Zoología. Peces. Los Tres Reinos de la Naturaleza. Tomo 5. Página 59. en Aragón.

Zoología. Peces. Los Tres Reinos de la Naturaleza. Tomo 5. Página 59.

Buffon Los Tres Reinos de la Naturaleza

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Autor: Francisco Javier Mendivil Navarro Fecha: 6 de octubre de 2023 última revisión

contrario á la agricultura y tan poco favorable al desarrollo de la inteligencia, habían los sacerdotes del Egipto inspirado á su pueblo horror al mar, y proscrito el pescado ; y cuando vieron defraudados sus deseos en una nación surcada por un caudaloso rio, por muchos canales y por grandes lagos, que tan prodigiosa cantidad de seres acuáticos les regalaban, se impusieron á si mismos la prohibición de comer pescado. Con efecto , la gran mayoría de los egipcios se entregó con ardor á la pesca; comió pescados crudos, secados al sol ó salados; en algunas regiones no se conocía otro alimento.

En los monumentos construidos bajo la dirección de los sacerdotes egipcios, se encuentran imágenes muy heles de mormiros, siluros, cromis, mugiles, etc.

Ademas se embalsamaban varias especies á causa sin duda del culto que se les rendia. Estrabon asegura que en todo el Egipto eran reverenciados el oxirinco y el lepidoto. Al primero particularmente se le había erigido un templo en la noma y en la ciudad de su mismo nombre. En Latópolis se veneraba al latos; en Elefantina el meólo; en Siena el fagro ó fagrorio. Este último era probablemente también un objeto de culto en la noma fagroriopolitana, que era una de las del Bajo Egipto. Los escritores que se creen en el deber de buscar explicaciones á esos cultos extravagantes, los derivan, ya de alguna propiedad natural, ya del papel que se hacia desempeñar á estos peces en la mitología natural. Eliano cree que los honores tributados al fagro provenían de que su llegada anunciaba el próximo desbordamiento del Nilo, y que se reverenciaba al oxirinco porque se le suponía nacido de las heridas de Osiris. Plutarco, al contrario, pretende que el fagro, el oxirinco y el lepidoto causaban horror a los egipcios, porque habían devorado las partes genitales de Osíns cuando Tifón arro]ú sus miembros al Nilo.

Esas interpretaciones contradictorias, y tal vez igualmente atrevidas, de prácticas pueriles, nada influyen en nuestra tarea, porque de todos modos queda sentado que se tenian algunas ideas acerca de los peces comestibles y de los que debían soltar luego de cogidos. Ademas, la costumbre de ver las especies sagradas que debían criar sin duda en los templos como otros tantos animales dedicados á los dioses, y la de abrirles después de muertos para embalsamarles, habian de proporcionar á los hombres á cuyo cargo corrían estas funciones, un conocimiento mas particular de su conformación y de sus costumbres.

La pesca tuvo mucho menos importancia entre los ludios que no habitaban el litoral del mar, y en cuyo país no se conocia mas que un rio regular y dos pequeños lagos de agua dulce, pues el mar Muerto es harto salado para nutrir peces. Sin embargo, Moisés, á lo menos por precaución, les habia prescrito algunas reglas en el uso de este alimento, prohibiéndoles todos los peces sin aletas ó sin escamas, reliriéndose sin duda por una parte á los siluros, y por otra á los diferentes reptiles acuáticos, á los cuales se atribuía aparentemente alguna cualidad nociva. Los judíos no obraban con cordura aplicando esta regla á la anguila, pues no es exacto que carezca de escamas.

Los fenicios, habitantes de la costa, surtían de peces á los judíos; pero esto es lo único que de aquellos se sabe. Los fenicios ó los cartagineses debieron ser sin duda los fundadores de esos grandes establecimientos de pesca y de salazon-queflorecían en tiempo de los romanos en las costas de España. En las medallas púnicas de Cádiz y de Carteia se ven figurar á menudo atunes y otros peces, y el nombre de la misma ciudad de Málaga viene, según Bocharl, de la palabra hebrea y fenicia Malach, que significa soler.

En los griegos principian á verse las primeras ba-

ses de la ictiología, lo mismo que las de las demás ciencias. Se ha pretendido que en un principio menospreciaban como alimento los peces, pues jamás le usan los héroes de Homero, y como Ulises refiera que sus compañeros aguijoneados por el hambre, se habian apoderado de varios peces, algunos comentadores han creído encontrar una excusa en las siguiente, palabras:

Odisea, I. xu, v. 332. (Porque el hambre nos oprimía el estómago);

palabras que Menelao pronuncia en una circunstancia análoga (Odisea, I. iv, v. 36), pero que no prueban en manera alguna, ni que fueran despreciados los peces, ni que fuese desconocido el arte de la pesca. El hecho mismo de que los compañeros de Ulises y de Menelao iban provistos de anzuelos (r«.,»*T<.,i aTxuTrpoicv) prueba lo contrario. Platón y Ateneo atribuyen esa abstinencia de pescado de parte de aquellos guerreros al temor de enervarse con manjares demasiado deliciosos.

Por otra parte, habla Homero en muchos pasajes de la pesca con el anzuelo y con la red. Compara los amantes de Penélope espirantes con los peces que palpitan amontonados en la playa donde vacian los pescadores sus redes. Cuando Escita arrastra á su gruta á seis de los compañeros de Ulises, les pinta cual el pececillo al que el pescador acaba de tirar un cebo suspendido de una larga vara. Hesiodo pinta en el escudo de Hércules un atento pescador pronto á echar sus redes sobre los peces que persigue un delfín. Y con efecto, ¿cómo se explicaría que tal ignorancia ó semejante prevención, dado caso que fueran ciertas algún día, hubiesen podido subsistir en un país como la Grecia, entrecortado donde quiera por golfos y por brazos de mar, y cuya población, en gran parte isleña, se dedicó tan tempranamente á la navegación?

Los pescados frescos y salados fueron pues muy pronto el artículo acaso mas importante de la alimentación de los griegos. Cítasele sin cesar en los poetas cómicos: Aristófanes, en los cortos fragmentos que de él nos quedan, le alude mas de veinte veces, y Ateneo menciona acaso doscientos pasajes de autores y de obras, hoy día perdidas, que trataban también de él.

El arte de la pesca se convirtió de esta suerte en una de las industrias mas lucrativas y mas generales; levantáronse en los sitios favorables grandes establecimientos de salazón que se trasformaron en populosas ciudades; Sinope y Bizaucio florecieron sobre todo por esta causa; y la abundancia de los peces le valió al puerto de esta última el nombre de cuerno dorado. Los particulares conseguían con este comercio rápidas fortunas, y mas de una vez se burlaron los antiguos cómicos de un comerciante de salazones, llamado Querelilo, admitido como ciudadano de Atenas, y cuyo hijo derrochaba en orgías el caudal que su laborioso padre habia atesorado.

Diferentes personajes fueron objeto de sátiras, no mas que por haber sido aficionados con exceso al pescado. Tales fueron un tal Calimedon, llamado por apodo la langosta, que era una fuente inagotable para los cómicos; Filoxenes de Citerea, poeta ditirámbico, quien, habiéndole dicho su médico que iba á morir de indigestion por haberse comido gran parte de un pescado, pidió que le dejaran comer luego el resto, cuento chistoso que tan bien supo versificar La Fontaine; los grandes oradores Calias é Hipérides que amaban no menos el pescado que los juegos de azar, Melanto el trágico y otros muchos mas. Citase particularmente á Androcides de Cisica, quien pintó con



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