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Zoología. Peces. Los Tres Reinos de la Naturaleza. Tomo 5. Página 47.

Buffon Los Tres Reinos de la Naturaleza



ICTIOLOGÍA O TRATADO DE LOS PECES. 47

al vestíbulo; pero la mayor se esparceen una infinidad de filamentos que forman un precioso aparato debajo de la pared del saco que contiene el otolito grande.

En las rayas y los escualos los canales semicirculares difieren algún tanto por su disposición de los de los peces óseos, abocando á un vestíbulo en forma de tubo, cuya extremidad superior se adhiere á la ventana oval. Este vestíbulo, después de haber recibido los canales semicirculares, remata en un gran saco oval que tiene á su vez dos apéndices, uno anterior y otro posterior. No cabe dudar que este apéndice representa la pequeña cavidad, único vestigio del caracol que ha quedado á los reptiles, tanto mas cuanto que en los vertebrados de esta clase contiene también una pequeña masa semejante á almidón. Esta conclusión debe probablemente extenderse al saco de los peces óseos, á pesar de su posición posterior, y mucho mas siendo asi que á menudo, y acaso siempre, está dividido en dos cavidades por un tabique membranoso.

Los oidos, tales como acabamos de describirlos, son, según se ve, mucho menos perfectos que los de los cuadrúpedos, de las aves y hasta de la mayor parte délos reptiles. Faltos de tímpano, de huesecillos y de trompa de Eustaquio, apenas pueden recibir la impresión de las vibraciones del elemento ambiente sino en cuanto estas vibraciones se comunican al cráneo; y aun asi, como los huesos no rodean de cerca al laberinto, no puede el cráneo trasmitirle sus movimientos sino de un modo muy debilitado. La falta de un verdadero caracol y de su lámina fibrosa no permite creer que el oido de los peces pueda afectarse por la diferencia de los tonos. Todo cuanto ofrece al fisiólogo, consiste en un aparato membranoso muy sensible en el cual los filetes nerviosos que se distribuyen por las ampollas de los canales semicirculares, deben compartir todos los movimientos del Huido donde están sumergidos; y en el cual ademas los que van á los sacos y al vestíbulo deben estar aun mas vivamente agitados por las sacudidas que estos miembros imprimen á las piedras contenidas en aquellas cavidades.

Es probable, pues, que oigan los peces; que el ruido produzca en ellos una fuerte sensación, pero que no distingan ni la infinita variedad de tonos y de voces, ni las articulaciones que tan vivamente hieren á los cuadrúpedos y á las aves según podemos observarlo todos los dias. Todo cuanto nos dice la experiencia acerca del grado de la facultad que poseen los peces de oir, se reduce á que les espantan fácilmente los sonidos súbitos y desconocidos, que los pescadores se ven obligados á guardar profundo silencio para no ahuyentarlos, y que se habitúan á dejarse llamar para recibir sus alimentos reconociendo los sonidos que para ellos se emplean. Ya sabemos que los romanos les acostumbraban á conocer sus propios nombres, pero ignoramos si los modernos han conseguido hacer tantos progresos en su educación.

En cuanto á esos aparatos espaciales que se han concedido á algunos géneros (ciprinos, siluros, cobitis, lepidolepros) y en los cuales se han creido encontrar lossuplentes ó bástalos análogos del tímpano ó de los liUBsecillus del oido de los mamíferos, como son órganos excepcionales que distan mucho de pertenecer á la clase entera, prescindiremos de su descripción para darla al tratar de cada género en particular.

§ \. De la visión.

Malpighi describió la membrana rugosa que forma el nervio óptico. Petit (1720 y 1730) escribió circunstanciadamente de las formas y de las curvaduras de las partes del ojo y especialmente del cristalino de muchos peces de agua dulce y salada. Ilaller (1762 y 1766) estudió con muchísima exactitud todos los ór-

ganos oculares, dando á conocer muy bien el ligamento falciforme del cristalino, las dos láminas de la retina, etc., y confundiendo con un músculo el cuerpo rojo comprendido entre la ruisquina y la esclerótica. Vicq-d'Azyr no menciona el ojo en sus Memorias sobre los peces; y Monro se limita á algunos detalles sobre sus humores, considerados bajo el punto de vista dióptrico. Cuvier dio á conocer sobretodo varias diferencias de los ojos de los condropterígios, y algunas mas Rosenthal (1811). Scemmering (1818) estudió muy bien el ojo de los peces. Encuéntranse también algunos hechos útiles en la tesis de Angely (Erlang, 1803) sobre el ojo y los órganos lagrimales; en la de Muck sobre el ganglio oftálmico (Landshut, 1815); y en la de Massalien sobre los ojos del atún y de la gíbia (Berlín, 1*15). Por fin, Jurine (Ginebra, 1821) hizo importantes observaciones sobre el ojo de muchos peces.

El ojo de los peces se halla suspendido en una órbita abovedada por encima por el frontal principal, limitada por delante y por detrás por los frontales anterior y posterior, y por debajo por la cadena de los huesos suborbitarios. Su fondo está ocupado por el esfenoides anterior y las membianas que á él se adhieren; y su piso, en fin, se encuentra sostenido en parte por el epterigoideo y por una porción mas ó menos considerable de los demás huesos del aparato epterigopalatino.

La posición, la dirección y el tamaño de los ojos de los peces varían al infinito. En unos miran al cielo y están á menudo cerca el uno del otro; en otros se hallan muy separados en los lados ó bien un poco dirigidos hacia abajo. Pero de todas las direcciones la mas extraordinaria es la que se observa en el género de los pleuronetes (rodaballos, platijas, lenguados, etc.) los cuales tienen los dos ojos situados, el uno encima del otro, en el mismo lado de la cabeza. Hay los en ciertos peces de los géneros de las anguilas y de los siluros tan pequeños que apenas se les percibe; y en otros peces, tales como el priacinlo ó el pomatomo, pasan por su diámetro proporcional de todo cuanto se conoce en las clases superiores. Sin embargo, puede decirse en general que los peces tienen el ojo grande, y sobre todo que su pupila es ancha y abierta, como convenia que fuese para recoger los rayos en el fondo de las aguas á donde llegan en tan corta cantidad.

No se ven verdaderos párpados; la piel pasa siempre por delante del ojo, tormando en él una conjuntiva poco adherente que, las mas de las veces, adquiere la transparencia necesaria para que los rayos puedan llegar al órgano. En ciertos peces, como la anguila, pasa sin formar el menor repliegue; y aun en algunas (Cecilia y gastrubranco) queda opaca y oculta el vestigio del ojo. En otros tales como el escomber y el arenque, forma delante y detras un repliegue adiposo; pero estos repliegues son fijos y sin músculos ni movilidad. Los escualos ofrecen uno mas móvil en el borde inferior de la órbita. A veces, como en el pez luna, la piel se hincha alrededor del ojo y se guarnece interiormente de fibras que componen una especie de estincter, cuya acción esta contrabalanceada por muchos haces de fibras en direcciones radiantes.

El globo del ojo es bastante poco móvil. Lo mismo que el del hombre, tiene seis músculos, de los cuales cuatro son rectos (números 1, 2, 3, 4) y vienen del fondo de la órbita por detrás y casi del contorno del agujero óptico, y dos oblicuos (a, b) que nacen de la pared anterior de la órbita, y se insertan trasversal-mente en el globo, uno encima y otro debajo. El oblicuo superior no tiene la polea que cambia su dirección en los cuadrúpedos; y ademas también falta el músculo que estos últimos presentan en forma de embudo. —Si la dirección de los músculos rectos se con-



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