especie de trabajo hasta la época de su casamiento, se observa, no obstante, que suelen echarles grandes reprimendas, acompañadas de bofetadas, para poner freno a sus impertinencias o a sus excesos. Cuando estos niños llegan a la edad de ocho años próximamente celebran una fiesta muy singular: se van por la mañana muy temprano al campo y regresan de noche a su habitación, en ayunas, en procesión y en el mayor silencio; se tiene preparado con que calentarles bien las espaldas; en seguida algunas viejas les pinchan y atraviesan los brazos con un hueso puntiagudo. Estos niños sufren tamaña crueldad sin llorar ni dar la menor muestra de sensibilidad. Esto hecho, sus madres terminan la escena dándoles maíz y judías cocidos en agua.

Los hombres hechos tienen también sus fiestas con ocasión del nacimiento de un hijo, de la primera menstruación de una hija, de cualquier cosa o por capricho. Estas fiestas no merecen tal nombre porque se reducen a emborracharse, privilegio reservado a los hombres hechos y de que no participan los adolescentes, ni los hombres no casados, ni las mujeres. Pero además cada habitación entera celebra una vez al año una fiesta solemne que describiré al tratar de los indios payaguás.

Los guanás tienen también sus médicos, que los curan como los de los charrúas; pero no son hombres los que ejercen esta profesión. Está reservada a las viejas, que chupan el estómago de los enfermos. Parece que estos indios no tienen tanto horror a los muertos como las otras naciones, pues los entierran a las puertas de sus casas para recordar, dicen ellos, la memoria, y cada familia no deja de llorar a los suyos, sobre todo si era un cacique o un hombre de reputación.

Sus armas son arcos, flechas y bastones o macanas; pero los que tienen caballo hacen también uso de una lanza muy larga. Su sistema político es estar en paz con todas las naciones y no hacer nunca guerra ofensiva; pero si se los insulta combaten y se defienden con mucho valor. Matan a todos los hombres de más de doce años, pero conservan y adoptan los niños y las mujeres, como he dicho hablando de los charrúas.

MBAYÁS.- Los indios machicuys y los enimagas llaman a esta nación tajuanich y guaiquilet. A la llegada de los españoles los mbayás habitaban el Chaco entre los 20 y 22º de latitud, divididos en un gran número de hordas o habitaciones. Había desde luego entre ellos muchos guanás, que les servían voluntariamente, como he dicho antes, y lo mismo sucede aún hoy. En 1661 los mbayás pasaron al este del río Paraguay y atacaron al pueblo de guaraníes llamado Santa María de la Fe, situado a los 22º 5´ de latitud, cerca de este río, y que estaba bajo la dirección de los jesuitas. Mataron a multitud de indios y obligaron a emigrar a los otros. Continuaron en seguida sus expediciones hacia el Este y destruyeron la ciudad española de Xerez. Muchos de ellos no volvieron al Chaco, estableciéndose al oriente del río Paraguay. En 1672 descubrieron la aldea de Pitun o Ipané; se aproximaron de noche y algunos lograron atravesar el foso estrecho que la rodea haciendo un puente con sus lanzas; pero viendo que los habitantes los habían oído, se retiraron llevándose algunos caballos viejos que encontraron pastando en la llanura. Estos fueron los primeros que tuvieron, y como les agradaban mucho, volvieron al cabo de pocos meses y lograron llevarse muchos más, con varias yeguas. Estos éxitos les hicieron resolver la entera destrucción de la misma aldea de Ipané, así como la de Guarambaré, que estaba próxima. Marcharon contra ellas en diciembre de 1673; pero no faltó quien previniera a los habitantes del peligro que los amenazaba, y se escaparon hacia la capital del Paraguay, y con ellos los habitantes de Atirá.

De este modo los mbayá quedaron dueños absolutos de la provincia de Itati, que comenzaba hacia el 27º 7´ de latitud, en el río Jesuy, y se prolongaba en toda su anchura hacia el Norte hasta el lago de los Xarayes, sin pasar al oeste del río Paraguay. Resultó que los mbayás dieron diferentes nombres al país; por ejemplo, llaman hoy Appa y Aquidaban a los ríos conocidos antiguamente con los nombres de Corrientes y de Piray; Agaguigo, al distrito nombrado en otro tiempo Pitun, Piray e Itati; Ytapucú-Guazú, a lo que se llamaba antes Monte de San Fernando; Guaché, al río Guasarapo, etc. De este modo han cambiado todos los nombres, cosa que embrolla mucho la geografía y la demarcación de límites.

No contentos los mbayás con estas conquistas, avanzaron mucho al Sur e hicieron grandes daños en la aldea de Tobaty, situada a 25º 1´ 35´´ de latitud, y obligaron a los hombres a emigrar. Atacaron en seguida a los españoles, matando a varios centenares, y destruyeron hasta las granjas inmediatas a la misma Asunción, que era la capital. Atacaron también la ciudad de Curuguaty, y faltó bien poco para que no exterminaran a todos los españoles del Paraguay. Esta guerra se terminó en 1746 por una paz no interrumpida hasta el 15 de mayo de 1796, en que un capitán español mató algunos mbayás. Éstos, después de la paz, se fijaron en las inmediaciones del trópico de Capricornio, no lejos del río Paraguay, y volvieron sus armas contra los caayguas, los aguitequedichagas y los ninaquiguilas, descritos anteriormente, y llevaron el saqueo por todas partes. Esto es lo que han hecho también en nuestra provincia de Chiquitos, de donde han obligado a emigrar a los habitantes de Sagrado Corazón. También atacaron a los portugueses de Cayaba, pero actualmente están en paz.

Se divide ordinariamente esta nación en una porción de hordas, pero se reducen a cuatro principales. La Catiguebo se subdivide: una parte, en número próximamente de mil almas, habita a 21º 5´ de latitud al Oeste y cerca del río Paraguay, en la laguna llamada en otro tiempo de Ayolas. Su cacique, Nabidrigui o Camba, tiene seis pies y dos pulgadas de alto. En 1794 respondió a uno que le preguntaba por su edad: <>. Como esta catedral se levantó en 1689, suponiendo que este cacique tuviera entonces quince años, resulta que tenía ciento veinte. Tenía cuando yo le vi el cuerpo encorvado, los cabellos medio grises y la vista un poco más débil que los demás indios; pero no le faltaba ni un diente ni un cabello. Montaba a caballo, manejaba la lanza e iba a la guerra como los demás. La otra parte de los catiguebos está dividida en dos hordas, que viven al oriente del río Paraguay. Una, que puede tener quinientas almas, habita entre los ríos Ipané y Corrientes o Appa, cerca del Paraguay, y la otra, que tiene cerca de trescientos individuos, vive en las laderas de las pequeñas montañas que llaman Nogoná y Nebatená, sobre el 21º de latitud. Las otras tres hordas, llamadas Tchiguebó, Gueteadebó y Bentuebó, que forman en conjunto cerca de dos mil almas, habitan los ribazos de Noatequidi y Noateliyá, entre los 21 y 20º 40´ de latitud, al este del Paraguay.

Evalúo su talla media en cinco pies y ocho pulgadas; sus formas y proporciones me parecen las mejores del mundo y muy superiores a las de los europeos. Se asemejan a los guanás y a otros indios en todas las cosas de que he hablado antes. No conocen ni obediencia, ni recompensas, ni castigos, ni leyes obligatorias, y sus diferencias particulares se deciden a puñetazos. Hablan también mucho entre ellos, y su mirada es abierta; los hombres usan el mismo barbote y todos se arrancan constantemente las cejas, las pestañas y el pelo, y dicen que no son caballos para tener pelo. Sus trajes, sus fiestas, sus borracheras, sus adornos, sus pinturas, sus caciques, su manera de curar los enfermos, se asemejan enteramente a los payaguás y de los guanás, siendo la única diferencia que los médicos son hombres y no mujeres. Pero se afeitan por completo la cabeza. Las mujeres solamente conservan, desde la frente hasta la parte superior de la cabeza, una banda de cabellos, de una pulgada de ancho y un poco menos de alto. Sus casas o chozas son semejantes a las de los pampas, que he descrito anteriormente. Son tan solo más altas y anchas y las cubren con mantas, como los payaguás.

Su lenguaje es muy diferente a todos los otros y fácil de pronunciar. No tiene ningún sonido nasal ni gutural y carece de letra f. Además, parece ser pomposo, y los nombres propios son significativos, como en el vizcaíno. Este lenguaje da lugar a la siguiente singularidad extravagante: los jóvenes de ambos sexos, antes de su casamiento dan a las palabras otra terminación que los hombres hechos, y a veces emplean términos diferentes, de manera que al oírlos se diría que son dos idiomas. Se observa algo semejante a esta extravagancia en la ciudad de Curuguaty, y en el Paraguay. Las mujeres no hablan nunca mas que el guaraní, y los hombres de toda edad no usan sino este lenguaje con ellas, mientras que entre sí se expresan siempre en español. Esto parece aún más extraordinario cuando se sabe que todos los españoles del Paraguay hablan siempre el guaraní y solo los muy educados hablan el español.

Los españoles, fundadores de la ciudad de que acabo de hablar, tomaron mujeres indias. Sus hijos aprendieron el lenguaje de las madres, como era natural, y probablemente conservaron el español; mas como cuestión de honor, para probar que su raza era más notable. Pero los españoles del resto de la provincia no pensaron así, sino que olvidaron su lengua, sustituyéndola por la de los guaraníes. Exactamente lo mismo ocurrió en la inmensa provincia de San Pablo, donde los portugueses, habiendo olvidado por completo su lengua, no hablan mas que el guaraní. Deduzco de todos estos hechos que son las madres y no los padres quienes enseñan y perpetúan las lenguas, y que mientras los Gobiernos no establezca la uniformidad de lenguaje entre las mujeres es en vano que se cansen en reglamentar la instrucción a este aspecto.

Los mbayás se creen la nación más noble del mundo, la más generosa, la más formal en el cumplimiento de su palabra con toda lealtad y la más valiente. Como su talla, la belleza , la elegancia de sus formas, así como sus fuerzas, son bastantes superiores a las de los españoles, ellos consideran a la raza europea muy inferior a la suya. En cuanto a religión, carecen de ella y no se observa entre ellos nada que se refiera a este fin, ni a la vida futura. Se encuentran algunos que para explicar su primer origen se expresan así: <>

Nunca preceptos divinos se han ejecutado can más fidelidad, porque la única ocupación de los mbayás es errar de un lado a otro cazando o pescando, para alimentarse, y hacer la guerra a todo el género humano, matando o conservando a sus enemigos, conforme a la orden del caracara. Hacen, no obstante, una excepción con respecto a la nación guaná, con lo cual están estrechamente unidos en una gran amistad. En efecto, como ya los hemos dicho, los mbayás tienen siempre una multitud de guanás que le sirven como esclavos voluntaria y gratuitamente, que cultivan la tierra para ellos y les prestan otros servicios. Además de estos esclavos o domésticos los mbayás encuentran otros muchos en los niños y mujeres que cogen en la guerra, y que no son solo indios, sino también españoles, de manera que el mbayá más pobre tiene tres o cuatro esclavos. Éstos van por leña, guisan, levantan las tiendas o chozas, cuidan de dar pienso a los caballos y de tenerlos prontos para ser montados, y también cultivan las tierras, lo que es bien poca cosa. Los mbayás no se reservan mas que la caza, la pesca y la guerra; de manera que me ha sucedido hacer a un mbayá regalos que no ha querido tomar, y ha ordenado a sus esclavos recibirlos: tan vanos y perezosos son.

Es cierto que los mbayás quieren mucho a todos sus esclavos; jamás les mandan de un modo imperioso, nunca les riñen, ni los castigan, ni los venden, aun tratándose de prisioneros de guerra. Se confían a la buena fe del esclavo y se contentan con lo que quiere hacer por sí mismo, y reparten con él lo que tienen, de manera que ningún prisionero de guerra, aunque esclavo, quiere dejarlos, ni tampoco las mujeres españolas que tienen consigo, aunque en algunas de ellas fueran ya adultas y hubieran tenido hijos cuando las cogieron. ¡Qué contraste con el trato que los europeos dan a los africanos!

Los mbayás subsisten de la agricultura ejercida por sus esclavos, de la pesca y de la caza. Desde algún tiempo a esta parte varios de ellos se han dedicado a pescar con anzuelo o a flechazos, y se han provisto también de algunas canoas semejantes a las de los payaguás. Otros se han dedicado a criar y sostener pequeñas piaras de vacas y ovejas, pero sin hacer uso de la leche, que aborrecen, como todos los indios salvajes. poséen muchos caballos, pero es raro que vendan ninguno; tanto interés ponen en ellos. Sobre todo tienen tanto cuidado con el que destinan para el combate, y no se desharían de él por nada del mundo. Montan en pelo y se colocan casi sobre la grupa. Algunos hacen uso de un bocado de hierro; otros lo suplen con dos pequeños palos, que hacen su oficio, o se limitan a amarrar la mandíbula inferior con una correa a la cual corresponden otras dos, que sirven de riendas. Pero no saben hacer uso de las bolas, de que he hablado, ni con el lazo, que es tan común entre los españoles.

Sus solas armas en la guerra son una lanza muy larga y una macana o bastón de tres pies de largo y más de una pulgada de diámetro, en todo su grueso, hecha de una manera muy pesada y muy dura, y aunque ellos tengan también arcos y flechas, no hacen uso de ellos mas que para la caza y la pesca. Cuando han resuelto atacar a un enemigo montan sobre el caballo más malo que tienen, y cada uno lleva en reserva el que destina al combate. Cuando están a tiro cambian de caballo y abandonan el malo. No omiten precaución para sorprender al enemigo; pero si no pueden conseguirlo, lo atacan de frente, ordenados en forma de media luna, para tratar de envolverlo. Si ven que el enemigo se conserva en orden sin mostrar temor, se detienen a más de un tiro de fusil; tres o cuatro se bajan del caballo y se acercan mucho al enemigo haciendo muecas, dando saltos y brincos y arrastrando por el suelo o sacudiendo pieles de jaguarete para espantar a los caballos del enemigo y desordenar sus filas, o bien incitarlo a hacer descarga general; si consiguen esto último se lanzan con rapidez del rayo y no se les escapa nadie.

Los españoles aguerridos conservan bien sus filas, y cuando ven venir a los que traen las pieles mandan echar pie a tierra a los mejores tiradores del centro y de las alas y les ordenan hacer fuego graneado, y desde muy cerca, sobre los que avanzan. Si se consigue matar a alguno, vienen los otros a recoger el cadáver, y cuando se los deja, todos se van; pero es necesario estar prevenido, porque si se los persigue sin conservar la formación, o se corre tras de alguno en particular, o se quieren reunir los malos caballos que ellos han abandonado, repiten la carga con la velocidad del rayo. También saben preparar peligrosas emboscadas y falsos ataques; en fin, en número igual no se lleva ventaja con ellos, a pesar de las armas de fuego. Como puede presumirse, no tienen jefe ninguno en la guerra ni en la paz, porque su Gobierno se reduce a asambleas, donde los caciques, los viejos y los indios más prestigiosos arrastran los votos de los otros. En cada expedición se contentan con obtener una sola ventaja. Sin esto no quedaría ya un solo español en el Paraguay ni un portugués en Cuyabá.

Entre los mbayás los hombres comen de todo, pero las mujeres casadas no emplean nunca en su alimentación ni vaca, ni capibara, ni mono, y cuando tienen su evacuación periódica no comen mas que legumbres y frutas, y jamás prueban con pretexto alguno nada que tenga o pueda tener grasa. Como razón de esto dicen que le salieron cuernos a una mujer que estando en su período crítico comió pescado con grasa. Sería, sin duda, una cosa extraordinaria una mujer con cuernos, pero no es menos singular ver caballos cornudos y toros mochos, como hemos referido en el capítulo IX. El alimento de las mujeres mbayás ofrece una particularidad, y es que las doncellas no comen nunca carne de ninguna clase, ni aun de peces grandes, es decir, de aquellos que tienen un pie o más de largo. Viven, pues, de vegetales y pequeños peces, sin poder decir la razón. Los mismos cartujos no han llegado a tal grado de austeridad. Las mujeres mbayás son, en general, las más incitantes y más complacientes de todas las indias, y sus maridos son poco celosos. El divorcio y la poligamia son libres entre ellos, como en todas las otras naciones indias, pero uno y otro son raros.

Las mujeres mbayás celebran de tiempo en tiempo una fiesta que se reduce a hacer una procesión alrededor de sus chozas. Llevan en la punta de las lanzas de sus maridos las cabelleras, huesos y armas de los enemigos que han matado en la guerra, y celebran las proezas de los hombres. Para inflamar su valor y darles a entender que ellas tampoco carecen de él y que son dignas de su confianza y su ternura terminan la fiesta peleándose unas con otras a puñetazos hasta ensangrentarse la boca y la nariz y aun partirse algunos dientes. Los maridos las felicitan y ponen fin a la fiesta emborrachándose todos ellos, pero no las mujeres, que no beben ningún licor.

Ya he dicho que se prostituyen fácilmente; pero lo que hay de más singular es que hayan adoptado la costumbre, bárbara y casi increíble, de no criar ninguna mas que un hijo o hija y matar a todos los demás. Conservan ordinariamente el último de que quedan embarazadas, cuando esperan no tener más, en vista de su edad y el estado de sus fuerzas. Si se equivocan en el cálculo y tienen otro hijo después del que han conservado, matan al último. Algunas se quedan sin hijos porque han calculado mal que tendrían aún otro. Yo me encontraba en medio de muchas de estas mujeres con sus maridos y les hacía severos reproches porque permitían sacrificar a sus propios hijos y exterminar así su nación, puesto que no podían ignorar que un matrimonio formado por marido y mujer no producía así mas que un hijo. Me respondieron, sonriendo, que los hombres no debían mezclar en los asuntos de las mujeres.

Me dirigí entonces a las mujeres, hablándoles lo más enérgicamente que me fue posible, y después de mi arenga, que oyeron con escasa atención, una me dijo: <> Yo le pregunté que como se valían para abortar, y ella me contestó: <> En seguida se tendió de espaldas en el suelo, completamente desnuda, y dos viejas empezaron a darles sobre el vientre golpes muy violentos hasta que empezó a salir sangre; tal fue el preludio del aborto, que se verificó el mismo día. También supe que algunas quedaban lastimadas para el resto de su vida y que otras se morían. Como estos salvajes no llevan cuenta de nada, no pueden fijar la antigüedad de esta horrible práctica, pero dicen que en otro tiempo no la conocían, y esto debe creerse porque ningún manuscrito antiguo hace referencia a ella. En cuanto al presente, está universalmente extendida entre todas las mujeres de esta nación y de algunas otras, como veremos.

Se cura a los enfermos chupándoles el estómago, como he dicho anteriormente; pero si tienen que ir a establecerse a otro lado y hay un enfermo que no está en estado de seguir a la horda o cuya enfermedad tiene trazas de durar mucho, lo abandonan. La familia o parentela llora los muertos, sobre todo si es un cacique o un sujeto de reputación y se le entierra en el cementerio o lugar destinado para ese objeto, con sus alhajas o sus atavíos y sus armas. Además se degüellan sobre la tumba cuatro o seis de sus mejores caballos. Yo creo que esto procede del mismo principio que hace enterrar las alhajas con el muerto, y esta costumbre no puede remontarse a más que la época en que empezaron a tener caballos. Se entierran con el cadáver las alhajas y los caballos del difunto es porque los indios salvajes tienen un gran horror a los muertos y no quieren conservar nada que les recuerde su memoria (1) (Esta costumbre es universal en casi todos los pueblos bárbaros y responde ciertamente en todos al mismo principio, es decir, a la idea de una vida futura y al deseo de procurar a los muertos, en el otro mundo, las armas, los animales y con frecuencia los servidores que tenían en éste. Por tal razón, en muchos pueblos salvajes han degollado sobre las tumbas de los muertos sus mujeres y sus esclavos. Esta bárbara costumbre se perpetuó hasta un período muy avanzado de la civilización. Tal sucede con las mujeres de los brahmanes indios, que se queman sobre la pira de sus maridos – Léase BERNIER –F- Viaje al Gran Mogol, Indostán y Cachemira, en la colección de Viajes clásicos, editada por CALPE - . Homero y los otros poetas griegos nos ofrecen frecuentes ejemplos de este género de superstición. - C. A. W. -). Si el enfermo ha muerto muy lejos del cementerio, y esto hace que sea de temer la descomposición, lo envuelven en una manta y lo suspenden en un árbol durante tres luna, para dejar disolver las entrañas y secar el cuerpo como cartón, y entonces lo llevan al cementerio. El duelo dura tres o cuatro lunas, pero solo entre los parientes, y se reduce a que las mujeres y los esclavos no coman mas que vegetales y nada de carne y guarden un silencio tan profundo que no responden una sola palabra a los que les hablen.

PAYAGUÁS.- Esta nación, fuerte y ponderosa, da su nombre al río Paraguay, que se llamaba antes Payaguay o río de los Payaguás, nombre que hemos nosotros alterado un poco haciéndolo extensivo a todo el país, como se ha visto en el capítulo IV. A la primera llegada de los españoles esta nación estaba dividida en dos hordas, que se habían repartido el imperio del río Paraguay sin permitir que nadie lo navegara. Una habitaba a los 21º 5´ de latitud, lugar ocupado al presente por una partida de mbayás, como antes he dicho, y la otra hacia los 25º 17´ de latitud. La nación entera llevaba el nombre de payaguá, y para distinguirse las hordas se llamaban a si mismas cadigué y magach ; pero los españoles aplicaron el nombre genérico, el de payaguá, exclusivamente a la división más septentrional y corrompieron el otro llamándole agace. Después de la muerte del cacique Magach, cuya horda llevaba entonces el nombre, los españoles, habiendo reconocido que los indios eran verdaderamente payaguás, suprimieron y olvidaron el nombre de agaces y llamaron a todos payaguás. Los historiadores, que no estaban instruidos en estos hechos, han creído que la nación agace había sido totalmente exterminada; se fundaban en que no encontraban este nombre en la lista de las naciones indias, y además ignoraban que no era una nación, y en cuanto a la parte que habita más al norte, se la llama sarigué, y la otra tacumbú, aunque se distinguen ellas mismas en cadigués y siacuás .

Los siacuás o tacumbús, antiguamente agaces, mataron quince españoles del ejército de Sebastián Gaboto, que fue el primer europeo que entró por el río Paraguay. Algún tiempo después los mismo siacuás, con sus canoas, entablaron un combate desesperado con los españoles que subían por el mismo río, mandados por Juan de Ayolas, y les mataron quince soldados. El mismo Ayolas subió luego más arriba, con doscientos españoles, siendo atacados y muertos todos por los payaguás sarigué. También destruyeron una aldea española cerca del río Jesuy y el pueblo de indios ohomas, y faltó poco para que hicieran lo mismo en Ipané, Guarambaré, Itati y Santa Lucía, etc. En fin, desde la conquista estos indios han sido los enemigos más constantes, astutos y crueles de los españoles, de los portugueses de Cuyabá y de todos los otros indios, sin excepción. De manera que si alguna vez han hecho la paz con algunos ha sido para ligarse contra otros y para realizar alguna traición, porque jamás conocieron la lealtad ni la buena fe. Sus proezas están consignadas en un gran número de piezas que se hallan depositadas en los archivos de la Asunción. Como no es el caso de dar aquí el extracto, baste saber que han matado a muchos millares de españoles y que con frecuencia ha faltado poco para que exterminaran a todos los del Paraguay.

Esta nación astuta observó que la población de los españoles aumentaba en el Paraguay y que los de Buenos Aires podían auxiliarlos; vio también el aumento de los portugueses en Cuyabá, y reflexionando que no había para ella ningún medio de escaparse y que no tenían fuerzas suficientes para exterminar a todos sus enemigos, resolvió hacer la paz de buena fe con los españoles, aliándose a ellos del modo más estrecho. Ofrecieron, en consecuencia, estos indios hacer una alianza ofensiva y defensiva contra todo el mundo, sin excepción. Otro artículo de sus ofertas fue que la horda tacumbú se fijaría en Asunción, capital del Paraguay, donde se la dejaría seguir tranquilamente sus costumbres y género de vida, y que se le permitiría algunas veces hacer la guerra en particular a los indios que no tuvieran ni comunicación ni tratado con los españoles.

Efectivamente, en 1740 la horda tacumbú se fijó en Asunción, y no solo son aliados fieles en tiempos de guerra, sino también habitantes muy útiles porque proveen a los españoles de pescados, de sauces, de cañas, de forraje para caballos, de canoas, de remos de algunas mantas y otros objetos menudos, y además les prestan otros servicios particulares. Todo el producto de este comercio lo emplean en aguardiente, carne, dulces, judías, etc., sin hacer ningún ahorro, y conservan sus costumbres, sin cambiar nada absolutamente y sin hacer caso alguno de las de los españoles.

En 1790 la horda sarigué se incorporó a la de los tacumbús, y están las dos reunidas en la capital del Paraguay y forman en totalidad cerca de mil almas. Un gobernador que deseaba hacer valer sus servicios a la Corte hizo bautizar a ciento cincuenta y tres niños menores de doce años, el 28 de octubre y 3 de noviembre de 1792. ya se ha comprobado que ellos no quieren, en absoluto, ser cristianos, y si se los obligara empezarían otra vez la guerra.

Su lenguaje es muy diferente de todos los otros; es tan gutural que no se pueden expresar los sonidos con nuestras letras, y tan difícil que nadie ha podido aprenderlo; pero un gran número de payaguás entiende y habla el guaraní, pues habitan una ciudad en que no se usa otra lengua. Yo estimo que su talla media puede ser de más de cinco pies y cuatro pulgadas; sus proporciones son bellas, y me parecen más ágiles y más ligeros que ningunos otros indios y que los españoles. Es inútil observar que ninguno de ellos es contrahecho y que carecen del menor defecto corporal. Esta ventaja es común a todos los indios, que tampoco llegan nunca a ser demasiado gordos; pero su color es algo más claro y su fisonomía menos sombría y más abierta. Por lo demás, se parecen a los guanás en los siguientes aspectos: se arrancan constantemente las cejas, las pestañas y el pelo, y no conocen ni obediencia, ni recompensas, ni castigos, ni leyes obligatorias. Las mujeres tienen un uso particular, y es que desde que el seno de las doncellas llega a su punto máximo natural de crecimiento empiezan a comprimirlo y dirigirlo hacia la cintura, apretándolo, ya sea con la manta misma, o con una correa, de modo que a los veinticuatro años o antes está colgante como una bolsa. Independientemente de esto, el seno de todas las indias parece tener menos elasticidad que el de las europeas y cae mucho más pronto. No es, por tanto, extraño verlas muchas veces dar de mamar a sus hijos por debajo del brazo o por encima del hombro, porque sus mamas son muy colgantes y tienen siempre el mamelón muy grueso.

Cuando las mujeres quieren hilar preparan el algodón disponiéndolo en forma de larga morcilla del grueso de un dedo, sin torcerlo; después, sentándose en el suelo con las piernas extendidas, toman su huso, que tiene cerca de dos pies de largo, y empiezan a hilar, haciendo dar vueltas al dicho huso sobre la pierna desnuda, pero torciendo poco el hilo, que van arrollando sobre el huso mismo. Cuando han hilado todo el algodón que tenían en el brazo ponen alrededor de este mismo brazo el hilo que había en el huso, para torcerlo por segunda vez, y lo van reuniendo en la parte inferior del repetido huso. En este estado, y sin ponerlo doble, lo emplean ellas para fabricar sus cobertores y nunca para coser, pues no fabrican jamás esta operación.

Estos cobertores o mantas se reducen a una pieza de tela d algodón, más o menos grande, según su destino. Aquellas que usan las mujeres de edad no tienen a lo sumo mas que la longitud necesaria para cubrirlas desde los hombros a la pantorrilla, y ancho suficiente para dar vuelta y media alrededor del cuerpo. Las fabrican sin telar, disponiendo los hilos entre dos palos separados a proporción de la longitud que ha de tener la manta. Pasan en seguida el hilo a través sin lanzadera, con la sola ayuda de los dedos, e inmediatamente lo aprietan con fuerza con una especie de regla o cuchillo de madera. Tal es la manera de hilar y hacer las telas que emplean todas aquellas naciones de que he dicho hacen uso de vestidos tejidos, a excepción de las de la cordillera de Chile que se fabrican ponchos, porque al menos algunas hacen uso de telares.

Las mujeres emplean para vestirse una de estas mantas, en que se envuelven del estómago al tobillo y a veces desde los hombros; pero llevan además un trapo de un pie cuadrado, atado con una cuerda y fijo a la cintura, de manera que cuelga delante de las partes sexuales. Los hombres van enteramente desnudos; pero cuando hace frío, y para entrar en las casas de la ciudad, se ponen por los hombros una de estas mantas, para cubrirse, en tanto en cuanto en cuanto es necesario, las partes anteriores. Otros se ponen una camiseta que no tiene cuello ni mangas y cubre apenas el signo distintivo del sexo. Los hay que se pintan el cuerpo de diferentes colores, a manera de chaqueta, de chaleco y de pantalón, y aunque desnudos del todo, van así por todas partes.

El barbote es la marca distintiva de los hombres, que llevan además brazaletes, tan diferentes por sus formas como por las materias de que están construidos, no solo en los brazos, sino en los tobillos.

A veces se suspenden de las muñecas pezuñas de ciervo, que producen un cierto sonido chocando unas con otras, y llevan tahalíes de hilo de plata o de fragmentos de conchas, donde suspenden una bolsa tan pequeña que apenas cabe en ella una moneda como una peseta. Es verdad que casi no hacen uso de esta bolsa, porque se meten siempre en la boca el dinero que ganan. Llevan sobre la cabeza penachos de plumas, y los que han matado algún enemigo los colocan verticalmente sobre el cerviguillo. Se hacen rocallas de formas y materiales muy variadas. Se trazan en la cara y el cuerpo dibujos imposibles de describir y de color diferente, según el capricho de cada uno. No llevan estos ornamentos todos los días, sino cuando les parece, a capricho. Se cortan los cabellos al rape por delante y a la altura de la oreja por los costados, dejando caer en libertad el resto de dichos cabellos y amarrándoselos por detrás con una pequeña correa de piel de mono, pero que conserva su propio pelo.

Cuando las jóvenes llegan a la época de su primera menstruación dan parte de este acontecimiento a todo el mundo y se aplican la pintura característica de la adolescencia de su sexo. Estas pinturas se reducen a una banda o raya que parte del nacimiento del pelo y se prolonga en línea recta sobre la nariz hasta el extremo de la barbilla, pero exceptuando el labio superior. Además, se ven salir de la raíz de sus cabellos siete o nueve líneas verticales que cortan la frente y el párpado superior. En cada comisura de la boca se pintan dos cadenas paralelas a la mandíbula inferior, terminadas a los dos tercios de la distancia de la oreja. Aun se pintan dos eslabones, que salen de cada ángulo exterior del ojo y terminan en la parte superior de la mejilla

Todas estas pinturas que emplean las mujeres no son superficiales, como las de los hombres, sino permanentes y de color violeta, porque se pican la piel para que el color penetre interiormente. Algunas de estas mujeres, más coquetas que las otras, se pintan de rojo la cara, el seno y los muslos, se trazan una cadena parda de grandes anillos en los brazos, desde el puño hasta el hombro; pero estas pinturas no están impresas en la piel y las que son rojas no presentan ningún dibujo.

Las mujeres, como los hombres, se cortan los cabellos al rape por delante, pero no sobre las orejas, y dejan caer el resto naturalmente, sin sujetárselo nunca. Llevan sortijas, sean de la clase que sean, en todos los dedos; pero no llevan ni collares ni alhajas de ninguna otra especie.

Sus chozas o sus casas son semejantes a las que ya he descrito. La sola diferencia es que las cubren de juncos que no están tejidos, sino colocados en toda su longitud y cosidos o reunidos con hilos. El deber de las mujeres es hacer esteras, levantar y desmontar las chozas, fabricar mantas y también los pucheros y paltos de barro. Estos pucheros están cubiertos de pintura y dibujos, pero muy mal cocidos. Deben también hacer cocer las legumbres y el pescado algunas veces, pero esto es raro, porque son los maridos los que preparan la carne y el pescado, yendo también a buscar la leña. Comen de todo, pero las mujeres jamás se alimentan de carne, porque dicen que les hace daño.

Estos indios se parecen a las otras naciones en que comen cuando tienen gana, escogiendo lo que les agrada entre los alimentos cocidos, sin esperar ni advertir a nadie; en que no hablan ni beben hasta el final de la comida; en que no hacen uso de tenedor ni cuchara y se mantienen mientras comen a cierta distancia unos de otros, aun entre padres e hijos y marido y mujer; en que para tomar el caldo o la salsa no se sirven mas que del índice y del dedo inmediato, y que no obstante lo hacen tan de prisa como si tuvieran una cuchara; en que comiendo el pescado más abundante en espinas no las separan de la carne sino por un movimiento de la lengua y las guardan a los lados de la mandíbula, como los monos, para arrojarlas todas de una vez después de haber acabado de comer, y en que tienen horror a la leche, en que no se lavan jamás las manos, la cara ni el cuerpo, y no barren nunca sus habitaciones. Saben también encender fuego sin piedra de chispa, como todos los otros indios. Para este efecto hacen dar vueltas a un pedazo de palo, del grueso de un dedo, que hacen entrar por un extremo en otro pedazo agujereado al efecto, y le dan un movimiento como el de un molinillo de chocolate, hasta que este movimiento, reiterado, produce un polvo semejante a la yesca inflamada. Como a todos los indios salvajes, nuestra forma de casas les da miedo, ya sea a causa de su oscuridad, ya porque teman que se les caiga encima, y nada del mundo puede reducirlos a pasa en ella una sola noche.

El famoso Magache, que en la época de la llegada de los españoles era el cacique de estos indios, no existe ya. El de los sarigués es el hijo mayor de Cuaty, que yo he conocido personalmente, y que era con seguridad tan viejo como Nabidrigué o Cambá, de que he hablado, es decir, que tenía ciento veinte años. En efecto, decía que era ya cacique y estaba casado cuando se empezó la catedral de Asunción. Tenía como el otro, todos sus dientes, tan blancos y bien ordenados como un europeo de veintiséis años; igualmente conservados estaban todos sus cabellos, de que solo la tercera parte era blanca. Únicamente su vista se había debilitado. Pero a pesar de esto remaba, pescaba, se emborrachaba y obraba como todos los otros. La primer vez que yo lo vi estaba sentado en el suelo, completamente desnudo, y sin molestarse soltó sus aguas en plena conversación. El cacique de los payaguás, no más que los otros, no tiene ninguna autoridad ni ninguna marca distintiva, y no recibe ni tributos ni servicios. La nación está gobernada por la asamblea, que se reúne al ponerse el Sol, pero sin poder imponer obligación a nadie, porque el payaguá es absolutamente libre y no reconoce ninguna desigualdad de clases, como no sea la del cacique, que se reduce a nada.

Siendo todo libre en esta nación, el divorcio lo es también, aunque sea bastante raro. Entonces la mujer va a buscar a su familia, llevándose a todos sus hijos. Se lleva también los materiales de la choza, la canoa y cuanto es de la casa. El marido solo conserva sus armas y sus vestidos. Si no hay hijos cada uno guarda lo que le pertenece. Las indias no buscan ayuda de nadie para dar a luz. Sin embargo, cuando una mujer payaguá está en el trance y se le oye suspirar, o sus dolores duran demasiado tiempo, sus vecinas acuden llevando en la mano cascabeles enhebrados y se los sacuden violentamente sobre la cabeza durante un instante; después la dejan, pero recomienzan si lo creen necesario.

Apenas la mujer ha dado a luz, sus amigas se colocan en dos filas desde la casa hasta el río, que está siempre muy cerca. Extienden sus ropas a los dos lados, como para interceptar el paso del viento, y la que ha dado a luz pasa por el medio y se arroja al agua para bañarse.

Los payaguás se parecen a todas las demás naciones indias en que no conocen otra fiesta ni más diversión que la borrachera. El día que destinan a emborracharse no comen nada y beben una enorme cantidad de aguardiente; y se mofan de los borrachos españoles que comen al mismo tiempo, porque dicen que no les queda lugar para la bebida. Los que aun están solteros y que viven sin trabajar, a expensas de sus padres, no beben jamás aguardiente. Las mujeres no lo beben mas que rara vez, y eso si ellas poseen con que comprarlo, porque los maridos no se lo dan jamás; y sin embargo, cuando ellas lo tienen son ellos los que se beben la mayor parte. El hombre borracho va siempre acompañado de su mujer o de un amigo; cuando éstos ven que no puede casi tenerse en pie lo llevan a su choza y lo hacen sentarse. Entonces el borracho empieza a cantar en voz baja, diciendo: <> Repite lo mismo muchas veces, y da luego puñetazos al aire como si se peleara, acabando por caer profundamente dormido. Pero no hay ejemplo de que un borracho coja armas ni haga el menor mal a nadie, ni que insulte a las mujeres, mientras que éstas provocan a sus maridos cuanto les es posible. El motivo para estas fiestas de borrachera se reduce a cualquier pretexto, sea el que sea, o nada, como antes he dicho.

Además de estas fiestas particulares celebran otra más solemne y más sangrienta, en el mes de junio. Toda la nación toma parte; y es también celebrada por los guanás, los mbayás y todas las naciones siguientes; pero las mujeres y los que no son jefes de familia no participan en ella (1). (Se ve que por este pasaje de nuestro autor, y por otros muchos, que a pesar de la libertad individual de que gozan estos salvajes existe realmente entre ellos una clase intermedia entre el cacique y el resto de la nación, que es la de los jefes de familia o de tribu, lo cual es conforme a lo que yo he dicho del gobierno de estos pueblos en mi Essai sur l´Histoire de l´espèce humaine, pág. 65. –C. A. W. -)

La víspera los hombres se pintan la cara y todo el cuerpo lo mejor que son capaces y se adornan la cabeza con plumas de colores y de formas tan extraordinarias que es imposible dejar de admirarse al verlos y también son imposibles de describir. Además cubren con pieles tres o cuatro vasijas de barro y golpean encima con unos palillos más pequeños que la más diminuta pluma de escribir: así es que apenas se oye el sonido a quince pasos. A la mañana siguiente se beben todo el aguardiente que tienen, y cuando están bien borrachos se pellizcan unos a otros en los brazos, los muslos y las pantorrillas, cogiendo la mayor porción de carne que pueden, y se clavan de parte a parte una astilla de madera o una espina de raya de las más gruesas. Repiten de tiempo en tiempo esta operación hasta la noche, de modo que se encuentran todos acribillados del mismo modo, y de pulgada en pulgada, en ambos muslos, ambas pantorrillas y ambos brazos, desde el puño hasta el hombro. Como los payaguás celebran esta fiesta en la ciudad misma de Asunción, capital de Paraguay, y en público, todo el mundo va a contemplarlos. Pero cuando se ve que los pinchazos no se limitan a lo dicho, sino que además se atraviesan también de parte a parte la lengua y el miembro viril, las señoras huyen dando gritos agudos; pero las indias, a quienes personalmente interesa, asisten con gran sangre fría al espectáculo.

Reciben en la mano la sangre que corre de la lengua y se frotan con ella la cara. En cuanto a la que destila del miembro, la hacen caer en un agujero pequeño que hacen en el suelo con el dedo. De la sangre que corre de las demás heridas no hacen caso alguno. He visto esta ceremonia durante varios años, y tan de cerca que tocaba al paciente, y puedo asegurar con toda formalidad que no he oído a ninguno hablar ni quejarse, ni he visto en su cara ni en los movimientos de su cuerpo el menor signo de dolor ni sensibilidad. En una palabra, se hubiera dicho que los actores de la escena eran maniquíes. No dan razón alguna de esta costumbre, y dicen ingenuamente que no conocen otra que el deseo de demostrar que son valientes. No se aplican nada para curarse las heridas, que duran largo tiempo y se llenan de pus, que se contentan con exprimir.

Algunos se bañan en ese estado, y se comprende perfectamente que se les hinche todo el cuerpo y las cicatrices les duren toda la vida. Como durante el tiempo empleado en la festividad ninguno puede ir a buscar con que vivir, y algunos se quedan imposibilitados de hacerlo durante muchos días, las familias sufren bastante de hambre. Es cierto que todos los indios la soportan mejor que nosotros y mucho más tiempo; pero toman también a la vez una gran cantidad de alimento. En esto se asemejan a las aves de rapiña y a muchos cuadrúpedos carniceros.

Cuando la tempestad o el viento vuelca sus casas, cogen algunos tizones de su hogar y corren cierta distancia contra el viento, amenazándole con dichos tizones. Otros para espantar la tempestad, dan numerosos puñetazos en el aire. Otro tanto hacen a veces cuando aparece la luna nueva, pero dicen que esto es solo para mostrar alegría, lo que ha dado lugar a que algunos crean que la adoran; pero el hecho positivo es que no reconocen creador, que no hacen adoración ni culto a nada y que no tienen religión alguna. Yo les he hablado diferentes veces de la vida futura: unos me dicen que no tenían idea alguna de ella, y otros que todos los payaguás, después de su muerte, iban a un lugar lleno de calderas y de fuego; otros aún, que solo los payaguás malos iban a ese lugar, mientas que las almas de los buenos habitaban entre las plantas acuáticas y se alimentaban de peces y yacarrés (1) (Si tienen idea de una vida futura poseen una especie de religión, y las costumbres supersticiosas que el autor acaba de describir lo prueban con evidencia. –C. A. W. -)

Habiéndoles preguntado que por qué no iban al cielo de los españoles, me respondieron que no era posible porque su origen era por completo diferente. Quise saber si tenían alguna idea de este primer origen, y me dijeron que no sabían nada; solo dos me dijeron: <>

El método de sus médicos es el mismo que en todas las otras naciones; pero si el enfermo es una persona de reputación y que paga bien, hacen preparativos mucho más solemnes y grandes. El médico, completamente desnudo, con el cuerpo cubierto de pinturas y con una gran corbata de estopa o de caraguata que le desciende hasta la cintura, coge una pipa y la enciende. Esta pipa es de palo, de un pie de largo y el grueso de la muñeca, perforado en toda su extensión, teniendo en unos de sus extremos un pico para aspirar el humo. Coge con la otra mano una calabaza vacía, de dos pies de largo, y formada por la unión de dos calabazas juntas en su longitud. Tiene dos agujeros, uno en cada extremo, el más grande de tres pulgadas de diámetro. El médico sopla por el agujero pequeño humo de tabaco y a continuación baña bien la calabaza, repitiendo la operación tres o cuatro veces. Después se aplica el borde del agujero mayor en el labio superior, cerca de la nariz, de modo que pueda abrir libremente la boca en medio de este agujero, y grita de modo que da a su voz sones variados y muy extraordinarios; pero no se comprende nada y el operador dice que son cosas que espantan la enfermedad. Continúa este manejo durante algún tiempo, y a veces durante dos horas, golpeando el suelo con el pie derecho y haciendo a la vez contorsiones a derecha e izquierda, inclinándose sobre el enfermo, que está tendido en el suelo, de espaldas y descubierto. En fin, se sienta a su lado, le pasa la mano por el estómago, friccionándolo durante unos momentos, y chupa luego con fuerza extraordinaria; a veces, deteniéndose, se escupe en la mano y muestra alguna piedrecita, algunas gotas de sangre, o alguna espina. Tenía estas cosas en la boca preparadas para hacer creer que sacaba la enfermedad del cuerpo del paciente. En general los payaguás, así como todos los indios salvajes, están persuadidos, o al menos inclinados a creer, que el médico conoce y puede curar toda clase de enfermedades y que nadie moriría si el médico quisiera curarlo.

Esto es lo que dicen los mismos médicos, y procuran persuadir de ello para hacerse pagar bien y ser considerados en la sociedad. En efecto, lo consiguen, y algunas personas aseguran que las primicias de todas las vírgenes son para los médicos. Para ejercer esta profesión basta hace creer que se tiene la habilidad necesaria, y lo es generalmente el más borracho y el más holgazán. Si quisiéramos de aquí el primer origen de la medicina, diremos que se considera a las enfermedades como gases o espíritus que se introducen el cuerpo sin que lo advierta el paciente, y que los primeros médicos fueron charlatanes que hicieron creer que tenían el talento de extraer ese gas por la succión. El fondo de la medicina está en no da a los enfermos mas que legumbres o frutos, en pequeña cantidad. Resulta, como entre nosotros, que la mayor parte de los enfermos se curan, lo que da fama a los médicos, y los demás enfermos sucumben a la última enfermedad. Pero si muere muy de prisa los demás salvajes se enfurecen con el médico y le dan una paliza y a veces lo matan.

Los payaguás, como todas las naciones salvajes, son de larga vida. Yo he visto, en efecto, muchos muy viejos, entre ellos los caciques Nabidriqui y Cuaty, que tenían ciento veinte años. Aunque se crea comúnmente en Europa que el exceso de aguardiente impide llegar a viejo, todos estos indios son borrachos en sumo grado; no obstante, yo no dudo de que su vida sea más larga que la nuestra, así como la de los negros; recientemente una negra nacida en el Paraguay y transportada a Tucumán ha muerto allí a la edad de ciento ochenta años. Como quiera que sea, los indios salvajes gozan de una perfecta salud. Yo jamás observé que ninguno tuviera el mal venéreo, ni que los españoles que han tenido comercio con las mujeres de estos indios contraen ordinariamente un mal venéreo muy difícil de curar y que no se manifiesta, como en Europa, en las glándulas del cuello, sino más bien en la nariz; de modo que yo estoy inclinado a creer que este mal procede de la mezcla de razas extremadamente diferentes y que no se conocía en América antes de la llegada de los españoles.

Apenas muere un payaguá, las viejas lo envuelven, con sus adornos y sus armas, en su manta o camiseta, y la familia alquila un hombre para llevarle al cementerio. Este hombre, así como los suyos, puede conservar lo que quiera de los efectos del difunto, porque los payaguás no son en esto tan escrupulosos como los otros indios. Aun no hace mucho tiempo que enterraban sus muertos sentados, con la cabeza fuera de la fosa, pero cubierta con una gran campana o pote de barro cocido. Han aprendido de nosotros a enterrarlos enteramente en toda su longitud, cosa que hacen de miedo de que los tatuejos y los cerdos salvajes devoren los cadáveres, como antes sucedía. Tienen cuidado de arrancar las hierbas sobre las sepulturas, barrerlas y cubrirlas con chozas semejantes a las que habitan, y poner sobre la tumba de los hombres a quienes querían una multitud de campanas o de vasos de barro cubiertos de pintura, unos sobre los otros y con la abertura hacia abajo. Los hombres no hacen nunca duelo por motivo ninguno, y en cuanto a las mujeres, se reduce a llorar durante dos o tres días por su padre o su marido; pero si ha muerto por los enemigos, o un hombre de gran reputación, lo lloran más tiempo, dando vueltas, llorando día y noche, alrededor del pueblo.

Los payaguás no conocen cultivo alguno y son solamente marineros. Las canoas, que ellos mismos construyen, tienen diez a veinte pies de largo; su mayor anchura es de dos a cuatro palmos a los dos tercios de su longitud, a cotar de la proa. Ésta es muy aguda y la popa casi lo mismo. El remo tiene nueve pies, cuya extremidad, que es muy aguda, forma el tercio. Reman en pie sobre el extremo de la popa, pero se sientan en el medio de la canoa para pescar con sedal, y se dejan arrastrar por la corriente del río. Algunas veces sucede que la canoa zozobra, cuando se meten en ella grandes pescados que se debaten mucho. Entonces se ve con sorpresa que estos indios, no teniendo el agua mas que hasta el pecho, aunque haya seis varas de profundidad, manejando su canoa como un tejedor de lanzadera, vacían toda el agua en menos de tres minutos y saltan dentro de nuevo, sin perder jamás el sedal, el remo, ni el pescado, ni el arco, ni las flechas, ni nada de lo que tenían.

Para ir en son de guerra se colocan en pie seis o siete a lo largo de cada canoa, y remando todos a la vez hacen marchar tan de prisa que avanzan seguramente más de siete leguas marinas por hora. El bichero que puede serviles de lanza, según es de largo y puntiagudo, pero tiene además la macana o palo que he descrito previamente, arcos de siete pies y flechas de cuatro y medio, que llevan en haces, sin usar carcaj. Manejan estas armas con gran destreza, y cuando quieren proporcionarse un ave o un pequeño animal vivo ponen en la punta de la flecha algo para amortiguar el golpe, a fin de aturdirlo sin matarlo. Matan en la guerra a todos los hombres adultos y no conservan mas que las mujeres y los niños, lo mismo que hacen las otras naciones salvajes. Procuran siempre obrar por sorpresa y no alejarse del río, porque si se alejaran serían vencidos por las otras naciones que pelean a caballo.

GUAICURÚS. – Es una de las naciones más famosas en las historias y en las relaciones de estas regiones. Era también una de las más numerosas, y yo creo también que la más fiera, la más fuerte, la más guerrera y la de más alta talla. Habitaba el Chaco, casi frente a Asunción, capital del Paraguay; su lenguaje era muy gutural y diferente de todos los demás; no cultivaba la tierra y vivía de la caza. De esta nación tan orgullosa y tan poderosa no queda hoy mas que un solo hombre, el mejor proporcionado del mundo, que mide seis pies y siete pulgadas de alto. Tiene tres mujeres, y para no estar en tan grande soledad se ha reunido a los tobas, de que ha adoptado el traje y la manera de pintarse. El deplorable exterminio de esta valiente y soberbia nación no procede solo de la guerra continua que no ha dejado de hacer los españoles y a los indios de todas clases, sino también de la costumbre bárbara adoptada por las mujeres, que se hacían abortar y solo conservaban a su último hijo. (Véase lo que antes he dicho de los mbayás). Se debe también presumir que es entre los guaicurús donde este uso inaudito ha tenido su origen antes que ninguna otra nación lo conociera; esto es, al menos, lo que hace pensar su destrucción total, y lo que hay de seguro es que esta costumbre le era desconocida en otro tiempo.

Para formarse una idea del efecto destructor de esta execrable costumbre basta pensar que el producto de ocho casamientos solo será de ocho hijos. Según las reglas de probabilidades de duración de la especie humana, solo cuatro llegarán a los ocho años y de estos cuatro solo dos pasarán de los treinta. ¿Qué pasará cuando no se críe mas que un solo hijo, que formará la segunda generación? Siendo la primera de ocho, resulta que disminuyen las generaciones en progresión geométrica, que es en razón de ocho a uno. Resulta, pues, que las naciones que siguen este uso desaparecerán pronto de la superficie terrestre. ¡Qué lástima ver exterminarse así, por sí mismas, las naciones de la mayor talla, las más fuertes, mejor proporcionadas y más bellas que haya en el mundo! Lo más doloroso es que no veo posibilidad de poner remedio. Yo creía que el amor de los padres, y sobre todo de las madres, por sus hijos procedía de la Naturaleza misma, y que la fuerza de este sentimiento era tan imperiosa que ningún ser viviente dejaba de poseerlo en grado supremo; pero estos indios demuestran que hasta esta regla tiene sus excepciones.

LENGUAS.- Esta nación se da a sí misma el nombre de juiadgé; los payaguás la llaman cadalu; los machicuyus, quiesmagpipo; los enimagas, cochaboth ; los tobas y otros indios, cocoloth ; y los españoles los llaman lenguas, a causa de la forma particular de su barbote. Las relaciones y las historias la confunden ordinariamente con la nación guaicurú, pero es muy diferente de todas las demás. Vivía errante en el Chaco y en la vecindad de los guaicurús, y era una de las naciones más respetadas y formidables, orgullosa, presuntuosa, feroz, vengativa, implacable y tan holgazana, que no conocía más ocupaciones que la caza y la guerra. Sus armas eran las mismas que las de los mbayás, es decir, una lanza, una maza y algunas flechas. Montaban también sus caballos en pelo y tenían gran cuidado de los que estaban destinados al combate. En la guerra procuraban sorprender al enemigo, pero no dejaban de atacarlo de frente, como hemos visto en los mbayás, y mataban a todos los hombres adultos, no respetando sino las mujeres y los niños. He hablado de esta nación como si no existiera porque, a la verdad, está a punto de expirar. En 1794 no estaba compuesta mas que de catorce hombres y ocho mujeres, de todas las edades, lo que da un total de veintidós individuos. De estos indios cinco se habían establecido con D. Francisco Amansio Gonzáles, siete se habían reunido a la nación pitilaga, y el resto, a los machicuys. Estimo su talla media en cinco pies y nueve pulgadas, y sus proporciones son las más bellas del mundo. Se cortan los cabellos por delante a la mitad de la frente, y el resto a la altura del hombro, sin atárselo nunca. Desde que nacen les agujerean las orejas, y se meten en el agujero sucesivamente, durante todo el curso de su vida, trozos de madera, cada vez mayores, resultando unos agujeros tan grandes que a la vejez forman círculos de más de dos pulgadas de diámetro, y que las orejas les caen sobre los hombros, de manera que cuesta trabajo creer que son orejas y el agujero que las perfora hayan tomado tal desarrollo. En esto se parecen a las mujeres aquitedechidagas, de que antes he hablado.

En todas las naciones indias el barbote caracteriza al sexo masculino. El de los lenguas es singular en extremo. Se reduce a un semicírculo de diez y seis líneas de diámetro, formado por una pequeña lámina de madera, que introducen diametralmente en un corte horizontal que se hacen en el labio inferior y que penetra hasta la raíz de los dientes; de manera que a la primer ojeada se diría que tienen dos bocas y que la lengua les sale por la inferior; esto es lo que ha dado origen al nombre de lenguas, porque este pedazo de madera o barbote tiene el aspecto de una lengua, y como no puede ajustar nunca perfectamente el corte, resulta que caen de él constantemente saliva y baba, que le dan un aspecto asqueroso. Este corte es muy pequeño en los niños, pero no cesan de aumentarlo durante toda su vida metiendo sucesivamente láminas cada vez mayores.

Los lenguas no entienden una palabra del lenguaje de todos los otros indios, lo que prueba que el suyo es totalmente diferente. Sobre esto me he fundado siempre para decir que en todas estas naciones hay un lenguaje particular que no tiene relación con el de ninguna otra. Don Francisco Amansio, de quien ya he hablado, dice lo mismo; es más cree que el lenguaje de los lenguas no está falto de elegancia ni de precisión, pero su pronunciación es nasal y gutural y extraordinariamente difícil. En cuanto a los otros usos de que no hemos hablado aquí, se parecen a los mbayás, incluso en los trajes; solo que carece por completo de caciques.

No reconocen culto, ni divinidad, ni leyes, ni jefes, no obediencia, siendo libres en todo. Emplean entre sí una singular fórmula de urbanidad cuando ven a alguien después de algún tiempo de ausencia. He aquí a lo que se reduce: los dos indios derraman algunas lágrimas antes de decirse una sola palabra; obrar de otra modo sería un ultraje o al menos una prueba de ser visita desagradable. Aunque no se pintan el cuerpo tanto como los payaguás, celebran las mismas fiestas y se emborrachan igualmente. No cultivan la tierra, siendo la guerra su única ocupación, juntamente con la caza y el robo, que practican apoderándose del ganado perteneciente a los españoles. La destrucción de esta nación procede igualmente de que todas las mujeres han adoptado la costumbre de matar a sus hijos haciéndose abortar, a excepción del último de la misma manera que los mbayás. Las mujeres de los lenguas se abstienen igualmente de carne y de todo alimento susceptible de contener grasa, cuando tienen su enfermedad periódica, así como tres días después de dar a luz. Durante el parto no las asiste nadie, y a continuación de él no dejan de hacer sus trabajos ordinarios.

No dan a sus enfermos mas que agua caliente, frutos o alguna otra bagatela, y si no se curan enseguida los abandonan por completo y los dejan morir. Tienen tal horror de los muertos que no dejan a nadie morirse en sus chozas o casas. Cuando se imaginan que uno va a morir lo cogen por las piernas y lo arrastran a unos cincuenta pasos. Lo colocan de espaldas, y la parte posterior sobre un agujero hecho expresamente para que haga sus necesidades. De un lado le encienden fuego y del otro le dejan un cacharro lleno de agua, por si tiene sed. No le dan nada mas, si bien se aproximan con frecuencia, no para socorrerlo ni hablarle, sino para ver desde lejos si se ha muerto.

Tan pronto como el enfermo ha expirado, algún indio, pagado por los parientes, o algunas viejas, lo envuelven, sin perder un instante, en su cobertor de tela o de piel, con sus adornos y trajes, se le coge por los pies y se le arrastra a una centena de pasos o hasta que se cansan, se cava una fosa y se le entierra de manera que apenas queda cubierto. Los parientes lloran durante tres días, pero ni ellos ni ningún otro pronuncian el nombre del muerto, aunque refieran algunas de sus más notables acciones. Lo más extraordinario es que a la muerte de cualquiera de ellos todos cambian de nombre; de modo que en toda la nación no queda ninguno de los antiguos nombres. Cuando uno muere dicen que la muerte estaba en su casa y que se llevaba la lista de los que vivían, para volver a matarlos en seguida, y que cambiándose el nombre la muerte no los encontrará e irá a buscar a otro lado.

MACHICUYS.- Así denominan los españoles del Paraguay a una nación que se llama a sí misma cabanathaith, y que los lenguas conocen con el nombre de marcoy. Habita en el interior del Chaco, a orillas de un riachuelo que llaman Lacta y Nelguata, y que se reúne al río Pilcomayo antes de su unión con el Paraguay. No obstante, no siempre se verifica esta reunión, porque antes se pierde en los terrenos inundados. Su lenguaje es no solo nasal y gutural y diferente de todos los otros, sino que además las palabras son tan largas y tan llenas de síncopas y diptongos, que don Francisco Amansio Gonzáles, que ha procurado aprenderlo de los indios que tenía consigo, está admirado de que sus hijos mismos puedan llegar a hablarlo.

La nación está dividida en 19 hordas o pueblos, de que es imposible pronunciar los nombres, y menos aun escribirlos. Los pondré, sin embargo, aquí lo mejor que pueda y tal como mi oído ha podido coger los sonidos; pero no dudo de que si se dictan a veinte personas, todas convendrán en que es imposible escribirlos, y si quisieran hacerlo, cada uno lo ejecutaría de un modo diferente. La primera, quiomoguigmon, está subdividida en tres; el cacique principal se llama Aubuyamadimon; la segunda se llama cabanathaith; la tercera, quiesmanapon; la cuarta, quiabanalaba; la quinta, cobayte; la sexta, cabastigel; la séptima, emegsepop; la octava, quioeyeé; la novena, quiomomcomel; la décima, quiaoguaina; la oncena, quiaimmanagua; la doce, quiabanaelmayesma; la trece, quiaguailyeguaypon; la catorce, siquietiya; la quince, quiabunapuaesia; la diez y seis, ycteaguayenene; la diez y siete, painuhunguié; la diez y ocho, sanguotaiyamoctac; y la diez y nueve, apieguhem .

Cuatro de estas hordas, que pueden formar 200 hombres de armas, van a pie y carecen en absoluto de caballos; pero las otras, en número de cerca de mil guerreros, tienen una gran cantidad de caballos y montan a pelo, como he dicho con los mbayás y de los lenguas. Una de estas hordas habita en cavernas excavadas por ella; son pequeñas y muy sucias, no recibiendo la luz mas que por una pequeña puerta, o más bien por una abertura que ni siquiera tienen con que cerrar. Encienden el fuego fuera. Las otras hordas construyen sus tiendas o chozas portátiles con mantas, como los lenguas, a los que no ceden ni por su talla, ni por sus formas, ni por su fuerza, ni por la elegancia de sus proporciones. Se los asemeja también por el tamaño de sus orejas, por la costumbre de tener caciques, por sus fiestas, por sus borracheras y por todos sus usos. Es necesario comprender entre ellas la costumbre que tienen todas las mujeres de hacerse abortar constantemente, excepto en su último embarazo, del modo que ya hemos explicado.

Pero prefieren en que su barbote es semejante al de los charrúas y otros que hemos descrito, y en que solo hacen la guerra para defenderse o para vengar las injurias, porque son muy vindicativos, como todo indio. Su manera de hacer la guerra es semejante a la de los lenguas; tienen las mismas armas; matan, como ellos, a todos los hombres adultos y solo conservan los niños y las mujeres. La caza y algunas ovejas que crían son sus principales medios de subsistencia; no obstante, hacen aun más uso de los productos de su agricultura, que, como la de los guanás, consiste en maíz, cazabe, judías y otros frutos del país. No hace mucho que se han procurado algunos perros, y los quieren tanto que les permiten el tiempo en tiempo comerse alguna oveja.

ENIMAGAS. – Con este nombre se conoce en el Paraguay una nación de indios que se llama a sí misma cochaboth, y que los machicuys llaman etaboslé según una tradición conservada por los enimagas, esta nación estaba dividida en dos bandas en la época de la llegada de los españoles. Habitaban la orilla austral del río Pilcomayo, en la parte más interior del Chaco. Se dice que antes de esta época tenían en una especie de esclavitud a los mbayás; pero como estos indios eran extremadamente altaneros, orgullosos y feroces, y declaraban la guerra a todo el mundo, excepto a la nación guentusé, sufrieron grandes pérdidas, y su número disminuyó considerablemente. Los mbayás se aprovecharon para abandonarlos, escapándose al Norte. Viéndose los enimagas debilitados hasta este punto, hicieron la paz y se incorporaron a los lenguas, de que habían sido anteriormente aliados y amigos. Pero esto no les impidió hacer la guerra a todos los otros, de manera que sus pérdidas continuas han forzado a una de sus hordas, reducida a 150 hombres de armas, a abandonar su país para ir a establecerse hacia el Norte, a orillas de un río que atraviesa el Chaco y se reúne al Paraguay a los 24º 24´ de latitud, y que ellos llaman Flagmagmegtempelá. La otra división, que no estaba compuesta más que de 22 hombres, contando el número correspondiente de mujeres, se ha retirado a vivir con D. Francisco Amansio Gonzáles, que les proporciona carne para su alimento.

Aunque el lenguaje de los enimagas sea diferente del de los lenguas, de manera que no se entienden los unos con los otros, Gonzáles encuentra cierta relación entre la construcción de sus frases. Este lenguaje es muy gutural y muy difícil. Vestidos, adornos, talla, color, todo es como en las lenguas, y es inútil repetir estos detalles. En efecto, la sola diferencia es que su barbote se asemeja al de los machicuys y otros muchos indios y que las mujeres no han adoptado la costumbre de hacerse abortar. Van a caballo y están armados como los lenguas. Su subsistencia procede hoy de la caza y un poco de agricultura, que se practica por sus esclavos. Parecen más inclinados al divorcio que ninguna otra nación de indios. En efecto, yo conocí uno que a los treinta años de edad había repudiado ya seis mujeres y tenía la séptima.

GUENTUSÉ.- Esta nación habitaba en otro tiempo el Chaco, frente a los enimagas, de los que han sido y son aún amigos tan fieles, que han abandonado su patria para seguirlos en su emigración y se han fijado, al lado de ellos, cerca del río Flagmagmegtempelá, de que hemos hablado. Está dividida en dos hordas, que pueden formar aproximadamente trescientos hombres de armas; pero no son inquietos y no hacen más guerras que las defensivas. Su idioma parece ser una mezcla de los de los lenguas y los enimagas, lo cual procede sin duda de las relaciones continuas que han tenido con los dos pueblos. Por lo demás, sus formas, su talla y sus usos son los mismos que entre los lenguas; pero las mujeres no se hacen abortar. Su barbote se parece al de los enimagas y de la mayor parte de los indios. No conocen jefes, ley, ni religión, etc.

Viven de la agricultura y de la caza; pero no se crea que estos indios emplean animales y arados para sus ocupaciones de los campos, porque no hacen uso de otros instrumentos que palos puntiagudos que les sirven para hacer agujeros donde meten el grano o semilla. Con esto puede formarse una idea de su agricultura. Los guanás, que sobrepujan a todos los otros en este arte, se sirven de omoplatos de buey o de caballo enmangados en un palo, a modo de pico. Como estas naciones, aun las agrícolas mismas, son más o menos errantes, los indios siembran en cualquier parte donde pasan lo que se les ocurre, y luego vuelven para hacer la recolección.

TOBAS.- Así denominan los españoles esta nación, llamada por los enimagas y los lenguas natocoet y yucanabacté. Puede estar compuesta de quinientos guerreros, que habitan el Chaco entre el río Pilcomayo y el Bermejo. Su lenguaje es muy diferente de todos los otros, muy gutural y muy difícil; pero como son vecinos de los pitilagas y los ven y los frecuentan mucho, emplean las mismas frases y los mismos giros. Se parecen a los payaguás por sus orejas, su barbote y su costumbre de criar a todos los niños; pero tienen mas relación con los lenguas en lo que se refiere al uso de caballos, talla, proporciones, libertad, igualdad, ignorancia de la divinidad, de la religión y de las leyes. Otro tanto digo de todos sus usos, de su fuerza, de su pereza y de su manera de alimentarse, que se reduce a la caza. Pero tienen además algunos rebaños, poco considerables, de vacas y de ovejas. Los jesuitas, otras Ordenes y varios gobernadores han formado con frecuencia poblados y varios gobernadores han formado con frecuencia poblados de estos indios, pero ninguno ha subsistido.

PITILAGAS. – Esta nación está compuesta de doscientos guerreros, que viven en un solo pueblo, no lejos del río Pilcomayo, y de indios tobas, en un distrito que posee algunas lagunas saladas. Ya he dicho que su lengua, gutural, nasal y difícil, tenía las mismas frases y los mismos giros que la de los tobas. En cuanto a lo demás, se parecen en todo a los mismos tobas, que acabamos de describir, y a los que se reúnen ordinariamente para pasar el Paraguay e ir a robar caballos y rebaños de los españoles en esa región.

AGUILOT.- Así llaman los enimagas a esta nación, a la cual los españoles no han dado nombre todavía. El número de sus guerreros no pasa de ciento. Habitan en el interior del Chaco, en las orillas del río Bermejo, pero hace cerca de diez años que abandonaron su país para ir a incorporarse a los pitilagas. Yo presumo que esta nación no es esencialmente diferente de la de los moncobys, porque su lenguaje es el mismo, aunque mezclado de frases y expresiones del idioma toba. Es posible que esta mezcla provenga de su trato recíproco y no de una relación de origen. Sea lo que sea, su talla, sus formas y sus costumbres se asemejan en todo a las de los moncobys y, como ellos, no tienen ni religión, ni jefes, ni leyes.

MONCOBYS. – Esta nación, fiera, orgullosa, guerrera y temible tanto como perezosa, se divide en cuatro hordas principales, que todas juntas pueden formar dos mil guerreros y que habitan las orillas del río Bermejo o Ipitá, en el interior del Chaco. No conoce la agricultura y no viva mas que de la caza y de la carne de algunas vacas y carneros, de que posee rebaños, sin contar los animales que anualmente roba a los españoles del Paraguay, de Corrientes y de Santa Fe. Su lenguaje es enteramente diferente de todos los otros, original y difícil, y nos es imposible escribirlo con nuestras letras, así como todos los que tienen la pronunciación nasal y gutural. Yo presumo que su talla media es de cinco pies y seis pulgadas. En cuanto a sus proporciones, son bellas y anuncian gente robusta. Montan bien a caballo, siempre en pelo, como los lenguas, los tobas, etc., y sus armas son las mismas, es decir, una lanza y una maza, y flechas cuando combaten a pie. Matan a todos los hombres adultos de sus enemigos y solo conservan las mujeres y los niños.

Se parecen a los otros indios por el color, la gravedad de la cara y todas las cualidades de que antes he hablado. No conocen ni divinidad, ni religión, ni culto, ni jefes, ni leyes obligatorias. Sus médicos, sus caciques, sus casamientos, sus borracheras, sus chozas o casas, su barbote, sus trajes y sus pinturas son absolutamente los mismos; pero sus mujeres, además, se trazan muchos dibujos diferentes sobre el seno. Se ha tratado en todo tiempo de civilizar y colonizar a esta nación, que tanto ha molestado a los españoles por sus robos de ganados. Se han gastado, en diversas épocas y lo mismo en mi tiempo, sumas inmensas para este efecto, y se han formado muchos poblados con estos indios; pero todos han desaparecido y no subsisten mas que tres del lado de Santa Fe, que son: San Javier, San Pedro e Inispín. Veremos en el capítulo XIV que ninguno de ellos se ha civilizado ni es cristiano, cuando yo expliqué lo que son estos poblados y como se forman.

ABIPONES. – Los antiguos españoles dieron a los indios de esta nación el nombre de mepones; los indios lenguas los llaman ecusgina , y los enimagas los llaman quiabanabaité. Habitaban hacia el 28º de latitud, en el Chaco, y su idioma era diferente de los otros, difícil, nasal y gutural. Hacia el comienzo del último siglo de los abipones se empeñaron en una guerra cruel con los moncobys, a los cuales no cedían ni en orgullo, ni en fuerzas, ni en talla; pero como eran mucho menos numerosos, se vieron precisados a implorar la mediación y protección de los españoles. Éstos les fundaron algunas reducciones o poblados, cuyo cuidado confiaron a los jesuitas. Hoy no existe mas que una sola, es decir, las de San Jerónimo, establecida en regla en 1748. Pero como es difícil que la venganza de los indios se extinga, la guerra continuó, con más o menos ardor, y un parte de los abipones se expatrió y pasó el río Paraná para formar en 1770 el poblado de Las Garzas. Yo he pasado por este lugar, y según supe por el cura y luego por otras personas, estos abipones están hoy en el mismo estado que los de San Jerónimo, es decir, sin cristianismo ni civilización y conservando casi todas sus antiguas costumbres. Observé al primer golpe de vista que la mayor parte de ellos se arrancaban las cejas, las pestañas y el pelo del cuerpo; que se cortaban al rape una faja de cabellos desde la frente hasta lo alto de la cabeza, y las mujeres llevaban pintada, de un modo indeleble, una pequeña cruz de brazos iguales en medio de la frente; cuatro líneas horizontales y paralelas sobre la nariz, en el nacimiento de las cejas, y a cada lado dos líneas que parten del ángulo exterior del ojo. Los abipones se asemejan a las demás naciones en todo lo que anteriormente he dicho: por su manera de emborracharse y de celebrar las crueles fiestas antes descritas; por sus médicos y manera de tratar a los enfermos; en que no conocen ni divinidad, ni religión, ni ley, ni obligación; por el barbote, las chozas o casas, los caciques, los trajes, los adornos, las pinturas y el casamiento; por la manera de tratar a sus esclavos y el horror por los muertos. Este horror es tal, que no dejan los cadáveres un instante en las chozas o casas y los llevan en seguida al cementerio; cavan una fosa poco profunda, y entierran al difunto con todo lo que le pertenecía, a fin de que no quede nada que pueda recordar su memoria; y con la misma idea matan sobre la tumba los caballos de que el indio se servía con más frecuencia. Si la persona ha muerto en un paraje muy alejado del cementerio hacen lo que antes he dicho. Pero como tienen mucho comercio con los españoles hay muchos que no llevan barbote (aunque no tengan en el labio el agujero destinado a colocárselo) y que, en lugar de mantas de algodón, llevan ponchos de lana, así como sombreros, que les dan los españoles o que ellos mismos se procuran. Algunas mujeres se visten como las españolas pobres, no se afeitan por encima de la frente y se dejan crecer las cejas.

VILELAS Y CHUMIPIS. – Yo no sé de estas dos naciones mas que lo que me han dicho los lenguas y los enimagas; es decir, que habitan el Chaco en los alrededores de la ciudad de Salta, al sur del río Bermejo; que son muy pacíficos, viven de la caza y de la pesca, y principalmente del cultivo de la tierra, y que cada una de ella no posee mas que un poblado, compuesto aproximadamente de cien guerreros; que su lenguaje no tiene relación alguna el uno con el otro, y que tampoco la tiene con el de las otras naciones.

XARAYES. – En la época de la llegada de los españoles esta nación vivía en un paraje bajo e inundado que los portugueses llaman aún Matogroso. Su población era poco considerable; su talla, grande anunciaba la fuerza; su lenguaje era diferente del de los otros. Eran tan pobres como todos los indios salvajes. Los hombres iban enteramente desnudos y en lugar del barbote se metían en el agujero del labio inferior la corteza de un gran fruto. Las mujeres no se cubrían mas que las partes sexuales y se trazaban sobre la cara muchas rayas y dibujos indelebles. Yo supongo que estos indios son los mismos a que los portugueses dan hoy el nombre de bororos. He aquí los únicos datos que tengo seguros de esta nación; porque todo lo demás que se encuentra, relativo a su imperio, sus cualidades y a su misma situación, en las historias, en las relaciones antiguas y aun modernas, es enteramente falso.

Había además al oeste del río Paraguay, en la provincia de Chiquitos, muchas naciones indias diferentes unas de otras, poco numerosas, pero hablando lenguas muy distintas. Estas naciones estaban enclavadas entre varios pueblos pequeños de guaraníes salvajes. todas han sido sometidas o civilizadas por los españoles de Santa Cruz de la Sierra y por los jesuitas, en la provincia de Chiquitos, de que antes hemos hablado.



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Autor: Francisco Javier Mendivil Navarro Fecha: 6 de abril de 2026 última revisión

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