Anfibios. Vertebrados. Zoología. Diccionario Ciencias Naturales. Diccionario

Anfibios. Vertebrados. Zoología. Diccionario Ciencias Naturales.

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Autor: Francisco Javier Mendivil Navarro Fecha: 19 de diciembre de 2022 última revisión

Los anfibios hicieron su aparición en nuestro planeta hace aproximadamente 335 millones de años.
Fueron los primeros vertebrados que se adaptaron, por lo menos parcialmente, a la vida en tierra, ya que, hasta entonces, los peces eran los únicos vertebrados que existían.

Los anfibios se extendieron rápidamente por toda la superficie del globo y únicamente los intensos fríos invernales o la falta de agua constituían una barrera que evitaba su propagación, pero en aquellas remotas épocas el clima tropical se extendía mucho más al norte que actualmente, llegando hasta Alaska, Groenlandia y Siberia.

Existen hoy en día algunos peces, como los dipnoos de Africa, Australia y Sudamérica, y el celacanto, descubierto frente a las costas de África, que poseen una cierta semejanza con aquellos antepasados de los anfibios.
El celacanto tiene unas aletas carnosas que recuerdan vagamente a las patas de los animales terrestres.
Los dipnoos en cambio están dotados de una vesícula destinada a contener el aire, la cual hace las veces de un auténtico pulmón. (Ver Celantos, Dipnoos.)

La mayoría de los anfibios adultos poseen verdaderos pulmones y respiran el aire directamente; pero a causa de que su piel es muy húmeda, y de que es en el agua donde tiene lugar la mayor parte del desarrollo de las crías de los anfibios, deben permanecer casi siempre en el agua o en sus proximidades.

Sólo existen tres órdenes de anfibios en la actualidad: los urodelos (salamandras, tritones), los anuros (es decir, los sapos y las ranas) y las cecilias. Otros seis importantes órdenes se han extinguido en pasadas épocas.

Los anfibios que se encuentran en nuestros días, no llegan a 2.500 especies cuyo aspecto varía considerablemente.
Las cecilias carecen de miembros y parecen lombrices.
Las salamandras son animales menudos, dotados de una cola muy larga y de uno o dos pares de patas.
Las ranas y los sapos poseen cuatro extremidades y carecen de cola.

Entre los anfibios fósiles se contaban muchos otros tipos, abundando especialmente los de cuerpo ancho y cabeza aplastada y de extraña conformación.

Algunas diminutas salamandras que habitan en Méjico, apenas llegan a medir los dos centímetros de longitud cuando termina su desarrollo, y ciertas ranas oriundas de Cuba y del sudeste de los Estados Unidos de Norteamérica miden solamente un centímetro de largo. Éstos son los anfibios más minúsculos que se conocen.
En cambio, el mayor de los anfibios existentes es la salamandra gigante del Japón (Megalobatrachus japonicus), que puede llegar a los 45 kg. de peso y al metro y medio de longitud.

La rana Goliat del África alcanza a veces un largo de 30 cm. y un peso de siete kilos. Sin embargo, todos estos anfibios que hoy existen son pequeños si se comparan con algunas de las especies fósiles, que pesaban cerca de 70 kg. y solían medir aproximadamente dos metros y medio de longitud.

La rana hembra pone huevos de los que surgen las larvas o renacuajos que, luego, al desarrollarse, se convierten en ranas adultas.

Ilustracion: AMPHIUMA, FLETODONTIDOS, PERRO ACUATICO, TRITON, SAPO DE ESPOLONES, SAPO y afines, TRITON SIRENA, BUFONIDOS AMERICANOS, MICROHYLA y afines, SALAMANDRA ACUATICA, AMBYSTOMIDOS AJOLOTE y afines, ESPECIES VIVIENTES TIPICAS, SAPO CON COLA, CECILIDOS ESPECIES EXTINTAS, LYSOROPHUS SEYMOURIA, DIPLOCAULO

La piel de los anfibios se halla provista de abundante número de glándulas microscópicas que contribuyen a mantenerla húmeda gracias al líquido que segregan. Muchas especies «respiran» a través de la piel así humedecida, sobre todo durante la época de hibernación. En otras, la secreción es tóxica y puede incluso llegar a envenenar a los atacantes del animal y también a los seres humanos.

Durante su desarrollo, los anfibios mudan cada cierto tiempo de piel y a menudo se la comen después.

Al igual que los invertebrados, los peces y los reptiles, los anfibios son incapaces de regular la temperatura de su cuerpo, por lo que, en estado normal, no pueden resistir fríos muy intensos.
Al llegar el invierno se sumen en un sueño profundo denominado hibernación.
También en el verano, durante los periodos de sequía, los anfibios entran en un estado de inactividad, el cual se conoce con el nombre de estivación.
Tanto en un caso como en el otro, los procesos vitales del animal quedan reducidos al mínimo, consumiendo éste apenas oxígeno y alimentos, ya que obtiene su energía de las reservas de grasa acumuladas en su organismo.
La mayoría de los anfibios hibernan en orificios que practican en el suelo, o lo hacen bajo piedras o troncos; algunos logran superar los rigurosos inviernos del norte del Canadá y Eurasia, permaneciendo en el fondo de los lagos hasta que llega la primavera.

Al igual que los reptiles y los peces los anfibios suelen ser designados con el nombre de «animales de sangre fría». No obstante, cuando se hallan expuestos al sol, la temperatura de su cuerpo puede ser tan elevada como la de cualquier mamífero o pájaro. Por ello, más bien debieron denominarse animales de temperatura variable. Esto se debe a que dicha temperatura está influida directamente por la que reina en torno al animal. Una rana que recibe los rayos del sol en verano, puede mantener fría su piel por algún tiempo, gracias a la humedad que sus glándulas segregan.

El lagarto, por el contrario, está dotado de una piel escamosa que impide toda pérdida de agua y la temperatura de su cuerpo puede ser varios grados superior a la del medio ambiente que le rodea.

La mayoría de los anfibios nacen de unos diminutos huevos, de donde salen las larvas dotadas de branquias. Estas larvas viven en el agua y experimentan posteriormente una metamorfosis que las convierte en minúsculas réplicas del animal adulto, las cuales aumentan notablemente de tamaño antes de alcanzar su completa madurez.

En las regiones muy frías los anfibios suelen depositar sus huevos en el agua. De la temperatura que en ella reine dependerá el tiempo que tarden en aparecer las larvas, tiempo que oscila entre un mínimo de un día y un máximo de tres semanas. Las larvas crecen con gran rapidez y al cabo de una semana algunas están lo suficientemente desarrolladas como para abandonar el agua. Otras, en cambio, deben permanecer en ella durante un lapso de tiempo que alcanza a veces a durar cinco años. Mientras vive en el agua, la larva respira por medio de branquias, pero al llegar la época del desarrollo se transforma rápidamente en una réplica exacta, a escala reducida, del animal adulto, y como él, se encuentra provista de pulmones, miembros, y una piel que impide hasta cierto punto la pérdida del agua por evaporación. En esta época se desarrollan igualmente las mandíbulas y el anfibio empieza a comer, por vez primera, los insectos y otros minúsculos animales que constituyen su alimento habitual. Como resultado de la diferente alimentación, el aparato digestivo disminuye considerablemente de tamaño. El proceso de madurez, que en algunas larvas sólo requiere unos pocos meses, en otras se prolonga durante varios años.

Algunos anfibios depositan sus huevos en tierra, en lugar de hacerlo en el agua; otros por el contrario, traen vivos al mundo a sus descendientes y existen, por último, los que pasan asimismo por el estado de larva cuando todavía se hallan en el huevo o dentro del cuerpo materno, de manera que surgen a la vida con pulmones y miembros, ya en las últimas etapas de desarrollo. En el caso de algunas salamandras, las larvas son capaces de reproducirse como si se tratase formas adultas.

En la mayoría de los anfibios, los huevos son fecundados cuando se encuentran fuera del cuerpo de la hembra. Corrientemente el sapo o la rana machos se aferran a la hembra y se desplazan sobre el lomo de la misma hasta que esta desova. En ese momento, macho fecunda los huevos. En el caso de salamandra, la fecundación se produce generalmente antes del desove. Unas veces tiene lugar por contacto directo entre los dos animales y otras cuando se adhiere a la hembra el esperma que los machos han dejado flotando en las aguas superficiales.

El huevo de los anfibios es esférico y su superficie opaca, coloreada generalmente por encima e incolora en la parte inferior. Cada huevo suele encontrarse recubierto por varias capas de gelatina, casi imperceptibles al principio. Dicha gelatina absorbe agua, hinchasdose hasta adquirir un volumen cinco veces mayor que el del huevo. En determinadas especies de anfibios se desarrolla un alga en el seno de dicha gelatina. El alga aporta oxigeno en abundancia, lo que favorece el crecimiento del huevo y éste, a su vez, provee al alga de anhídrido carbónico, elemento que necesita la planta para efectuar la síntesis de los alimentos.

La salamandra hembra deposita la masa gelatinosa de huevos, de la que salen las larvas, que se transforman en adultos sin perder la cola.

Los huesos de la pata de los anfibios, y los de las extremidades de los peces de aleta lobulada, son semejantes en estructura, pero diferentes en su función.

Existen especies en las que la gelatina que envuelve al huevo se disuelve, sencillamente, cuando la larva está próxima a hacer su aparición. En otras, por el contrario, la larva debe luchar denodadamente para atravesar la gelatina y quedar en libertad. Por último, también existen larvas que poseen en la boca unas glándulas especiales que segregan una sustancia capaz de disolver la gelatina, haciendo en ella un orificio. La larva, en tal caso, se escurre a través del agujero o bien sale impulsada violentamente hacia el exterior al quedar en libertad el líquido interno del huevo, cuya presión es más elevada que la del medio ambiente que le rodea.

Los huevos, únicamente en muy contadas ocasiones, son abandonados por los padres luego de haber sido puestos. En el peor de los casos los protegen con una capa gelatinosa y todos ellos son fecundados. Por consiguiente, al perderse menor cantidad de huevos que en los animales de fecundación totalmente externa, pocos miles de huevos son suficientes para mantener la especie.

En determinados casos, los huevos son objeto de cuidados especiales e incluso puede reducirse su número. El sapo partero común lleva los huevos entrelazados en las patas posteriores, y la pipa americana los aloja en huecos de la piel de su espalda, la cual, para permitirlo, se hipertrofia. Allí realizan las larvas todo su desarrollo.

Representa el caso extremo una ranita arborícola de Chile, la Rhinoderma darwini, que aloja a los cuatro o cinco huevos que pone en el fondo de un saco bucal. De este lugar salen ya en estado adulto. Conviene hacer resaltar que todos estos cuidados hacia las crías los prodiga el macho y no la hembra.

imagenes

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ANFIBIOS FÓSILES

El anfibio más antiguo que se conoce es el ictiostégalo. Sus restos fósiles se han encontrado en los estratos superiores del período devónico, pertenecientes a los yacimientos de Groenlandia. La presencia de restos de anfibios en una región donde reinan en la actualidad temperaturas tan bajas, parece probar que, en tiempos pretéritos, el clima era allí mucho más templado que en la época actual. Los referidos anfibios eran animales rechonchos y de apariencia ridícula, de cerca de un metro de largo y de cabeza grande y achatada.

El ictiostégalo es uno de los «eslabones perdidos» más notables que se han descubierto hasta ahora, ya que presenta una verdadera mescolanza de características igualmente comunes a los peces y a los anfibios, que lo identifican en determinados aspectos con estos últimos animales, y con los primeros en otros aspectos. Su cráneo, por ejemplo, era muy semejante, por su forma, al de los primitivos peces de aletas lobuladas, pero el tamaño de algunos de los huesos y la posición de los ojos recuerda más a las características propias de los anfibios.
Los ictiostégalos estaban dotados de miembros y pies aptos para la vida en tierra y en agua, pero asimismo poseían cola, al igual que los peces. Es muy probable que el ictiostégalo no sea el antepasado directo de los anfibios actuales, ya que en su esqueleto se advierten algunas particularidades que demuestran una especialización más profunda, en determinadas funciones, que la de los anfibios posteriores; pero, seguramente, eran animales muy semejantes a los que constituyeron el origen de los actuales vertebrados terrestres.

Los restos fósiles del eryops -anfibio gigante que existió hace aproximadamente 225 millones de años- demuestran que aquella criatura reptaba torpemente por el suelo.

Los peces de aletas lobuladas (crosopterigios: ver Celacanto) que vivieron en el período Devónico, hace 300 millones de años, fueron posiblemente los antepasados de los actuales anfibios y unos de los primeros vertebrados que se adaptaron a la vida en tierra.

La mayoría de los anfibios primitivos pertenecía al orden ya extinto de los laberintodontes, nombre que hace referencia a sus dientes, cónicos y firmemente asentados. Los dientes de los peces de aletas lobuladas también poseían iguales características, lo que confirma la estrecha relación que existía entre ambos grupos de animales. Los restos fósiles de los laberintodontes se encuentran en las formaciones geológicas que van desde el período Carbonífero hasta el Triásico, lo que supone un lapso de 100 millones de años, aproximadamente. Durante casi todo este tiempo los laberintodontes fueron los animales que predominaron en tierra, llegando a distribuirse por todo el mundo y constituyendo gran variedad de formas y especies.

Los laberintodontes, animales de poca alzada y carnívoros, que avanzaban arrastrándose por el suelo, se hallaban perfectamente adaptados a la vida en tierra. Algunos llegaban a medir cerca de cinco metros de longitud, pero la mayoría eran bastante más pequeños. Un representante típico de este grupo era el Eryops, cuyos restos fueron encontrados en los estratos pérmicos de los yacimientos geológicos tejanos. Era éste un animal robusto, de cerca de dos metros de longitud y cabeza triangular y achatada. Su boca, de gran tamaño, se hallaba guarnecida por dientes muy agudos y su macizo cuerpo terminaba en una cola de reducidas dimensiones.

Sin embargo, no todos los anfibios primitivos habitaban en tierra; había algunos que eran acuáticos y cuyo aspecto se parecía mucho al de los peces. Fueron encontrados en los yacimientos carboníferos que se originaron en las zonas pantanosas, y los había que medían tres metros de longitud aproximadamente. Actualmente se ha planteado nuevamente la discusión de si los conocidos ictiosauros de la Era Secundaria pertenecen a la clase de los reptiles o de los anfibios. En el segundo caso serían los anfibios de mayor tamaño que hayan existido jamás.

Su alimento consistia principalmente en peces y estaban, sin duda, estrechamente relacionados con los antecesores del Eryops y otras especies semejantes. Entre los anfibios, los había también de reducidas dimensiones y que presentaban bastante semejanza con las serpientes y los lagartos, si bien no tenían parentesco alguno con ellos. El Diplocaulus era una de las bestias más desgarbadas que han existido.

Al extinguirse los laberintodontes en el período Triásico, la importancia de los anfibios decreció considerablemente. Los supervivientes actuales son la rana, el sapo, la salamandra y la cecilia, que son todas formas evolucionadas de los primitivos laberintodontes. Los primeros sapos y ranas de que se tiene noticia aparecieron en el período Jurásico. Han experimentado muy pocas variaciones en un plazo de más de 100 millones de años. Esto se debe probablemente a que, tanto ellos como otros animales primitivos, llamados a menudo «fósiles vivientes», se han adaptado perfectamente a la vida en las charcas y ciénagas, medio éste que ha experimentado muy pocos cambios con el transcurso del tiempo. (Ver Ranas, Sapos, Urodelos, Ápodos.)

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